Begoña Huertas. En el fondo.

junio 16, 2011

451 edtores, 2009. 272 páginas.

Begoña Huertas, En el fondo

Pide una copa, paga Proust

Alguna vez he leído opiniones de gente que dice ir haciéndose mayor y que se va desengañando de la ficción. Que acaban prefiriendo el ensayo porque ya no encuentran anda que les sorprenda. Si fuera creyente rezaría a dios todas las noches para que nunca me pasara semejante desgracia.

De momento todavía me soprenden los libros que leo, si están bien escritos. Como esta novela compuesta por una serie de fragmentos de historias de amor (como bien destaca la portada) que se van enlazando e iluminando diferentes aspectos de ese sentimiento que parece mover el mundo (o, al menos, dar tema a una buena cantidad de novelas).

¿Quedan cosas por decir sobre el amor? Claro. Si hay honestidad, intención de contar de una manera diferente (y talento para hacerlo), y un buen coro de personajes, el resultado merece la pena.

Me ha sorprendido agradablemente, y no sé si agradecérselo a que todavía soy joven (de espíritu) o al talento de Begoña Huertas. Espero que a las dos.

La recomendación me vino de solodelibros


Extracto:[-]

LAS MALINTERPRETACIONES Y LOS DISGUSTOS VIENEN PORQUE A
menudo hablamos en superficie, pero en el fondo bulle todo lo que no se dice, y cada uno vivimos ese desajuste como una ofensa. Vean: una pareja reciente, ella le telefonea a él y le pregunta:
—¿Qué planes tienes esta noche?
Y él responde:
—Ninguno, ¿qué planes tienes tú?
—Te he preguntado yo antes —dice ella.
—Ya, pero te he dicho que ninguno —contesta él.
—Pero entonces, ¿qué harás?
—Pero ¿adonde quieres llegar?, dime tú.
—¿Cómo que adonde quiero llegar?, ¿qué insinúas? —se molesta ella.
—¡Oye! Nada…, que por qué no me dices qué quieres hacer.
—Pues eso, te he preguntado qué hacías… —repite ella.
—Ya, y te he dicho que nada, ¿estás loca?
—¿Me estás llamando loca y haciéndome pasar como una retorcida? Mira, me quedo en mi casa.
—¿Que te quedas en tu casa? Pero entonces, ¿para qué me preguntas qué planes tengo? Es que no sé qué pretendes —contesta, de malos modos, él.
—¿Cómo que qué pretendo? Mira, lo siento, no pretendo nada. Será mejor que hoy no nos veamos, no tengo ganas de discutir —concluye ella.
Y debajo de todo este intercambio absurdo de frases está el auténtico y sencillo diálogo:
—Dime que quieres verme —no dice ella. —Pídeme que nos veamos —no responde él. Existen mil razones para la confusión. Pensándolo bien, es inaudito que en algunas ocasiones podamos entendernos. La misma pareja anterior. El no ha ido a trabajar porque está enfermo. No demasiado enfermo, es verdad, y por ello ha pasado todo el día con cierto sentimiento de culpabilidad. En consecuencia, cuando ella va a visitarle un rato por la tarde y le pregunta: «¿No te has levantado en todo el día?», él no puede sino entenderlo como un reproche. Adjudica a las palabras de ella el significado que él mismo ha estado madurando en su interior: es un irresponsable. Su reacción, entonces, es hosca. Lanza una mirada antipática y responde con una seca negativa.
Por su parte, ella había estado pensando toda la mañana que quizá el día anterior había sido demasiado brusca por teléfono, y había ido a visitarle decidida a enmendar su comportamiento. Había hecho la pregunta en un tono dulce, y quería aprovechar la respuesta negativa que preveía para reafirmar su decisión de cuidarle. Estaba enamorada de él; no obstante, tenía una especial facilidad para sentirse disminuida, como quien mira el mundo tras unas gafas con los cristales rosados y lo ve rosa, ella lo miraba a través de un cristal de inseguridad. Por tanto, la actitud de él se le apareció como un ataque que la rebajaba, y puso en su boca palabras que él no había dicho: ¿por qué preguntaba eso?, ¿era tan tonta como para no ver que estaba enfer-
mo?, ¿es que un enfermo hace una vida normal? Se sintió avergonzada y no dijo nada más. Ese mutismo le reafirmó a él en su convicción de que ella trataba de que quedara bien patente su irresponsabilidad, su pereza. Por eso, añadió al cabo de un rato:
—No tenías por qué haber venido. Ella estaba tensando las sábanas y ahuecando las almohadas, recogiendo una ropa tirada por el suelo y se detuvo de golpe. Era .cierto que él no le había pedido ninguna ayuda. Estaba comportándose como una esposa sumisa y no como la novia desenvuelta y despreocupada que sin duda él quería. Volvió a sentir vergüenza, esta vez teñida de rabia. Al fin y al cabo solo pretendía ayudarle.
Él fingió encontrarse mucho peor de lo que realmente estaba, para justificar su estancia en la cama. Suspiró e hizo como que le costaba respirar. Ella supo enseguida que estaba exagerando, pero con su particular filtro de ver las cosas, interpretó que lo hacía para hacer notar que su presencia resultaba molesta. Al fin, cuando ella se fue, él se quedó solo, tumbado boca arriba, sintiéndose más culpable que antes de su visita. Ella se metió en el ascensor y abandonó el edificio confusa y con la vaga sensación de haber hecho el ridículo.

4 comentarios

  • Libros junio 17, 2011en9:21 pm

    Buenísimo! Va link en Lo mejor de la quincena, saludos!

  • dilettante junio 17, 2011en9:52 pm

    desengañándose de la ficción? estas personas deben de haber vivdo 8.000 años para leer toda la ficción extraordinaria que se ha escrito. incluso si ahora mismo se dejase de escribir ficción (y a veces pienso que sería una buena idea), no basta con un centenar de vidas para saborear toda la que vale la pena saborear…

  • Palimp junio 20, 2011en7:30 pm

    Como me decía mi amigo Toni en el facebook, a mí me sorprenden hasta los clásicos.

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