Carlos Zanón. Taxi.

marzo 3, 2021

Carlos Zanón, Taxi
Salamandra, 2017. 366 páginas.

Sandino, taxista leído y en plena crisis matrimonial, se ve envuelto en un par de tramas que le harán ir arriba y abajo de Barcelona en una semana que más bien parece una noche interminable.

Lo saqué de la biblioteca porque me apetecía leer algo ligerito y sin duda ha cumplido su cometido. Acción, intriga, una Barcelona de la noche llena de seres marginales y bajos fondos… todo con una banda sonora imaginada de los Clash de fondo. El autor se intenta alejar de la escritura plana habitual en el género negro, y hay buenas páginas, e incluso las tramas de novela negra están bien. El problema es que se abusa de los clichés, empezando por ese protagonista con una mujer en cada parada y cargado de malditismo que, en mi humilde opinión, es un tópico completamente gastado.

En general ha gustado: Taxi y Taxi .

Entretenida.

¿A qué viene esto ahora?
—Sandino, yo también tengo algo de amor propio. No soy un puñetero reposapiés. Llevas dos días haciéndome sentir la farfollas más grande de la tierra y derramando compasión aquí y allá. Ya te expliqué cómo fue. Devuelvo las pastillas; el dinero, no.
—Sofía, el tema es algo, un pelín más complicado. Da igual lo que haya apuntado el mosso de Aiguablava. Ellos saben que había dinero y saben que lo tienes tú.
El nombre de Héctor sale a relucir. El negocio por el que Pelopo y los demás estaban tan preocupados por solucionar lo antes posible es una figura del compás que maneja el exmosso.
—Tal y como lo veo yo, no hay partida. Dan por perdido lo que llevaste a la poli y, si devuelves el resto, supongo que lo olvidan. Siempre y cuando cuenten con nuestro silencio al respecto, obviamente. Aunque si los mossos son un poco listos, estarán tirando del hilo.
—Ya.
—Lo has comprendido todo, ¿no? No te me pongas susceptible. Yo también ando jodido, con el agravante de llevar demasiados días sin dormir, joder. Vamos, si quieres te acompaño a donde Héctor y…
—Sandino, me da igual si lo entiendes o no lo entiendes, pero no voy a devolver el dinero. Te podría dar muchas razones, pero te daré sólo dos. Una es que parte de ese dinero ya no lo tengo. Te expliqué cómo están mi hermana y los suyos. He conseguido parar el desahucio. No lo he liquidado todo, sólo los meses que debían y las costas judiciales. Ahora han de espabilarse ellos como puedan, pero si he de volver a echarles una mano, lo haré. Es un préstamo y ellos lo saben, pero al menos su hermana no es un banco.
—¿Cuánto era?
—Da igual eso. Falta la segunda razón y ésa es la importante. La segunda razón es que no quiero devolverlo. Te podría llenar la habitación de penas y humillaciones, de penurias y soledades, pero no me apetece. Tú no lo entenderías. Te aprecio, pero no lo entenderías. No te ofendas, no dejas de ser un chaval malcriado. Un niño mimado con sus grandes problemas de todas me quieren y yo no quiero a nadie. Pobre niño rico. ¿Te has parado a pensar que hay gente a la que nunca han querido de verdad? Ni bien ni mal. Nunca. ¿Que no pueden pensar si lo que tienen es amor o necesidad o miedo porque no tienen nada y nunca tendrán nada…?
Sandino se sorprende de la virulencia del ataque de Sofía. Si tuviera un momento, si quisiera otorgárselo a sí mismo podría entenderla, pero no quiere: también él está agobiado por todos lados, con todo derrumbándose, y no anda muy sobrado de nada. Sólo hay una solución y los dos supieron siempre cuál era. Lo que no se esperaba es todo aquel arsenal macerado dentro de ella y que ahora está estallando.
—Mira, tía. No me vengas con eso. No voy a comerme tu psicoanálisis.
—Pues no te lo comas. Puedo seguir con esto sola.
—No sabes con quién estás jugando.
—Que me da igual, Sandino. Todo lo que tengo me lo he sudado y ganado yo. Nunca me han regalado nada. Me he tomado esto como una señal de Dios, como diría el sonao de la bañera. Nadie ha querido estar conmigo y yo ya no quiero estar con nadie, pero no quiero acabar siendo la vieja de los gatos, sin nada, en la puta calle…
—Voy a coger esa puerta y me voy a ir y no quiero saber absolutamente nunca más nada de ti ni de toda tu mierda, pero, no sé, por una especie de justicia narrativa vas a escucharme. Estás loca, totalmente loca…
—Últimamente, sólo ves locos.
—Escúchame. Que yo sepa, sólo que yo sepa, tienes en propiedad dos coches y, con éste, cuatro pisos de los que, sin contar éste, cobras un alquiler.
—¿Y? La vida da muchas vueltas y…
—Nada, Sofía, voy a meter la polla en algún sitio y a ver si se me quitan los, según tú, problemas de identidad que llevo encima, así que vete a tomar por culo tú y tu dinero y toda esta historia, pero que sepas que te estás jugando más que la visita del cobrador del frac.
—¿Qué me van a hacer? ¿Pegarme? ¿Matarme?
Sandino ya no dice nada más. Emprende el camino hacia la salida. Reprime lo que podría decirle, la furia que siente, porque sabe que no sería más que una pérdida de tiempo. Ambos han tomado una decisión. Ese tema se finiquita aquí y ahora. Para Sandino, Sofía queda enterrada en el comedor de su domicilio.
Puerta. Calle. Fin.

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