Gabriel Matzneff. Ebrio del vino perdido.

noviembre 16, 2020

Gabriel Matzneff, Ebrio del vino perdido

El libro gira alrededor de las aventuras de Nil, seductor cuarentón de muchachas quinceañeras y ocasional visitante de paraísos sexuales donde aprovecha para usar los servicios de niños de 12 años.

Libro polémico porque el autor se declara abiertamente pedófilo, lo que hace que se lea no tanto como ficción sino como defensa de un modo de vida afortunadamente ilegal. Pese a todo el comportamiento del protagonista se mantiene en todo momento dentro de la legalidad: en Francia sólo tiene relaciones con chicas mayores de 15 años (edad de consentimiento en ese país).

El libro me ha parecido horrible. Me imaginaba un libro provocador pero con buen estilo, como podría ser Lolita de Nabokov. Y me he encontrado un texto infantiloide, pésimamente escrito y éticamente discutible. Vayamos por partes.

Si le quitamos al libro todos sus problemas éticos y si las relaciones fueran todas entre adultos y consentidas tendríamos un culebrón sentimentaloide con un protagonista narcisista y quejica que liga a manos llenas pero siempre está recordando amores perdidos. Más que un cuarentón que se enamora de adolescentes parece la fantasía de un adolescente que se imagina mayor.

Ni siquiera tiene escenas subidas de tono, cuando las hay son invariablemente abstractas los placeres más intensos, prolongados, exquisitos e impúdicos que se pudieran concebir y las pocas veces que se atreve a concretar es bastante normalito La muchacha le cabalgaba, gravitando sobre su sexo como un cirio en uno de aquellos pinchos colocados a tal efecto en las iglesias católicas, junto a las estatuas de la Virgen. Su pelvis se movía voluptuosamente. A veces se echaba hacia atrás, a veces se inclinaba hacia él para besarle los labios con ardor, a veces le ofrecía los pechos para que los chupara. . Pervertido en lo abstracto, inocente en lo concreto.

Luego tenemos las excursiones a países donde se puede comprar sexo con menores. Que alguien se vanaglorie de este tipo de cosas me revuelve el estómago. Que un niño de once años tenga que prostituirse para salir adelante me parece una cosa terrible. Aprovecharse de esta situación me parece de las cosas más ruines que pueden pasar en este mundo. Escribirlo y defenderlo me parece asqueroso.

La forma, mala. El contenido, peor. No he encontrado reseñas pero aquí un enlace: Gabriel Matzneff

Espantoso.

«Amor mío, amante mío querido, ¡qué dichosa me sentiría si estuviera ahora a mi lado! Pienso en usted a todas horas. Por las noches le veo en mis sueños, me posee toda entera, forma parte integrante de mi vida, tengo más necesidad de usted que de sueño o de alimentos. El amor que le tengo se ha instalado en mí tan profundamente, que se ha convertido en uno de los rasgos constantes de mi carácter: soy «enamorada de Nil» del mismo modo que soy «caprichosa» o «una gran lectora». Le amo, Nil, cariño mío, le amo, usted es la fuente y la vida. Releo sus cartas, sus poemas. Amante mío, ¿quiere que nos ahoguemos juntos?

¿Quiere la muerte? El amor y el placer, ¿no son para usted sinónimos de la muerte? Amante mío íntegro y puro, esta melancolía, este goce ardiente y triste, esta elegancia, es su estilo, y es su vida misma. ¿Sabré arrancarle del placer de expirar, del placer de cruzar el río y fundirse con Dios? ¿Serán mis brazos más acogedores, más embrujadoras mis caricias que las del no-ser? Tengo un poco de miedo a la muerte, pero, si lo desea, moriré a su lado, tal como aquellas jóvenes viudas indias que se sacrifican en la pira del esposo difunto Estoy loca por usted, loca sin usted. No puedo, de veras que no puedo, prescindir de usted. Amor mío tan hermoso, ¿por qué no estás aquí, a mi lado, en el cuenco de mis manos, en mis labios y en mi cara, y en lo más profundo de mí? Le amo inevitablemente. Sé que iré sin falta hasta el límite de nuestra pasión, y que moriré calcinada.»

Nil levanta la vista, vuelve la cabeza. Está tan emocionado que debe interrumpir la lectura. Dos años antes, el Casanova de Fellini le había afectado extraordinariamente. Se había visto retratado en muchas de sus escenas, en particular cuando la joven Isabelle dice al seductor envejecido: «¡Qué hombre tan extraño eres, Giacomo! ¿Es que no puedes hablar de amor sin imágenes fúnebres? Quieres aniquilarte en el amor. A lo mejor adaptaría al cine las Memorias del veneciano. No se trataba, pues, de una influencia, sino de un hallazgo. Lo que más impresionaba a Nil era que, viendo la película, y la había visto dos veces, no se hubiera acordado de que, tres años atrás, su amante de dieciséis años le había escrito lo que Isabel le dice a Casanova, y casi en los mismos términos. Volverlo a descubrir ahora le fascinaba hasta un punto inexpresable. ¡Qué razón había tenido al no deshacerse de las cartas de Angiolina (que entre ellos habían bautizado «las cartas de la chiquilla al señor malo»)! ¡Qué razón había tenido al traer los cuaderno! ¡Qué razón había tenido en amar a Angiolina, en profesar a aquella niña deliciosa una pasión extrema! Aquel amor, aunque hubiera sido el único de su vida, bastaría para justificarla espléndidamente.

Latiéndole el corazón con violencia, reanudó la lectura.

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