Michael Bishop. Desgraciadamente Philip K. Dick ha muerto.

noviembre 29, 2019

MIchael Bishop, Desgraciadamente Philip K Dick ha muerto
La factoría de ideas, 2009. 314 páginas.
Tir. or. Philip K. Dick is dead, alas. Trad. María Sánchez Salvador.

En una realidad alternativa, en la que Richard Nixon es un presidente casi vitalicio que ha triunfado en Vietnam, ha enviado de vuelta a África a casi todos los afroamericanos y la gente vive bajo un control policial, también ha muerto Philip K. Dick, que allí es un escritor normal que publicó sus obras de ciencia ficción clandestinamente. Pero ha vuelto…

Leí este libro hace mucho tiempo y no me causó gran impresión. Lo leo ahora con más conocimiento a mi espalda y pienso lo mismo que entonces, aunque es posible que lo pueda argumentar mejor.

La novela intenta ser un homenaje a Philip K. Dick y por eso aparece una realidad paralela, un ente que parece divino, una visión de otras realidades y unos protagonistas zarandeados por los acontecimientos pero encaminados a rebelarse contra el orden imperante. Lo que no estaría mal si no fuera porque Dick lo hizo mucho mejor y con más gracia.

La sensación que te queda no es la de un homenaje sino la de un pseudoplagio sin demasiada enjundia, que te hace pasar el rato, sí, pero todavía te hace más añorar las novelas de Dick.

Se deja leer.

—Dile que pase, Shawanda. ,
Shawanda, atractivamente larguirucha, salió a decirle al segundo cliente del día que sí, que la doctora lo recibiría.
El hombre remoloneó junto a la puerta, como si tuviera tan pocas ganas de estar en el despacho de Lia como ella de tratar a un vagabundo que no pudiera pagarle, lo cual resultaba tranquilizador: si tenía dudas sobre ella, era evidente que no se trataba de alguien que intentaría gorronear terapia solo por el hecho de gorronear. Tenía principios. Lia vislumbró un rayito de esperanza.
—¿Cómo está? —dijo, sentada de nuevo ante su escritorio—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Quería saber si tendría usted una cafetera.
—¿Una cafetera?
El hombre se rió:
—Sí, uno de esos chismes que se usan con filtros de papel, o incluso una de esas viejas cafeteras italianas. Pero ya veo que tiene usted un paquete de filtros de papel, de esos tan modernos.
Oh, oh… Puede que solo gorroneara terapia gratis a psicoterapeutas que tuvieran cafeteras aceptables. ¿Lo sería la suya?
Lia le señaló el diván situado frente al escritorio, una obra de arte muy bien acolchada que estaba pagando a plazos. El hombre vestía de un modo informal, pero no descuidado. Su aspecto denotaba que estaba bien entrado en la madurez: tenía la frente alta, una barba entrecana bastante bien arreglada y ojos caídos que, dependiendo de la luz que se reflejara en ellos, resultaban nostálgicos o amenazantes. Lia decidió que parecían más bien tristes, aunque tenía incongruentes líneas de expresión en los bordes de los mismos y cierto alborozo, igual de incongruente, grabado en las comisuras de los labios, algo gruesos. ¿Cómo se las iba a arreglar con este tío?
Desgarbado y distinguido, pensó Lia. Eso es: es desgarbado y distinguido.
—Yo haré el café —dijo el hombre dirigiéndose a la mesa sobre la que reposaba la cafetera—. Veo que tiene usted todos los ingredientes aquí mismo: una jar ra de H2O, un paquete de Brim… ¡ Dios mío, es un maldito descaí einado! Y una enja de filtros de esos.
A)r,iio un filtro dirigiéndose a ella; le recordó a la toca de una monjita. Rápidamente la cafetera, que había sido de Jeff y necesitaba un buen enjuague «■mi vinagre/ se puso a humear emitiendo extraños resoplidos y vertiendo aromático Líquido marrón en el interior de la taza de Silex.
I pero que no le importe—dijo él sentándose en el diván. Sus ojeras y sus 1.1 ik iv i míenlos aupo rales sugerían que alguna vez había pesado más que ¿Sabe Uíted, señorita? El café descafeinado tiene tan poco sentido iH)……I tyUliqui ni ali <>li»l
—A mí me gusta el sabor, no el efecto que provoca.
—A mí me gusta el efecto que provoca, no el sabor. Y si aplica usted al sexo eia misma lógica, le bastaría con hacer abdominales sola frente al espejo.
Lia parpadeó. ¿Quién es este personaje?, se preguntó. No era el típico maníaco-depresivo y, si era maníaco-depresivo, lo había pillado en su momento álgido, soltando frases ingeniosas y camelándola con su taciturno encanto: un maníaco-depresivo atípico.
Lia recobró la compostura y dijo:
—Un par de preguntas: ¿cómo se llama? ¿Y cómo puedo ayudarle?
—En respuesta a su primera pregunta, no sé cómo me llamo y no estoy seguro de quién soy.
—¿Cómo?
—Creo que estoy sufriendo un episodio de amnesia bastante severo; amnesia radical. Solo que esta vez es como si estuviera muerto para la persona que soy normalmente. O que solía ser.
¡Dios Santo!, pensó Lia. Te esperas un cliente y te aparece un tío tan liado que da miedo. Amnesia, dice, y tú esperando a alguien con un desorden leve de personalidad.
Lia se revolvió intranquila. Podía oír a Cal diciéndole: «Por Dios, tía, tú no serías feliz ni en el paraíso».
—Así que he venido a verla —decía ahora el hombre— para pedirle ayuda. Y también para ofrecérsela, en respuesta a una oración que usted probablemente consideraba una especie de deseo estúpido. —Miró hacia la cafetera—. Escuche eso: le juro por Dios que suena como un enfermo de enfisema. —Se sacó un pañuelo arrugado del bolsillo de su chaqueta de la marca Members Only y se secó la frente—. Me encanta el café, el café de verdad. Necesito tomarlo, prepararlo, aunque puedan aterrarme todos esos condenados ruidos y vapores.
—Es una cafetera prestada, eso es todo. Y vieja. Pero no es nada que pueda provocar ansiedad.
—Solo café, ¿eh? Oiga, los terapeutas más reputados saben que casi cualquier cosa puede provocar ansiedad.
Bajo el escritorio, Lia apretó sus manos entre las rodillas.
—Perdóneme, tiene usted razón, pero no es más que una cafetera. Aquí está usted a salvo.
La pregunta es: ¿estoy yo a salvo? Pareces bastante respetable, amable incluso, pero tu táctica de entrada, «¡amnesia!» me ha pillado desprevenida. ¿Guardas más joyas como esa bajo tu pulcra barba?
—Si realmente sufre usted de amnesia —dijo Lia— es necesario realizarle un examen médico exhaustivo. Hay un hospital muy cerca de aquí.
—Doctora, no se reza por un paciente —estúpido deseo— para desviarlo a otro médico en cuanto aparece.

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