Jack McDevitt. Chindi.

noviembre 9, 2016

Jack McDevitt, Chindi
La factoría de ideas, 2004. 398 páginas.
Tit. Or. Chindi. Trad. Pablo Rueda.

El descubrimiento de un satélite extraterrestre orbitando una estrella de neutrones permite obtener una pista que puede conducir al primer encuentro con especies extraterrestres. La capitana Hutchins, contratada por la Sociedad del Contacto, seguirá estas pistas hasta llegar a descubrimientos asombrosos.

Tiene el sabor de la antigua maravilla de la ciencia ficción: objetos misteriosos que evocan civilizaciones antiguas y tecnológicamente avanzadas. Un vistazo a un universo mucho más interesante de lo que los instrumentos de hoy en día no dan a entender.

Pero nada más. Lo bueno del libro se acaba ahí. El resto es una serie de aventuras en la persecución de las pistas y algún enredo amoroso que me ha provocado vergüenza ajena.

Por lo menos, entretenido, lo que no es poco. Pero tampoco suficiente.

Newton, Einstein y McElroy habían sido afortunados. Habían vivido en épocas en las que aún existían muchos misterios acerca de la naturaleza de la vida. Pero, en la época de Pete Damon, no quedaba ya ninguno sin desvelar, aparte de la propia creación y del principio antrópico. ¿Cuál era el origen del universo? ¿Y por qué existían esos millares de composiciones con la gravedad, las fuerzas y la tendencia de agua de congelarse de arriba abajo, por qué todo estaba dispuesto justo de forma que hiciera posible el desarrollo de formas de vida? Aquellas dos grandes preguntas no habían encontrado aún respuesta, pero todos coincidían en que seguirían así para siempre, fuera del alcance de la ciencia.
Pete coincidía con esa aseveración. En consecuencia, para un joven investigador ambicioso como él, decidido a hacer su contribución a la ciencia, ¿qué quedaba?
Había conocido a George Hocklemann en una cena de la Academia, años antes de partir hacia la 1107. Se trataba de celebrar el éxito obtenido por un equipo arqueológico que había descubierto una verdadera mina de información en Beta Pac II, hogar de una raza que había conquistado las estrellas y había dejado evidencia de su presencia por toda la constelación de Orion, para luego desaparecer sin más, dejando tras de sí solo algunos descendientes casi completamente salvajes sin rastro alguno de sus viejos días de gloria. George, grande, charlatán y entusiasta, y quizá un poco ingenuo, le había llevado una bebida, y había defendido la idea de que ellos aún debían vivir en algún lugar, los Hacedores de Monumentos habitaban algún espacio entre las estrellas. En realidad, había pruebas para apoyar aquella afirmación de la existencia de un éxodo. Puede que fuera cierto. Nadie lo sabía con certeza.
Pete había puesto objeciones a la sugerencia de George de que se uniera a la Sociedad del Contacto. Los miembros del grupo eran tratados por la administración con el máximo de los respetos, porque constituían una importante fuente de ingresos. Sin embargo, a su espalda se hablaba abiertamente de ellos como lunáticos, chiflados y fanáticos. Gente aburrida que no tenía otra cosa mejor que hacer con su dinero. Que tu nombre apareciera en la lista de la Sociedad suponía asegurarse de que la comunidad científica no te tomara en serio y te considerara poco más que un divertido circense.
Y así fue como, entre vasos de brandy, Pete y George Hocklemann descubrieron que eran almas gemelas. Por eso fue natural que durante el viaje de vuelta, cuando la gente de la Academia estaba ya sonriéndole amablemente, informándolo de que sin duda habría alguna explicación lógica para la transmisión, lejos de decepcionarse por el desenlace de las experimentaciones decidiera hablar con George. Y aún más natural todavía fue que, antes siquiera de llegar, George ya estuviera enviándole preguntas acerca del hallazgo.

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