Ford Madox Ford. El buen soldado.

diciembre 11, 2019

Ford Madox Ford, El buen soldado
Sexto Piso, 2016. 260 páginas.
Tit. or. The good soldier. Trad. Victoria León.

Dos parejas que se conocen en un balneario inician una amistad que dura nueve años y en la que todo parece idílico, hasta que por la narración que nos va contando el protagonista van apareciendo secretos que rompen por completo la dulce apariencia exterior.

En principio una novela ambientada en una época de apariencias con unos protagonistas de otra época y unas angustias morales ya desaparecidas y en ocasiones hasta ingenuas no es mi tipo de novela preferida.

Pero ¡qué novela! Me ha arrastrado tanto a su interior, he empatizado tanto con el protagonista, un pelele movido por las circunstancias, sin control sobre su vida (la historia más triste, como quería que se titulara el libro y en el inicio de un capítulo así la nombra). La manera de contarlo, yendo adelante y atrás en el tiempo, soltando poco a poco los fragmentos de información de unos secretos que nosotros como lectores intuimos casi desde el principio pero que se nos intentan esconder como si al narrador le diera vergüenza contarlos.

Otras reseñas: El buen soldado y El buen soldado.

Muy recomendable.

Y, sin embargo, aquel tipo, al entrar en una habitación, atraía siempre la mirada de cualquier mujer que se hallara presente con la misma habilidad con la que un prestidigitador esconde bolas de billar en su bolsillo. Era verdaderamente asombroso. ¿Ha visto al malabarista que en el escenario lanza hacia arriba dieciséis bolas a la vez y todas van a caer en cada uno de sus bolsillos, sobre sus hombros, en sus talonesy en el interior de sus mangas mientras él permanece absolutamente inmóvil? Bien, pues igual. Y tenía una voz más bien áspera y ronca.
Edward estaba allí, esperando junto a la mesa. Yo lo observaba de espaldas al biombo. Y, de repente, pude vislumbrar en sus ojos inmóviles dos fugaces expresiones distintas. ¿Cómo diablos lo hicieron aquellos impávidos ojos azules de mirada directa? Pues los ojos mismos en ningún momento se movieron ni dejaron de mirar por encima del hombro hacia el biombo. Y su mirada era perfectamente impasible, perfectamente directa y perfectamente constante. Supongo que sus párpados en realidad tuvieron que moverse mínimamente, y quizá también se movieron algo sus labios, como si dijeran.-«Ya estás aquí, querida mía» En cualquier caso, su expresión era de orgullo, de satisfacción, una expresión de propietario. Más tarde le vi una vez contemplar igual por un momento los soleados campos de Branshawy decir: «¡Toda esta tierra es mía!»
Pero entonces la mirada fue quizá más directa, más dura si cabe —y más osada también— Fue una mirada de tanteo; una mirada desafiante. En otra ocasión, en Wiesbaden, mientras lo veíamos jugar un partido de polo contra los Húsares de Bonn, descubrí la misma mirada en sus ojos cuando medía las posibilidades examinando el terreno de juego. El capitán alemán, el conde barón Idígon von Lelóffel, se acercaba a su portería con la pelota a un medio galope tranquilo, con esa astucia característica del juego de los alemanes. El resto del campo prácticamente había desaparecido. Ashburnham estaba muy cerca de las vallas, a no más de cinco yardas de nosotros, y desde allí le oí decir para sí: « Podemos conseguirlo!» Y lo hizo.
(Cielo santo, hizo girar sobre sí mismo a aquel caballo con las cuatro patas extendidas, igual que un gato lanzándose desde un tejado.
Fue esa misma mirada la que vislumbré en sus ojos. Y en este mismo instante me parece estar oyéndole decirse: «Podemos conseguirlo»
Entonces giré la cabeza, y allí —alta, con su sonrisa resplandeciente y alegre— pude ver a Leonora. Y, junto a ella, pequeña, hermosa y tan radiante como un rayo de sol en la superficie del mar, estaba mi esposa.
Pobre infeliz! Y pensar que se hallaba en aquel momento en un auténtico aprieto y, sin embargo, allí estaba, diciéndose interiormente: «Podemos conseguirlo». Era como alguien que, en medio de la erupción de un volcán, se dice a sí mismo que puede lograr arrojarse al tumulto y prender fuego a un almiar ¿Era locura? ¿Predestinación? ¿Quién diablos podría saberlo?
La señora Ashburnham mostraba entonces una alegría que después nunca volví a ver en ella. Hay cierto tipo de ingleses —los de las clases más altas— que, después de haber pasado por numerosos balnearios, parecen hacerse el propósito de mostrarse más alegres de lo que habitualmente son cada vez que se les presenta a alguno de mis compatriotas. He podido observar esto a menudo. Por supuesto, primero han de aceptar a los estadounidenses en cuestión. Pero, una vez que los aceptan, parecen decirse a sí mismos: « Vaya! Estas mujeres están tan llenas de vida. No vamos a permitir que nos superen en vitalidad» Y durante algún tiempo, ciertamente, lo consiguen. Pero luego se relajan. Así fue cómo actuó Leonora —al menos hasta que reparó en mí— Comenzó diciendo —quizá fue eso lo que me dio una idea de aquella pizca de insolencia en su carácter, pues nunca después volvería a verla hacer nada igual— en voz bastante alta y desde una distancia considerable:
—No te quedes parado junto a esa mesa tan poco agradable, Teddy ¡Ven a sentarte junto a esta pareja encantadora!

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