Lord Byron. El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.

abril 5, 2012

Lord Byron, El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.
Espasa-Calpe, 1940, 1943, 1944, 1046, 1950, 1958, 1969, 1976. 144 páginas.

Hay que leer a los clásicos, sobre todo porque se encuentran en todas partes y baratos. Nada había leído de Byron.

Son novelas cortas (en esta edición, que originalmente debieron ser poemas), románticas, llenas de héroes y bandidos, sentimientos exarcebados y muchas exclamaciones. Según leo por ahí el corsario se vendió como rosquillas en la época. Pero, por desgracia, yo soy incapaz de verle la gracia. Tanto aspaviento en vez de conmoverme me resultaba aburrido.

Lo tengo comprobado: no tengo alma romántica.

Calificación: No es para mí.

Un día, un libro (218/365)

Extracto:
«No te vayas, derviche; todavía tengo que preguntarte; siéntate y oye mis preguntas; yo lo mando: mis esclavos te traerán con qué satisfacer el hambre que padeces, pues no es justo que ayunes en medio de un banquete; pero luego que tu comida se concluya, prevente a responderme sin ocultar cosa alguna y con claridad. Yo no gusto de misterios.» Es inútil tratar de adivinar lo que pasa en el espíritu del derviche; sus miradas parecían dirigirse con inquietud sobre la corte reunida; manifiesta no gustar de los platos que le ofrecen, y todavía menos del respeto y de las consideraciones hacia los convidados. Un movimiento de despecho y de impaciencia altera un instante sus facciones; pero al punto lo reprime. Se sienta sin hablar una palabra, y su frente vuelve a adquirir su serenidad acostumbrada. Le presentan manjares suntuosos, y no llega a ellos, como si tuviesen veneno. Después de un ayuno tan prolongado, y tantas fatigas, esta indiferencia debe sorprender justamente. «¿Qué tienes, derviche? ¿Crees que te presentan una comida de cristiano? ¿Te disgustan mis amigos? ¿Por qué desdeñas tomar la sal, este símbolo sagrado, que una vez aceptado afila el corte del sable, reúne los pueblos divididos y cambia los enemigos en hermanos?»
«La sal, señor, entra en los condimentos de los manjares exquisitos y que incitan la sensualidad: yo no me alimento sino con raíces y no bebo otra agua sino la de los arroyos. Mis votos austeros y la regla de mi orden me vedan tomar ningún alimento con mis amigos, igualmente que con mis enemigos (5). Esto podrá sorprenderte; pero no arriesgo sino mi cabeza, y declaro, bajá, que por todo tu poder, ni por el trono del sultán, consentiría nunca en comer si no me dejan solo. Si me atreviese a faltar a mis juramentos, la cólera del profeta podría oponerse a mi peregrinación a la Meca.»
«Está bien: yo no me opondré a tus piadosos escrúpulos; responde sólo a una pregunta, y te retirarás en paz. ¿Cuántos piratas hay en la isla?… Pero esta luz no puede ser la claridad del día. ¿Qué astro, qué sol resplandeciente brilla en la bahía que parece un lago de fuego? ¡A las armas!, ¡a las armas!, ¡estamos vendidos! ¡Guardias, acudid!, ¡mi al-fange!, ¡las galeras son la presa de las llamas y yo estoy aquí! ¡Derviche maldito!, ¡mira tus noticias! ¡Éste, sin duda, es un espía; que se le aprisione y se le dé muerte!!» Al repentino resplandor de las llamas el derviche se levanta, y su
mudanza de vestido excita una nueva sorpresa. Ya no es un sacerdote de Mahoma, es un guerrero que se presenta con fiereza, y rasgando su larga túnica deja ver una cota de malla. La hoja de su sable luce como el relámpago, el casco estrecho, pero brillante, que cubre su frente está adornado con un negro penacho; sus ojos, todavía más brillantes, y sus pobladas cejas, todo lo presenta a la vista de los musulmanes como un genio perverso cuyos golpes lo amenazarán en vano. El alboroto confuso, las espesas nubes de humo que producía el incendio, las antorchas, los gritos causados por el espanto, el ruido de las armas que empiezan a cruzarse y los aullidos de los que pelean daban a aquella costa el aspecto de una escena infernal.
Los esclavos, turbados, desbandados y huyendo en desorden, no viendo por todas partes sino sangre y fuego, hacían que en vano el bajá exclamase: «Que se apoderen dei derviche, de ese demonio desencadenado.» Él se aprovecha del terror para reprimir el primer movimiento de desesperación que no le ofrecía sino el coger la muerte, porque demasiado pronto y demasiado_Jsien obedecido, las llamas no esperaron su señal; pone la mano sobre la corneta colgada de su cin-turón, y hace oír al instante un sonido agudo: al momento fue correspondido: «¡Valor! —exclama — , mis valientes compañeros; ¿he podido nunca dudar de vuestro pronto socorro, y creer ni un solo momento que me habíais abandonado?» Su brazo terrible hace describir un círculo a su alfanje, cuyos golpes reparan muy bien el tiempo que había tardado en herir. Su furia pone el colmo al cobarde espanto de los que huyen. El suelo queda sembrado de turbantes hechos pedazos, y todos los musulmanes han desaparecido de su vista. Apenas ha habido uno que se atreva a levantar el brazo para defender su cabeza.
Hasta Seíde, turbado por la rabia y la sorpresa, se decide a huir sin dejar sus amenazas. Seide no es cobarde; pero no se atreve a hacer frente a los golpes de su enemigo; tan temible le parecía en medio del desorden. La vista de las galeras entregadas a las llamas pone al bajá fuera de sí; se arranca las barbas (6) y se retira echando espuma por la boca, a fin de evitar la muerte; porque los piratas ya se habían hecho dueños de las puertas del harén e iban a caer sobre él. Vanamente sus soldados, espantados, se arrodillan para pedir cuartel, y arrojan sus espadas; no por esto deja de correr la sangre.

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