Toni Hill. El verano de los juguetes muertos.

abril 17, 2013

Toni Hill, El verano de los juguetes muertos
Debolsillo, 2011. 360 páginas.

Otro préstamo de C., empeñada en traerme la novela negra de Barcelona. Otra lectura agradable.

El inspector argentino Hector Salgado vuelve a Barcelona después de llevar un tiempo apartado del servicio por una agresión a un brujo causante de la muerte de una joven. Le encargarn un caso en apariencia sencillo, investigar un suicidio aparentemente claro y tranquilizar a los padres. Pero las cosas se irán complicando, surgirán fantasmas del pasado y del presente.

A diferencia de Cerdos y Gallinas la prosa está bien cuidada. El autor es traductor y se nota. Trama y personajes son correctos, dentro de la tradición del género. La identidad del culpable me pareció un poquito traída por los pelos, y el final es abierto a segundas partes.

Una novela correcta que me ha dejado buen sabor de boca pero que tampoco me ha emocionado demasiado. Aquí ha gustado mucho: El verano de los juguetes muertos. Toni Hill. y aquí ha gustado poco: El verano de los juguetes muertos, de Toni Hill. Yo me quedo en el medio.

Calificación: Bueno.

Extracto:
Sentados en el mismo sofá donde se habían abrazado tantas noches, donde Ruth había esperado a su mando despierta tantas horas y donde Héctor luchaba por dormir desde que había quedado vacía la mitad de la cama, fueron apurando una copa de vino tras otra, quizá para hallar el valor de hacer lo que deseaban o quizá para poder achacar al alcohol lo que estaban seguros que iban a hacer. Aspiraban a que algo les nublara la mente, mandara al cuerno su fingida sensatez. Da igual quién empezó, quién abrió la partida, porque el otro se unió al juego con una avidez impaciente y acelerada. Resbalaron con suavidad del sofá a la alfombra mientras se despojaban de la ropa, separando los labios el tiempo estrictamente necesario y volviendo a buscar la lengua del otro como si de ella sacaran el oxígeno. Sus cuerpos ardían y sus manos, que hallaban rincones conocidos, pedazos de piel caliente que se convertían en resortes perfectos, sólo servían para avivar el fuego. Tumbada sobre la alfombra, sujeta por las manos de Héctor, ella pensó por un instante en lo distinto que era hacer el amor con una mujer: el tacto, el olor de la piel, la cadencia de los movimientos. La complicidad. El momento de reflexión disipó los efluvios del alcohol justo unos segundos antes de que él se dejara caer sobre ella, exhausto y satisfecho. Ruth ahogó un gemido, más de dolor que de placer; desvió la mirada y vio en el suelo su blusa manchada de vino y una copa volcada. Intentó apartar a Héctor con suavidad, dándole un último beso de cortesía que ya poco tenía que ver con los anteriores mientras lo apartaba ligeramente a un lado. Héctor tardó unos segundos en moverse, ella se sintió aprisionada. Él se incorporó por fin y Ruth intentó levantarse, quizá demasiado deprisa, como quien intenta huir después de un derrumbamiento. La misma urgencia que la había llevado del sofá a la alfombra la empujaba ahora hacia la puerta. No quería verle la cara, ni tenía nada

que decirle. Se sintió ridicula mientras se subía las bragas. Recogió su ropa del suelo y se vistió de espaldas a él. Tuvo la sensación de que Héctor le preguntaba algo pero alejarse se había convertido en su prioridad.

Cuando la vio salir, él supo que su matrimonio estaba muerto: si hasta entonces quedaba la posibilidad de que la relación entre ambos saliera del coma, de que la escapada de Ruth con alguien de su mismo sexo fuera sólo eso, una aventura fugaz, entonces supo sin lugar a dudas que acababan de enterrarlo. Buscó a tientas un cigarrillo y fumó solo, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, contemplando la copa volcada y la botella definitivamente vacía.

Un comentario

  • Yo abril 17, 2013en2:22 pm

    A mí me gustó. Y creo que el autor sabe como hacer que leamos su continuación, dejándonos al final con ese cliffhanger.

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