Ricardo Granda Vásquez. La vida al otro lado.

diciembre 4, 2019

Ricardo Granda Vásquez, La vida al otro lado
Ediciones Alféizar, 2019. 160 páginas.

Incluye los siguientes cuentos:

Lost in Translation
Crónica de un cambio de hábito
Matías, el invisible
El cepillo de dientes
Un animal enfurecido
Madrid en mandarín
Noches de Costa Ballena
Confesión en los aires
Distancias
Paseando por Roma
El africano del supermercado
Al otro lado del mar
Cantos apagados
La vida al otro lado

Relatos cuyos protagonistas son personas que están viviendo al otro lado, migrantes en un país que no se lo pone fácil, en el que intentan encontrar su sitio. Hay un personaje recurrente, aspirante a periodista y aprendiz de Mandarían, que se encarga de vertebrar el conjunto.

Ecos de Benedetti en unos textos escritos con mucha solvencia y donde late el pulso de la verdad, una verdad que ignoramos y ocultamos para no sentirnos culpables, olvidando a nuestros ancestros que pasaron por desventuras similares.

Recomendable.

Nos convertimos en una pareja un tanto extraña de cara a la comunidad china inmigrante, a la peruana y a los nativos en España. Nos movíamos en los tres grupos, pero a veces sentía que conocía más de la cultura china que de cualquier otra. La comunidad peruana es un poco rara en el extranjero, algunos te dan la mano porque saben que sacarán provecho de tu situación de persona sin documentos, y son los que más te cruzas cuando el trabajo es una utopía lejana.
Cuando salíamos, jugábamos intercambiando el idioma. Ella me hablaba en español, y yo le contestaba en mandarín. Esto causaba un poco de revuelo cuando estábamos con su grupo de amigos, con los míos o en cualquier lugar. Incluso de compras. Cuando me acompañaba al Fnac de Callao y a la Casa del Libro, emocionada por mi apasionamiento por la lectura, comencé a sentir las miradas alzarse cuando le contestaba en un mandarín precario pero ya perceptible a oídos de un extranjero, sobre todo porque ella me entendía perfectamente (había asumido todos mis defectos fonéticos) y me contestaba en un español cada vez más conjugado. En aquellos momentos me gustaba esa sensación, porque alejaba de mi mente mi situación de ciudadano a medias y liberaba al héroe espartano que llevaba en mi interior, uno que se lucía con pelo en pecho en la pantalla de mis pensamientos.
Un sábado insistió en visitarme en el bar. No me hacía gracia la idea, pero no la pude contrariar: es imposible decirle que no a una mujer, no importa el idioma o su nacionalidad. Aquel día pedí trabajar por la tarde porque no quería que ella viera los espectáculos que a veces ocurrían por las noches —botellas al aire, beodos y algún que otro sobresalto— y felizmente una compañera pudo cubrirme el puesto. Me acompañó durante unas horas y allí fue cuando el beodo, al escucharme hablar con ella, me preguntó.
—¿Qué hace un sudaca como tú hablando chino? —Enamorarse —le contesté.
No entendió mi respuesta, pero no me importó. Iiu lo miró y le sonrió, impulsada por los nervios más que por amabilidad. Yo le sonreía a medias, con desgano. Además, sería el último fin de semana que estaría en aquel lugar.
Al día siguiente, el grupo del poker llegó tarde al bar. Había estado en un campeonato organizado por un casino cerca de Alcobendas, y una tarde de juegos los había dejado con ganas de más. A eso de las once de la noche se sentaron en las mesas, se bajaron las persianas, la puerta se cerró repentinamente y el lugar estuvo a merced de los presentes, que empezaron a pedir licor.

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