Paul Auster. El palacio de la luna.

marzo 18, 2009

Editorial Anagrama, 1990, RBA 2009. 310 páginas.
Tit. Or. Moon Palace. Trad. Maribel de Juan.

Paul Auster, El palacio de la luna
Luna llena

Vuelvo al antiguo Auster gracias a la colección RBA de Anagrama, una buena oportunidad de comprar por poco precio y en tapa dura algunos de los clásicos del siglo XX. No es como para hacerla entera, pero sí para mirar de vez en cuando en el quiosco a ver cual es la novedad.

El argumento se encuentra en la wikipedia (ojo que cuenta el final): El palacio de la luna. Narra la historia de Marco, que crece con su tío sin saber quien es su padre, vive una temporada como un sin techo en Central Park hasta que es rescatado por un amigo y una chica que conoció en una fiesta. Después entra al servicio de un anciano cascarrabias empeñado en que escriba su biografía.

Fiel a los temas que se harán comunes en la obra de Auster, la casualidad tiene un protagonismo especial y las revelaciones se van sucediendo casí como en un folletín -no diré ninguna para no chafar finales.

Recuerdo que no es una de mis novelas preferidas del autor, pero desde luego muy superior a lo último que he leído, como La noche del oráculo. Que está mejor escrita, pero tiene menos gracia. Me sigue pareciendo que hay una afinidad entre Murakami y Auster.

Leerlo en esta época de internet me ha permitido comprobar algunas de las referencias del texto y, sobre todo, contemplar los cuadros de Blakelock, con sus lunas misteriosas.

Descárgalo gratis:

Auster, Paul – El Palacio de la Luna.doc

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Pero la verdad era que yo no tenía el menor deseo de adaptarme. Si mis compañeros me colocaban la etiqueta de bicho raro, ése era su problema. Yo era el intelectual sublime, el futuro genio arisco y obstinado, el rebelde inconformista que se mantiene apartado de la manada. Casi me ruborizo al recordar las ridiculas poses que adoptaba en aquella época. Era una grotesca amalgama de timidez y arrogancia, y alternaba largos e incómodos silencios con furiosos ataques de verborrea. Cuando me daba la vena, pasaba noches enteras en los bares, fumando y bebiendo como si quisiera matarme, citando versos de poetas menores del siglo XVI y oscuras frases en latín de filósofos medievales, y haciendo todo lo posible por impresionar a mis amigos. Los dieciocho años es una edad terrible, y aunque yo iba por ahí convencido de que en cierto modo era más maduro que mis compañeros de clase, la verdad era que únicamente había encontrado una manera diferente de ser joven. Más que nada, el traje era una divisa de mi identidad, el emblema de la forma en que yo deseaba que me vieran los demás. Objetivamente considerado, el traje no tenía nada de malo. Era un tweed oscuro, de un tono verdoso, a cuadritos y con solapas estrechas, una prenda sólida y bien hecha, pero después de varios meses de uso constante empezó a dar una impresión azarosa; colgaba de mi descarnada osamenta como una ocurrencia tardía, un torbellino de lana deformada. Lo que mis amigos no sabían, claro está, era que lo llevaba por razones sentimentales. Bajo mi postura inconformista, satisfacía también el deseo de tener a mi tío cerca de mí, y el corte de la prenda no tenía casi nada que ver en el asunto. Si Victor me hubiese dado un traje morado de petimetre, sin duda lo habría llevado con el mismo espíritu con que usaba el de tweed.

[…]

—Se suponía que no teníamos que saber lo que era -dijo-, pero yo lo descubrí. Si hay que encontrar una información, se puede estar seguro de que Charlie Bacon la encontrará. Primero fue el Gran Chico, la que tiraron en Hiroshima con el coronel Tibbets. Yo estaba incluido en la tripulación del siguiente avión, tres días después, el que iba a Nagasaki. Por nada del mundo iban a obligarme a hacer eso. La destrucción a esa escala es cosa de Dios. Los hombres no tienen derecho a meterse en algo así. Les engañé fingiendo que estaba loco. Una tarde salí y eché a andar por el desierto, bajo aquel calor espantoso. No me importaba que me pegaran un tiro. Lo de Alemania ya había sido bastante horrible, pero no iba a permitirles que me convirtieran en agente de la destrucción. No, seftor, prefería volverme loco a tener eso sobre mi conciencia. En mi opinión, no lo habrían hecho si los japoneses fuesen blancos. Los amarillos les importan un comino. Sin ofender —añadió de pronto, volviéndose hacia Kitty-, por lo que a ellos respecta, los amarillos no valen más que los perros. ¿Qué cree que hacemos ahora en el sudesde asiático? La misma historia, matar amarillos allá donde podamos. Es como repetir otra vez las matanzas de indios. Ahora tenemos bombas H en lugar de bombas A. Los generales siguen fabricando nuevas armas en Utah, lejos de todo, donde nadie puede verlos. ¿Recuerdan esas ovejas que murieron el año pasado? Seis mil ovejas. Echaron un nuevo gas venenoso en el aire y todo murió en varios kilómetros a la redonda. No, señor, por nada del mundo aceptaré tener sangre en las manos. Amarillos, blancos, ¿qué diferencia hay? Todos somos iguales, ¿no es verdad? No, señor, por nada del mundo conseguirán que Charlie Bacon les haga el trabajo sucio. Prefiero estar loco a manejar esos bombazos.

[…]

En este punto, la novela de Barber empieza a fallar de mala manera. Sin el menor escrúpulo de conciencia, Kepler decide quedarse a vivir con los Humanos, renunciando para siempre a la idea de reunirse con su mujer y su hijo. Abandonando el tono preciso e intelectual de las primeras treinta páginas, Barber da rienda suelta a lascivas fantasías en largos y floridos pasajes, fruto de la desbocada lujuria masturbatoria de un adolescente. Las mujeres no parecen indias norteamericanas sino juguetes sexuales polinesios, hermosas doncellas de senos desnudos que se entregan a Kepler con alegre abandono. Es pura invención: una sociedad de inocencia paradisíaca poblada por nobles salvajes que viven en completa armonía con los demás y con el mundo. Kepler no tarda mucho en comprender que la forma de vida de ellos es muy superior a la suya. Se sacude las ataduras de la civilización decimonónica y entra en la edad de piedra, uniendo su suerte a la de los Humanos alegremente.

14 comentarios

  • pvor marzo 18, 2009en1:07 pm

    Leí el libro hace muchos años. Me había gustado Leviatán, así que probé con otro título de Auster. No debió de marcarme mucho, pues apenas recuerdo vagamente el argumento del libro, que tu cróncia me ha refrescado un poco. Lo que sí que me parece es que Auster tiene una gran capacidad para fabular, y para que sus narraciones, cuente lo que cuente, no se hagan pesadas. Otra cosa es que, realmente, cuente algo.

  • Palimp marzo 18, 2009en2:24 pm

    Sí, yo tampoco tenía mucho recuerdo de la trama, a excepción de la temporada como sin techo. Y es curioso porque no es el eje de la novela, que había olvidado por completo.

  • karuna marzo 18, 2009en10:30 pm

    Me ha encantado que postearas sobre Paul Auster, y en concreto sobre este libro. Yo me he suscrito recientemente a Anagrama, y este libro lo leí hace nada. Hasta la fecha no había leído nada de Auster, y estoy de acuerdo, muchas coincidencias y suceso tras suceso, parece ser algo intrínseco en sus obras (parece su sello y por lo que comentas debe ser así). De Murakami me leí ‘kafka en la orilla’, y aunque es también muy original este escritor, no me acabó de convencer. Murakami parece que usa mucho en la trama el mundo onírico, y habla de sucesos sorprendentes pero imposibles en apariencia, Auster me parece más lógico y racional, aunque no deje de sorprender también.

  • Cocoliso marzo 18, 2009en11:50 pm

    Yo también he aprovechado esta oferta y he leido una novela de Auster que me ha parecido cautivadora.
    Llena de imaginación, de momentos intensos, buenos y malos, en los que la casualidad es protagonista absoluta. Para mi, de lo mejor de este autor.

  • Palimp marzo 19, 2009en11:55 am

    Karuna, es cierto que Murakami es más onírico, aunque tiene otras obras más -por así decirlo- realistas. Sí que es cierto que las historias de Auster, aunque a veces improbables, siempre son posibles.

    Cocoliso, yo tengo otras obras preferidas de Auster, espero poder en breve reseñar la trilogía de Nueva York.

  • Libros marzo 19, 2009en10:09 pm

    Estoy pasando por una seguidilla de lecturas de Auster: Mr Vertigo, La noche del oráculo, la música del azar. Supongo que El palacio de la luna será el próximo.

  • Palimp marzo 20, 2009en10:10 am

    ¿Los comentarás en tu blog? Me interesa tu opinión sobre ‘La noche del oráculo’

  • ericz marzo 20, 2009en12:56 pm

    Yo compré la edición de bolsillo, hace varios años. Me había gustado bastante Leviatán, pero no este, ni después Mr vértigo. Y además -hace unos años- Auster estaba en la boca de todos.

  • Elena marzo 20, 2009en11:33 pm

    A mí también me gusta esta iniciativa de Anagrama. Son libros de alta calidad literaria, editados en un formato bastante aceptable. He leído muchas de las obras de Auster, aunque ésta concretamente no. Así que fui corriendo a comprarlo y lo tengo reservado en la estantería, a ver si rehabilito un poco al autor después de Viajes por el scriptorium, que me decepcionó un poco, la verdad.

    Saludos

  • Palimp marzo 21, 2009en12:07 pm

    Ericz, Auster tuvo una época de mucha fama, algo que tiene en común con Murakami. Hace veinte años me gustaba mucho, ahora quizás no tanto.

    Elena, espero que te guste. La edición, a excepción del horrible color dorado, está muy bien: tapa dura y barato.

  • elveidedalt marzo 22, 2009en5:24 pm

    Lo leí -y reseñé en mi blog, también-, y no creo que sea el mejor Auster. Aunqué éstá plenamente en su línea.

  • Palimp marzo 23, 2009en9:29 am

    Veo que coincidimos. Recalcaría que aunque no sea el mejor Auster, tampoco es el peor.

  • karuna marzo 29, 2009en11:50 am

    Tengo curiosidad por leer más de Auster, ¿cuáles creéis que son los ‘mejores’?

  • Palimp marzo 30, 2009en9:19 am

    Yo probaría con Leviatán y la trilogía de Nueva York

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