Rolf Degen. Falacias de la psicología.

julio 25, 2012

Rolf Degen, Falacias de la psicología
Robinbook, 2001. 302 páginas.
Tit. Or. Lexicon der Psycho-Irrtümer. Trad. José Antonio Bravo.

El planteamiento de este libro es muy sencillo. Seleccionar varias frases de conocimiento común sobre la psicología, y demostrar con estudios y datos que son en realidad falsas. La psicología es campo abonado para las afirmaciones sin pruebas, empezando por el psicoanálisis, verdadera pseudociencia fraudulenta, hasta llegar a engendros tales como la programación neurolingüística.

El éxito de la psicología para tratar muchos trastornos es, en el mejor de los casos, limitado, y en otros, totalmente nulo. Por ejemplo como se indica con buen tino, no existe ningún método para dejar de fumar o escapar de la adición a las drogas:

Los análisis globales de los casos publicados en toda la bibliografía se consideran más concluyentes que los estudios individuales. Los autores que utilizan la técnica mencionada pretenden abarcar el estado de la cuestión de manera exhaustiva. Son muy reveladores los análisis realizados sobre el problema de las adicciones, y documentan en grado impresionante que nunca el efecto de la psicoterapia ha sido superior al de la remisión espontánea. De los fumadores que se someten a terapias de desintoxicación, por ejemplo, al cabo de 12 meses sólo siguen «limpios» entre un 15 y un 20 %, resume el grupo de investigación dirigido por el psicólogo norteamericano Michael P Carey. Pero un 95 % de los que han conseguido renunciar con éxito a la nicotina lo hicieron exclusivamente a fuerza de voluntad y sin asistencia de terapeuta alguno. La quintaesencia, ciertamente deprimente, de estas cifras, es que la psicoterapia no tiene ni una sola arma eficaz contra un trastorno psíquico tan banal como la dependencia del tabaco.

Parecidamente sombrío se presenta el panorama de la toxicomanía mayor, es decir, la adicción a la heroína. Según los datos disponibles, poco más de la tercera parte de los yonquis tratados queda definitivamente libre de su dependencia. Pero las cifras también indican, de manera inequívoca, que una proporción igual de heroinómanos consigue desengancharse sin la ayuda de un terapeuta. El especialista suizo Harald Klingemann observa que muchos de los curados espontáneos le comentaron que el tratamiento les había parecido irrelevante, o incluso contraproducente, en relación con su problema.

Por eso estoy de acuerdo con el autor del libro, y también me parece que prácticamente todas las frases que desglosa son falsas. Pero por desgracia en muchas ocasiones se va al extremo opuesto, y también me parece equivocado.

Un ejemplo: Critica la idea de que somos muñecos en manos de la publicidad. La frase es La publicidad tiene gran influencia sobre el comportamiento de los compradores. Como ya comenté cuando reseñé 13,99 los consumidores son más duros de roer de lo que parecen, y no es tan fácil manejarlos. Pero entonces se va al extremo opuesto y afirma que la publicidad no tiene ningún efecto, y eso tampoco es cierto (un ejemplo, la campaña de Loewew). Negar la influencia de la publicidad me parece tan falaz como afirmar su enorme influencia.

Lo mismo se aplica a la influencia de la educación de los padres sobre los hijos. No somos una tabla en blanco, hay niños más traviesos que otros y la tendencia actual a culpar a los padres por la crianza que le han dado es exagerada. Pero también se va al extremo opuesto y reduce a casi cero esa influencia, considerando que es la genética la que al final acabará mandando. Tampoco estoy de acuerdo.

Es más, esa reiteración a culpar de la genética al desarrollo del individuo en algunos casos me ha resultado un poco exagerada (además de peligrosamente racista). Critica, por ejemplo, un programa de Estados Unidos que se dedica a proporcionar educación de refuerzo a los escolares que vienen de hogares sin recursos. Ante la falta de éxito lo achaca a la mala calidad genética de los participantes:

Según la descripción de Brody, muchos partidarios del estímulo precoz omiten deliberadamente que los niños procedentes de medios desfavorecidos vienen, de entrada, con grandes diferencias de inteligencia y que éstas no van a ser allanadas por las disposiciones pedagógicas precoces. Unos investigadores neozelandeses han estudiado el desarrollo espontáneo de la inteligencia en los niños de familias menos favorecidas, a través de un seguimiento a largo plazo que luego ha sido muy imitado.

Pero también puede que si estos niños no avanzan demasiado pueda deberse a la influencia del medio, a esa educación paternal que desprecia alegremente.

Siendo todavía más quisquilloso hay fallos de coherencia; para criticar algunas falacias (como que los traumas infantiles nos marcan de por vida) afirma que el cerebro tiene mucha plasticidad, pero en otras ocasiones parece que no tiene la suficiente para escapar de la determinación genética. En muchas entradas abundan los datos específicos y porcentajes (lo que es también una forma de manipulación, ya que le da un empaque más científico, aunque el estudio no lo tenga) pero en otras es más vago, como cuando afirma que los hijos de un maltratador pueden no serlo y viceversa. Muy bien pero ¿hay datos, hay correlación o no?

En cualquier caso ha sido una lectura estimulante, aunque sólo sea por ir a la contra. Hay fragmentos muy buenos. Freud afirmaba que la energía sexual reprimida se sublimaba en otros logros (por ejemplo, intelectuales), pero parece ser al revés. Los intelecutales somos unos pervertidos:

«Si la energía sexual se convirtiese y transmutase en realizaciones intelectuales, entonces las personas que han alcanzado una gran cultura o que ejercen actividades intelectualmente muy exigentes deberían tener menos relaciones sexuales que las demás.» Los datos empíricos demuestran que sucede exactamente lo contrario: a más cultura más actividad sexual con mayor número de parejas diferentes, más variedad de prácticas sexuales y más aventuras extramatrimoniales. Lo cual se concilia difícilmente con la tesis de que el rendimiento intelectual extraiga del pozo de los bajos instintos las energías que utiliza.

Y no sé la fiabilidad del estudio de la firmación siguiente, pero seguro que todos tenemos algún ejemplo a mano. El típico incompetente que encima se cree muy listo:

En algunos estudios se ha testado el CI de voluntarios que previamente habían opinado acerca de su propia capacidad intelectual, y apenas hubo correlación entre la estimación propia y los resultados de los tests. A menudo los individuos incompetentes, además de no estar a la altura de lo que exige su profesión, ni siquiera saben lo incompetentes que son en realidad, como ha demostrado David A. Dunning, psicólogo de la Cornell University. Para ello propuso a los sujetos varios juegos lógicos, gramaticales y humorísticos. Luego les pidió que valorasen ellos mismos la calidad de sus respuestas. Se demostró que los que tenían mayor porcentaje de aciertos se infravaloraban o tendían a dudar de su propio acierto. En cambio, los que habían cometido más faltas estaban convencidos de figurar entre los mejores del grupo. Al parecer, su incompetencia los privaba de la facultad de reconocer la (in)competencia en sí mismos y en los demás.

Para leer con espíritu dóblemente crítico; hacia las afirmaciones de la psicología y las del autor.

Calificación: Discutible.

Un día, un libro (327/365)

Un comentario

  • GAM enero 25, 2021en1:34 pm

    Donde lo puedo encontrar?

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