Anna M. Iglesia. La revolución de las Flâneuses.

enero 13, 2021

Anna M Iglesia, La revolución de las Flâneuses
Wunderkammer, 2019. 158 páginas.

Si el término flâneur hace referencia al paseante, normalmente artista, que deambula por la ciudad observando el mundo que le rodea, este libro es un homenaje a las flâneuses, mujeres que reivindicaron ese espacio reservado a los hombres.

A riesgo de hacer espoiler me gusta lo que aparece al final del libro:

Las fláneuses son aquellas mujeres que pensaron la ciudad y pensaron el espacio que habitaban, son las mujeres que reclamaron su espacio, que lo construyeron a pesar de las limitaciones, son las mujeres que transgredieron los límites geográficos, morales, sociales y económicos para construir un nuevo escenario del que formar parte. De ahí que la escritura sea indisociable del caminar a la hora de definir las fláneuses, porque estas ocuparon el espacio construyendo un nuevo relato, subiendo a la tribuna y tomando la palabra.

Mujeres que pasaron de ser observadas a observar, de ser narradas a narrar. Que controlaron su propio relato escapando de las etiquetas de una sociedad que las encajonaba en unos compartimentos estancos de los que no se podía salir. Mujer del hogar, mujer fatal, prostituta… hasta el punto que sólo disfrazándose de hombres muchas consiguieron conquistar ese espacio.

Recomendable.

La autora de Tea Rooms se sitúa en las antípodas de Pardo Bazán, y lo hace desde dentro, pues pertenece a esa misma clase trabajadora sobre la cual escribe. A diferencia de la autora gallega, Carnés no necesita crear una ficción para narrar la realidad de la clase obrera, no necesita dar vida a una joven que suba a la tribuna para defender el derecho de la mujer trabajadora, porque es ella misma quien toma la palabra con sus textos, porque es ella misma quien, desde su propia experiencia, narra y se narra, construye el relato social, económico y también urbano de la mujer que, cada día, recorre la ciudad para ir a su puesto de trabajo. «Una voz en tercera persona focaliza la figura de Matilde, una obrera a quien el pensamiento le duele y recorre Madrid buscando empleo», escribió Marta Sanz en un artículo dedicado a Tea Rooms, poniendo el acento en el relato de la experiencia urbana de la protagonista: «La ciudad se describe con enumeraciones sensoriales que son interrumpidas por fragmentos en estilo directo, interferencias de la publicidad o la propaganda. Sobrecoge lo mucho y lo nada que hemos cambiado: ya no se fríen buñuelos en la Puerta del Sol y los turistas se hacen fotos con Minnie Mouse, pero aún existen los mendigos, los parados, las mujeres especialmente golpeadas por la crisis e invisibilizadas por la cultura».
Sylvia Pankhurst retrató también desde dentro a las mujeres de las fábricas, unos retratos que dejó de realizar en 1912, cuando decidió dejar la pintura para dedicarse plenamente a la lucha por el voto de la mujer en Inglaterra. Pankhurst no solo retrata a las mujeres trabajadoras, sino que las convierte en sujetos de la mirada: en su cuadro In a Glasgow Cotton Mili (1907), pinta a una joven trabajadora de una fábrica de algodón que mira fijamente al espectador. Ella es observada por la pintora y, al mismo tiempo, es la observadora. Como la Olympia de Manet que, a través de su mirada fija, constante, serena y firme a la vez, parece reivindicarse ante ese mismo público que compra sus servicios, la trabajadora de Pankhurst se reivindica a sí misma a través de su mirada, observándonos y obligando al público a reconocerla. Solo ahora, en el aniversario de la conquista del voto femenino en Inglaterra, la Tate Modern de Londres ha adquirido la obra de Pankhurst, un gesto que, como el de la pintora con respecto a las mujeres trabajadoras, busca reivindicar el trabajo y el papel artístico y político de una creadora que se mantuvo fuera del canon pictórico inglés.

Sylvia Pankhurst

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