Pilar Donoso. Correr el tupido velo.

febrero 10, 2021

Pilar Donoso, Correr el tupido velo
Alfaguara, 2010. 444 páginas.

El escritor José Donoso dejó un montón de diarios tras de sí y su hija reconstruye una especie de biografía donde se alternan los hechos concretos (viajes, libros) con recuerdos personales y extractos del diario. El libro empieza fuerte, con páginas donde el autor se desnuda en sus sentimientos frente a su mujer y sus hijas. Sufrió algunos brotes psicóticos y su mujer (de la que también hay algunos extractos de diario) era alcohólica.

Con este abrir boca uno puede pensar que nos vamos a encontrar una serie de trapos sucios, pero el libro es todo lo contrario. Nos presenta a un José Donoso acomplejado, siempre preocupado por temas económicos, deslumbrado por la buena sociedad y de un pensamiento bastante mediocre. Hasta el punto que me daba la impresión de estar leyendo un ajuste de cuentas por parte de su hija mostrando una vida plana.

No es que yo me haya acercado al libro buscando morbo, pero es que hasta la entrevista que le hizo Soler Serrano en A fondo tiene más chiste que esta concatenación de viajes, residencias, visitas a fulano o a mengano y problemas domésticos de andar por casa. En los epílogos donde habla de su relación con el psicoanálisis y su labor como escritor se encuentra uno, por fin, con algo medianamente interesante.

Dos años después Pilar Donoso se suicidaría. ¿Tuvo algo que ver la lectura de los diarios de su padre? Nunca lo sabremos.

Se deja leer.


Mis padres están invitados a pasar el Año Nuevo de 1992 en La Sebastiana, la casa que era de Pablo Neruda en Valparaíso. Pero a mi padre le preocupa sentirse en alien ground.
Valparaíso se ve bien con tiempo nublado. Los cerros estaban magníficos y vimos rincones conmovedores cubiertos de geranios floridos y suspiros morados, y la calamina teñida en distintos tonos con que cercan algunos predios, entre casas endebles como pájaros viejos y llovidos y una vegetación lujuriante. Me gusta muchísimo estar aquí.
La fiesta donde Pablo Neruda (sin Neruda) fue curiosa, no aburrida, dos grandes viejos amigos, los Edwards y los Antúnez, cariñosísimos todos. Y la Carmencita Rojas y su marido, y Cucho Figueroa. Los fuegos artificiales sobre la bahía fueron una maravilla, pero claro, una maravilla es lo único que pueden ser unos fuegos artificiales. La comida, francamente de segunda, y la casa de Pablo Neruda, muy Neruda, muy divertida, llena de objetos, pero incómoda y finalmente fea como todas las casas de Neruda. La vista mágica, sobre todo la bahía iluminada, y los cerros, y los barcos, y los ruidos que subían hasta la casa nerudiana y duró todo una media hora y no había nada muy interesante ni nadie muy interesante y, sin embargo, estábamos todos allí como hermanos, que en cierto modo lo soy con Jorge y con Nemesio. Y Jorgecito Edwards, cariñoso con María Piloy, y ella, elegante con la blusa que le compré en Nueva York, y contenta de estar allí y juntos a pesar de todo, otro año más, menos bueno, siempre menos bueno que el anterior, pero allí estaba naciendo con fuegos artificiales y todos juntos a pesar de todo. Así es que nada malo realmente ha sucedido y no tengo por qué tener miedo a la vida, como tengo, porque por un tiempo aún, creo, habrá otro año, para mí y para los míos, a quienes bendiga quienquiera que sea que tiene el poder de bendecir.

Una vez pasadas las fiestas de fin de año, mi padre decide que debe ir a Chiloé. Su necesidad ya no se debe al delirio de persecución que lo tenía preso, sino a una real voluntad de buscar un mundo que descubrir. No es una huida de los fantasmas en los que cree que ha dejado de creer, sino el encuentro con una realidad seductora; la búsqueda voluntaria de esa realidad.
Todavía se le hace difícil subir a su estudio y escribir. No puede; redactar las cartas pendientes aún se le hace un trabajo mayor, tiene un largo listado, y es algo que no mira con demasiado placer.
En realidad, tengo que disfrazarme un poco, para que cada interlocutor se sienta único en mi mundo.
Siente que está dejando muchos libros a medio camino. Para él, eso es una muy mala señal. Habla con su hermano Gonzalo, gran expedicionario que hace largos viajes a pie, sobre su viaje a Chiloé; de algún modo quiere imitarlo, pero teme que sea demasiado tarde, que estará sin fuerza y viejo.
Después de una larga tertulia familiar finalizando el clásico almuerzo dominical, sentados en la terraza de Galvari-no Gallardo, mi padre escribe esa tarde en su diario:
Comenzamos hablando de cambiarnos de casa y terminamos hablando de las razones que nos hacen desear lo que no tenemos y sentirnos desgraciados si no lo obtenemos. Pilarcita es buena, inteligente y vivaz interlocutora, y también lo es Gonzalo. María Pilar, como siempre, demasiado autorreferida; el Toby, mudo, y yo hice algunas acotaciones que valieron la pena.
Con su hermano Pablo la relación no es tan cercana. Se ven poco, cada vez menos, siente que no tienen nada en común, aunque quisiera. Lo encuentra: frío, hermético, desconectado y un mal suegro con la Pilarcita.
Mi padre acepta hacer una cita, de la que luego se arrepiente, con Luis Alberto Ganderats, un periodista de renombre, para una serie de cinco artículos sobre él para el diario La Segunda.


Su pasión por la literatura llevó a mi padre a querer compartirla, aunque no desconocía las limitaciones de las «escuelas para escritores».
Por todos lados proliferan los talleres literarios en que jóvenes aspirantes a escritores se reúnen en torno a un «maestro», que los estimula, los critica, les muestra. Los hay en todas partes, no creando escritores, ya que eso no se aprende, pero los talleres pueden estimular y hacer fermentar, mediante el estudio, lo que ya hay. En todo caso, crean una capa de ávidos buenos lectores.
No había nada que le gustara más que ser llamado «maestro». En el plano de profesor o guía tuvo varias experiencias, primero en la Universidad de Iowa, después en España y finalmente en Chile, hasta los últimos días de su vida.
Cuando regresó al país casi no existía actividad cultural debido a la opresión de la dictadura militar. Entonces, mi padre decide hacer un taller literario como un desafío.
Cuando yo creé mi taller de escritores, el primer año elegí a un grupo de muchachas y muchachos jóvenes. Me encontré en la primera sesión con dos cosas que me parecieron intolerables: que carecían de la experiencia del viaje, de la visión del afuera, de la óptica distinta, que contaban sobre el olor del membrillo porque no tenían la experiencia del olor de la guayaba, no porque lo prefirieran, y en segundo lugar, porque su conocimiento de la literatura, de la novela específicamente, se remontaba sobre todo hasta los escritores latinoamericanos de mi generación, que éramos, como quien dijera, los clásicos. Yo, naturalmente, monté en cólera. ¿No conocían a Stendhal, a Dostoievski, a Tolstoi, a Proust, a Balzac? ¿Por qué querían ser escritores, entonces?


¿A qué se va entonces a los talleres literarios? Creo que más que nada, en este mundo elitista en que vivimos, en busca de una atmósfera generada por pares que creen que vale la pena escribir, escribir novelas, ensayos, cuentos, teatro, poesía… lo que sea.
El método que se sigue también varía, aunque las diferencias no son grandes. Se reúne alrededor de un maestro un grupo de personas que han escrito un poco, privadamente, y quieren saber la opinión de otros escritores, que generalmente no conocen. O jóvenes aspirantes a genios o jóvenes tímidos, profesionales, estudiantes de literatura para los que no es suficiente lo que les da la universidad, gente con deseo de comunicarse o de saber un poco más sobre lo que ellos van escribiendo. En algunos talleres se lee algún cuento clásico, modelo, y se trabaja sobre él. En casi todos, el aspirante a escritor debe traer para una fecha establecida un cuento, si de cuentos se trata, y al leerlo en voz alta lo somete al juicio de los demás asistentes al taller.
En España logré formar un taller por unos pocos meses. Los talleres literarios -—múltiples, variadísimos, muchas veces rivales—formaron algo como un espacio de independencia, un espacio donde se podía y debía hablar de literatura, porque la literatura, lejos de aislarse fuera de la contingencia social y política, le daba a ésta una estatura y una profundidad que estaba muy distante de la información periodística.
Cuando yo vivía en España, hace más de diez años, hablar de talleres literarios causaba risa, ¿se puede enseñar a escribir… se puede aprender?, ¿una persona que no tiene talento puede llegar a tenerlo después de asistir a un taller?
No sé si en España, pero ciertamente en muchos países latinoamericanos, el tiempo ha dado respuesta a estas preguntas: no, no se puede enseñar a escribir… no, no se puede aprender, ni el talento se adquiere por contacto con otros alumnos que buscan lo mismo en un taller. Pero en muchos de nuestros países, Argentina, México, Chile, los talleres literarios han proliferado.

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