Varias autoras. Vindictas.

mayo 31, 2023

Varios, Vindictas
Páginas de espuma, 2020. 280 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

María Luisa Puga, Inmóvil sol secreto
Mimí Díaz Lozano, Ella y la noche
Mirta Yáñez, Nadie llama de la selva
Gilda Holst, Reunión
Marvel Moreno, Barlovento
Armonía Somers, Muerte por alacrán
Mercedes Gordillo, Una perfecta desconocida
María Luisa Elío, Locura
Hilma Contreras, La espera
Susy Delgado, La sangre florecida
Silda Cordoliani, Sur
Rosario Ferré, Cuando las mujeres quieren a los hombres
Pilar Dughi, Las chicas de la yogurtería
Magda Zavala, De la que amó a un toro marino
Ivonne Recinos Aquino,Desaparecida
Marta Brunet, Soledad de la sangre
Bertalicia Peralta, Guayacán de marzo
María Luisa de Luján Campos, Cómplices de extraños juegos
Mercedes Durand, Jacinta Piedra
María Virginia Estenssoro, El occiso

Más un prólogo donde se evidencia el carácter reivindicativo de la selección, sacando del olvido a excelentes autoras casi desconocidas, y un epílogo con las semblanzas de cada una de las autoras, ideal para ponerlas en contexto.

Muchos relatos me han fascinado. Inmóvil sol secreto, historia de celos en una isla griega frente a la costa de Ítaca. Reunión, donde un extraño olor emana de una mujer que simplemente tiene razón. La sangre florecida, donde una mujer en el ocaso de su vida se libera de su carga. De la que amó a un toro marino, declive de una relación en la que el amor solo se da por una parte y excelente retrato de tantos hombres. Soledad de la sangre o la defensa de la única parcela de individualidad de una mujer. Cómplices de extraños juegos procesión acompañada de la muerte dentro de ataúdes simbólicos.

Un gran trabajo de edición y un volumen de relatos delicioso.
Muy recomendable.

Lo traigo apretado debajo de los pies, lo mismo que si aplastara a un bicho. Como si fuera una cucaracha inmensa que crece, que se hinchará al menor descuido. Por eso tengo que estar atenta. Miro de reojo a Ana que maneja sin decir una palabra, sin preo-cuparse por lo que aprieto con una sensación de miedo y asco.—Hay que tener cuidado —me repito.Estoy sentada en el borde del asiento. Pero tampoco Carlos y Catalina se dan cuenta de nada. Soy la única que descubre cómo crece el cajoncito, cómo em-pieza a treparse con ardor por entre mis piernas, cómo me roza y me circunda, inundándome de un miedo a la vez concreto y desdibujado. En este momento, el miedo y el cajoncito crecen parejos. Y no basta el aire del verano para despejarme estos sueños tan irreales.Lo único que me preocupa es que cada vez el cajoncito crece más. Ya me siento como un recipiente inservible para contener su superficie desmesurada. El cajón aumenta su forma casi paralelamente con mi miedo, y se estira, se estira muy lar-go desde la planta de mis pies, igual que como yo estiraba las medias de tres cuartos que mamá me compraba en la tiendita, porque no era bueno que las chicas usaran medias largas de seda natural, “tan mocosas y queriéndose hacer mujeres”.Como he tirado de las medias, ahora tironeo del miedo que nació desde abajo, desde el cajoncito que llevo entre las piernas.
Entonces, como humo insoslayable, el miedo por lo de después
me desdibuja el miedo de ahora.
No puedo confesarles mi repentino conocimiento acerca de
lo de después, porque ninguno cree en mis futuros, “y bueno,
ella es así de loca, pero en el fondo es muy buena”, terminará
diciendo Ana, para que los demás perdonen mis agorerías de
siempre.
Hemos llegado. La casilla de lata espera nuestra fervorosa ca-
ridad. Catalina se despereza. Seguro que siente una inmensa lás-
tima porque el paseo en auto se ha acabado. Carlos no. Tiene que
inaugurar su turismo en la pobreza. Mostrar que sirve para todo
eso y que nada lo lastima, nada lo toca, nada lo conmueve, nada
lo arranca de su seguridad, nada le hace sentir pena, porque en
el fondo, también para él, bienaventurados los humildes, bien-
aventurados los que lloran, y nos precisan, y nos hacen héroes
ante nosotros mismos. Sin ellos, cuántas cosas de menos.
Ana, con mucha voluntad, con mucha fuerza en todos sus
miembros, desmiga a su placer la realidad lo mismo que pan
tierno, y apartándose un poco, me dice en voz baja:
—Vos quedáte porque no servís.
Imposible entender por qué lo repite a cada momento, si to-
tal ellos también lo saben. Enseguida supongo que tal cosa ocurre
porque a cada nuevo enunciado sobre mi condición de inservi-
ble, todos lo festejan y me miran con compasión, agradeciéndole
a Dios, desde el fondo de sus almitas, el don que les ha hecho: po-
der vencer, con la misma valentía de los antiguos héroes épicos,
los contratiempos y excentricidades que siempre supone la vida
precaria. Como por ejemplo esta vez, cuando hay que llevarle al
angelito un cajón que la municipalidad le regaló a su muerte.

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