Antonio Orejudo. Reconstruccion.

mayo 5, 2012

Antonio Orejudo, Reconstruccion
Tusquets 2005. 272 páginas.

Orejudo es cojonudo. Antonio Orejudo es un escritor de una gran calidad.

Después de leer Un momento de descanso, que veo que no tengo reseñada por aquí -pensaba que sí, un momento ahora me pongo- me he encontrado con otro excelente libro, a medio camino entre la novela histórica y la reflexión social.

En Münster, en 1543, se montó una buena. Los anabaptistas tomaron el control de la ciudad e instituyeron un cristianismo comunista. La cosa acabó mal, y el protagonista, Rothmannv que está en el origen de la rebelión, cambia de nombre y de vida. Convertido en grabador y tipógrafo, recibirá el encargo de buscar a un hereje peligroso, que no es otro que Miquel Servet.

Rigor histórico mezclado con mucha imaginación, no es la idea que uno se hace de una novela histórica. Está más emparentada con Lo que se de los vampiros, utiliza un momento histórico para exponer su pensamiento. En una época en la que la inquisición velaba por la ortodoxia mucha gente murió por defender sus ideas. Iluminados y locos. No es casual que el protagonista trabaje de grabador; la imprenta dinamitaría el control férreo de la iglesia sobre las ideas. El cisma no hubiera existido de no ser por la facilidad de imprimir libros.

Al igual que en Un momento de descanso también habla de la necesidad de ser fiel a uno mismo. Y la gran pregunta ¿nos tenemos que adaptar a las grandes ideas o están tienen que adaptarse a nosotros? Lean el extracto, merece la pena.

Además de estar muy bien escrito, tiene espacio para el humor; ese guardaespaldas con conocimientos de artes marciales es impagable.

Calificación: Pero que muy bueno.

Un día, un libro (248/365)

Extracto:
–Los verdaderos anabaptistas no delatan a sus hermanos. Y Beukels lo era. Podría estar equivocado; seguramente lo estaba, pero era un buen hermano. Y aunque así fuera, aunque jan Beukels fuera un hijo de puta, ¿qué? El fracaso de Münster no es el fracaso de las ideas que lo inspiraron, sino todo lo contrario. ¡Esas ideas atrajeron a mucha gente, Bernd! En Münster demostramos que es posible organizar la sociedad cristiana de otro modo: sin jerarquías, sin privilegios, sin riquezas. Exactamente como dice Jesucristo. Exactamente como vivieron los primeros cristianos.

Alrededor de Arnold y Pfister, que se han sentado en una mullida alfombra, han ido arremolinándose varias personas, que escuchan en silencio la conversación, como si se tratara de un debate. Alguien pone delante de Pfister un plato de gachas.

–¡No os podéis imaginar la cantidad de hombres y mujeres que vinieron a Münster de todas las partes del mundo! –exclama Krug mirando a los suyos–. Esas ideas siguen vivas, aunque Beukels sea un hijo de puta. Otra cosa es que esas ideas fueran traicionadas. Que lo fueron. Pero eso no es culpa de las ideas. Eso es culpa de las personas.

–Yo pienso exactamente lo contrario: si las personas no son capaces de poner en práctica unas ideas, el problema está en las ideas. Porque las personas somos como somos, y las ideas han de tener en cuenta nuestras debilidades y nuestras ambiciones. Las ideas, si no hay personas que las pongan en práctica, no sirven para nada. El problema es que cuando uno cree estar luchando por una idea en realidad está luchando por el beneficio de una persona. Quien empieza negando la autoridad ajena acaba siempre imponiendo la suya.

–Exacto. Por eso hay que elegir con cuidado a los pastores que dirigen el rebaño. Yo ahora voy de pueblo en pueblo explicando la verdad, señalando los errores cometidos y orientando hacia el camino verdadero.

–Noble tarea, sin duda. Y poco reconocida. Lo digo porque la gente, siempre tan ingrata, no piensa que sois pastores, sino maleantes.

–Dicen que somos malhechores, sí, pero fueron los católicos quienes robaron primero. Nosotros lo único que hacemos es recuperar lo que es nuestro. Y vivimos como Cristo nos enseñó, como tú nos enseñaste, Bernd. Lo compartimos todo. Las mujeres y los niños también. Todo es de todos. Es cierto que también destruimos. Destruimos iglesias, sembramos modestamente el caos y tratamos de quebrar la confianza entre los hombres: que nadie confíe en nadie, que la gente tenga miedo a viajar, a confesar sus secretos, a abrir su corazón. Que nadie crea que ser católico equivale a vivir en paz. Luchamos para que el imperio sea cada vez más inseguro. Y también damos testimonio. Predicamos. Predicamos que la Iglesia católica no es necesaria para salvarse, que basta tener fe. Siempre me ha gustado esta idea. Me gusta que sea tan básica, tan sencilla. Me gusta que corroa, precisamente por su simpleza, la base del poder católico. Por eso nos mataron como conejos. Pero los que salimos con vida de Münster tenemos la obligación de contar lo que pasó y de propagar la fe. ¿Tú no lo haces?

–No. No voy por los pueblos quemando iglesias o asaltando caminos; no cometo pillaje, no incendio casas, no violo y no asesino. Espero que Dios con su infinita misericordia me perdone. Y tampoco cuento lo que pasó. Al contrario. Llevo varios años intentando olvidarlo. Yo me oculto, he cambiado de nombre, y además he llegado a la conclusión de que el rebautizo no constituye una buena razón para morir. Ni el rebautizo, ni la Trinidad, ni la resurrección de la carne. La Iglesia católica no es justa, de acuerdo, pero prefiero sus injusticias, conocidas y garantizadas, a los experimentos de cualquier loco. ¿Qué pasó en Münster, Arnold? No restituimos el cristianismo primitivo. No alcanzamos esa armónica comunidad anabaptista en la que la propiedad y el dinero han dejado de mover el mundo. Caímos en manos de unos cuantos locos sanguinarios, que se quedaron con nuestras casas, con nuestras tierras y que además se tiraron a nuestras mujeres, a nuestras madres y a nuestras hijas. Eso fue Münster.

–¿Qué quieres decir? ¿Que se cometieron excesos? Claro que se cometieron excesos. ¿Que se cometieron errores? Claro que se cometieron errores. Pero ¿quién no comete excesos? ¿Quién no comete errores? ¿Van a ser los católicos, precisamente los católicos, o los calvinistas de Ginebra quienes nos acusen a nosotros de haber cometido excesos y errores? Hasta ahí podíamos llegar. En Münster la gente se desesperó. Todos nos desesperamos. Pero ¿quién no se desesperaría con un cerco como el que sufrimos durante tanto tiempo? Bernd, tú dirigiste la restitución en su mejor momento, antes de que fuéramos sitiados, cuando la gente estaba ilusionada, cuando no faltaba de nada, cuando las cosas daban buen resultado. ¿Y funcionaba entonces? Claro que funcionaba. Luego, cuando nos cortaron los suministros, las cosas empezaron a ir mal. Pero ¿cómo no van a ir mal las cosas cuando la gente tiene hambre? Hay que volver a intentarlo, Bernd. Yo sigo creyendo en todo aquello con el mismo fervor. Yo sigo esperando la llegada de Jesucristo. No he perdido la esperanza. Mis ideas siguen intactas y he perfeccionado el mecanismo para hacer sonar la campana desde lo alto de una muralla. Y seguro que en el fondo de tu corazón tú también sigues siendo el mismo. Tú sigues escribiendo. –Krug palpa el manuscrito–. Y eso es buena señal. Yo soy un hombre de acción; pero sé que necesitamos un cuerpo teórico, unas bases ideológicas a las que poder recurrir periódicamente. Cambiaste mi vida y la de muchos otros. Nos abriste los ojos a toda una generación cuando aquella mañana subiste al pulpito y dijiste en voz alta lo que muchos pensábamos en silencio y no nos atrevíamos a decir. Supiste despertar en nosotros una energía y una conciencia que no creíamos tener. Un hombre tan excepcional como aquel Bernd Rothmann no puede desaparecer de la noche a la mañana. Y Münster no puede quedar resumido en la bufonada de los últimos días.

2 comentarios

  • Cities: Walking mayo 9, 2012en1:13 pm

    Resulta curioso que las revueltas anabaptistas hayan protagonizado tantas novelas. Q de Luther Blissett se articula también en torno a ellas. Por cierto si no la has leído deberías ponerla en la lista de «pendientes» sí o sí.

  • Palimp mayo 10, 2012en12:55 pm

    Pues de cabeza que va. Lo extraño es que se conozcan tan poco, porque la situación es sin duda novelable.

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