Rubem Fonseca. Bufo & Spallanzani.

diciembre 3, 2020

Rubem Fonseca, Bufo & Spallanzani

La historia arranca con un crimen: una mujer es encontrada muerta en su coche con un tiro en el pecho. Parece un suicidio pero el análisis forense determina que ha sido un asesinato. El marido está empeñado en que se archive el caso y el amante, el escritor Gustavo Flavio se dedica a contarnos en primera persona los hechos que van ocurriendo.

Novela divertidísima, con un juego metaliterario de historias dentro de historias muy bien encajadas y con muchas referencias para que nos vayamos entreteniendo. Todo con el sapo Bufo de fondo, cuyo veneno es capaz de provocar una catalepsia.

Vayamos por partes: hay dos crímenes y una estafa y todos se solucionan siguiendo los cánones del género. Hay una serie de saltos en la narración del presente al pasado del escritor y de nuevo a un presente que es el futuro del crimen. Pero no marea, sino que ilumina al personaje y, como he dicho antes, con muchísimo sentido del humor. Hay personajes que cuentan historias que tienen más o menos relación con el sapo y con la historia central.

Me ha encantado. Soy un gran admirador de Fonseca, que lo mismo te lanza unos cuentos crudos como un entrecot sangrante, que te cuenta historias agridulces o, como es el caso, te entretiene y hace reír con inteligencia ¿Qué más se puede pedir?

Otras reseñas: Bufo & Spallanzani y Bufo & Spallanzani. A destacar que lo he leído en una versión digital por temas del confinamiento y está mejor que la de papel, a la que le enmiendan la plana con bastante acierto.

Muy recomendable.

«PERDONA que te arranque de tus meditaciones, querida, pero necesitaba hablar con alguien después de marcharse el polizonte ese. Cuando le grité que se largara, se me quedó mirando tranquilamente, analizándome, y luego se fue pensativo hasta la puerta, ni atemorizado ni triunfante, y me aconsejó que buscara un abogado.

»¿Sabías que Madame X era Delfina? ¿Por qué me dejaste, pues, montar ese ridículo misterio? No; nosotros acordamos que yo contaría mi vida sexual con las mujeres que tuve o tengo, pero que no revelaría su identidad. Satisfaríamos así tu curiosidad libidinosa y mi lascivia verbal. Por otra parte, es posible incluso que haya inventado todas esas historias para dar salida a nuestra lubricidad. Contar detalles de mi amor con Delfina es una forma de no olvidarla. No voy a olvidarla nunca, como tampoco te voy a olvidar a ti. Pero entre nosotros, las cosas son distintas; cuando nos conocimos, tú tenías dieciséis años, y si no fuera por ti, Gustavo Flávio no existiría.

»Defoe, Swift, Balzac; puedo pasarme un tiempo inmenso hablando de escritores que fracasaron invirtiendo su dinero o especulando de una manera u otra, equivocadamente. Puedo ser colocado en esa compañía. Cuando conocí a Delfina mi situación financiera iba de mal en peor. Había quebrado el banco donde había metido mi dinero, y su presidente, un bergante que estuvo a punto de ser ministro de Hacienda, se había largado del Brasil llevándose 250 millones de dólares que depositó en una cuenta secreta en Suiza. Desaparecido hasta hoy, y ya ni se habla de él. Me quedé sin un céntimo, pero como Balzac, no cambié mi tono de vida. Empecé a pedir adelantos, cada vez mayores, a mis editores de aquí y del extranjero. Esto no te lo había contado para no preocuparte. Mi último libro, Los amantes, pese a que fue muy celebrado por la crítica resultó un fracaso de ventas comparado con mis novelas anteriores. Parece que el público no estaba preparado para una historia de amor entre una ciega y un sordomudo. “Lisiados, tarados, contrahechos, no dan bien en una historia de amor”, dijo mi agente literario. “El último que funcionó fue el jorobado de Notre-Dame”. Mi nueva novela no acababa de arrancar. Normalmente, como tú sabes mejor que nadie, construyo el libro en mi mente mientras voy tomando nota de detalles, escenas, situaciones. Pero Bufo & Spallanzani estaba, y sigue estando, embarrancado. Empecé a escribirlo cuando conocí a Delfina. Por primera vez en mi vida una relación amorosa se interfirió en mi trabajo. Estar enamorado, o incluso sólo interesado en una mujer, siempre me había estimulado para escribir, lo sabes muy bien. Pero empecé a sentirme desligado de mi trabajo, dándole la razón a Flaubert. Lo peor es que había recibido ya varios adelantos por Bufo & Spallanzani y debía mucho dinero a mi agencia en Barcelona.

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