Jeff VanderMeer. Aniquilación.

diciembre 18, 2019

Jeff VanderMeer, Aniquilación
Destino, 2014. 236 páginas.
Tit. or. Annihilation. Trad. Isabel Margelí.

Una expedición de cuatro mujeres es enviada a la misteriosa Área X, que no se sabe muy bien por qué ha aparecido, qué es lo que está pasando ahí, que trastoca a todo el que entra en ella pero a la que es imprescindible cartografiar porque parece ser que está creciendo.

Vi la película basada en este libro y no me gustó demasiado, así que he ido a las fuentes a ver si estaban mejor. Y lo están. Una novela de ciencia ficción de corte fantástico en donde nada sabemos ni del área misteriosa, ni de las razones de quienes las envían, ni qué es o no cierto. No hago excesivo espoiler si digo que, a menos en este libro, no se encuentran respuestas (hay otros dos en la saga).

Me ha recordado a La piel fría, incluyendo la presencia de un faro y curiosas criaturas y me ha gustado más el desconcierto psicológico que envuelve la narración en el libro que la fantasía de hibridaciones que se veía en la película.

Recomendable.

Las siguientes cosas también las experimentamos ambas durante el descenso inicial hacia la oscuridad. El aire se volvió frío y húmedo y, al caer la temperatura, adquirió una especie de suave dulzor, como el de un néctar sutil. También vimos las dos las minúsculas criaturas con forma de mano que vivían entre las palabras. Los techos eran más altos de lo esperado y, a la luz de nuestros cascos, al enfocarlos hacia arriba, la topógrafa pudo ver brillos y hélices como de rastros de caracoles o babosas. Pequeñas matas de musgo o liqúenes salpicaban el techo y, dando muestra de una gran fuerza de tracción, unas pequeñísimas criaturas, traslúcidas y zancudas cual gambas ciegas, se paseaban también por allí.
Cosas que solo veía yo: que las paredes subían y bajaban ínfimamente al ritmo de la respiración de la torre. Que las palabras cambiaban de color, creando un efecto ondulante y estroboscópico como el del calamar. Que, con una variación de unos ocho centímetros sobre las palabras y otros ocho por debajo, había un espectro de palabras anteriores, escritas con la misma letra en cursiva. De hecho, esas capas de palabras formaban una cenefa, pues solo eran una impresión sobre la pared, un pálido atisbo de verde o violeta a veces, único signo de que antaño pudieron ser letras en relieve. La mayoría parecía repetir el hilo principal, pero otras no.
Durante un rato, mientras la topógrafa hacía fotos de las palabras vivientes, leí las palabras fantasma para ver por dónde podían ir Costaba leerlas: había varios ramales que se solapaban y empezaban y paraban y volvían a empezar. Perdía fácilmente el rastro de palabras y frases individuales. La cantidad de escrituras espectrales que se fundían con los muros sugería que el proceso llevaba largo tiempo en marcha. Pero, sin tener una idea de la extensión de cada «ciclo», no podía dar una estimación en años, ni siquiera aproximada.
Había, además, otro elemento en aquellos comunicados de los muros. Y no estaba segura de que la topógrafa pudiera verlo. Decidí ponerla a prueba.
—¿Reconoces esto? —le pregunté mientras señalaba una especie de celosía entrelazada en la que al principio ni siquiera yo identifiqué un dibujo; cubría el muro desde debajo de la escritura fantasma hasta encima de esta, y el ramal principal quedaba más o menos en el centro.
Se asemejaba vagamente a unos escorpiones ensartados cola con cola, que se erguían antes de reincorporarse otra vez. No podía decir si me encontraba ante un lenguaje per se: hasta donde yo sabía, podría haberse tratado de un diseño decorativo.
Fue un alivio que ella también lo viera.
—No, no lo reconozco —dije—. Pero no soy experta.
Me sentí muy irritada, pero no por ella. Yo no tenía el cerebro adecuado para aquella tarea, ni ella tampoco: necesitábamos un lingüista.

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