José Monleón. La travesía.

enero 28, 2020

José Monleón, La travesía
Ediciones de historia, 2008. 268 páginas.

Pocas personas hay tan ligadas al mundo del teatro como José Monleón, fundador y alma de la revista Primer Acto que es referencia imprescindible como guía de autores, compañías y festivales del ámbito latinoamericano e incluso europeo. Porque Monleón imaginaba el teatro como una gran patria.

En teoría este es un libro de memorias y empieza como tal, hablándonos de sus primeros años y mocedades, pero enseguida pasa a escribir como lo hacía en su revista, y parece que estemos asistiendo a una recopilación de artículos cronológicamente organizados. Lo que no está mal, porque este hombre a vivido y conocido a mucha gente.

He echado de menos anécdotas y sentimientos más personales, porque como lector de Primer Acto ya he oído cosas parecidas antes.

Recomendable.

En la Plaza Larga era un día de mercado, y muchos de los que pasaban cerca del espacio asignado a la representación se detenían y dejaban la bolsa o el capazo en el suelo, entregados a un acontecimiento extraordinario. El atuendo de los actores era el primer toque de atención. Luego, venía ya el interesarse por la historia, que discurría según las previsiones. Hasta que, en un momento dado, Tayeb, que también intervenía como actor, solicitó de los vecinos del Albaicín que participaran en una canción, según él, muy popular entre los granadinos de mediados del siglo xv, que era, exactamente, el tiempo en que discurría la historia. Ningún espectador se inmutó y comenzó el canto, en árabe, de la compañía. De inmediato, empezaron a abrirse las ventanas y los balcones de las casas, ocupadas por vecinos que acompañaron la canción sin ningún problema. Cerca, desde un arco mozárabe, un par de granadinos, que, probablemente, se habían detenido cuando iban al mercado, también se unieron a los cantos. La arquitectura era la justa, justa la luz y justos los actores y los vecinos que cerraban el círculo en torno a la narración. ¿Siglo xiv? ¿Siglo xxi? ¿Al-Andalus? ¿Andalucía? Una inesperada conciencia histórica hizo de la aparente confusión el placer teatral de ser durante unos momentos más fuertes que el tiempo.


Debo al hispanista Ruiz Ramón dos cursos de profesor invitado en los Estados Unidos. Y, gracias a distintas invitaciones, la posibilidad de pasar semanas en Purdue, Nueva York, Chicago y El Paso. Y a Nuria Espert y a su gira de Yerma, la visita a San Francisco y a Fila-delfia. Y a un homenaje a Alfonso Sastre y a una invitación de mi sobrino José Monleón, que entonces trabajaba en la Universidad de Los Angeles, la participación en dos cursos en dicha universidad y el conocimiento superficial de Los Angeles y de Hollywood. En total, fueron casi dos años, cuando aquí quemaba el franquismo, en los que anduve mezclado con el pueblo norteamericano y aprendí muchas cosas, aunque ahora, a la hora de contarlas, me sabe todo a lugar común, pues de ningún país se ha hablado tanto y de tantas maneras entre nosotros como de los Estados Unidos.
La América que conocí debía de ser igual que la de ahora, sólo que las imágenes del país, el espíritu dominante, era otro, porque Kennedy, Martin Luther King o Angela Davis dibujaban facciones de su rostro, como ahora puedan hacerlo Bush, Condolezza Rice o Petraeus, el general en jefe de las fuerzas americanas en Irak. En Hollywood aún se recordaba el Brecht que hizo Charles Laughton, Julián Beck recomendaba desde la solapa la abstención ante las elecciones presidenciales y el Off Broadway era un espacio teatral de valor universal. Cierto que el machartismo había dejado ya su secuela y que Nixon disponía de fuerzas más que suficientes para hundir los actos electorales de Goldwater, su adversario. Se vivía —o, al menos, eso viví yo— la pugna entre la América de la Esperanza Universal y la creciente América del Imperio. Se mezclaban los residuos del Ku Klux Klan con el alza de los hispanos y los movimientos del teatro radical. Unos miraban al mundo y otros deseaban poseer el mundo, materialmente colgados de la bandera nacional.
Busco en la memoria alguna experiencia que, igual que sucede con otras que figuran en este libro, pueda resumir, en términos metafóricos, mi visión de aquella América. Y me es imposible, justamente porque se mezclan expresiones ejemplares y gentes estupendas con decisiones vergonzosas —¡esas penas de muerte, eso sí, democráticamente rechazadas por los condenados!— y personajes totalitarios y mesiáni-cos. No sé por qué, entre todas aquellas imágenes me viene a la memoria un lugar, situado en Nueva York, que ofrecía varias estancias con el suelo repleto de flores y ramas verdes, sobre las que cabía lanzarse para abrazarlas y mezclarse. Recuerdo a personas solitarias, que colgaban su chaqueta, su abrigo o su bufanda y se entregaban a la libertad del abrazo y del frote con el verde de las hojas y el color de las flores. No lo pensé entonces, pero lo pienso ahora. Allí se resumía una idea de libertad vigilada, de erotismo higiénico, que quizá pudre buena parte de la gran esperanza de América. Ése es el muro que separa la libertad democrática de la libertad institucional.
Y estaban los hispanos de Nueva York y los chícanos de El Paso, que habían hecho del teatro una de sus voces principales. Protegidos por Pap, usando el spanglish, con salas y compañías, con creadores legendarios como Valdés, los hispanos —oriundos de Puerto Rico o México, legales o ilegales— eran los clásicos de la América marginal. Que en el Festival de El Paso mostraban nuestro Siglo de Oro vivido y contado por los graciosos y antihéroes.

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