Edward St. Aubyn. El padre.

junio 16, 2026

Edward St Aubyn, El padre
Mondadori, 2013. 400 páginas.
Tit. or. Nevermind, Bad news, Some hope Trad. Cruz Rodríguez Juiz.

Incluye las siguientes novelas:

Da igual
Malas noticias
Alguna esperanza

Que retratan tres momentos de la vida del aristócrata Patrick Melrose ; niñez, adolescencia y juventud. La primera me sorprendió por su crudeza, en la segunda asistimos a una sucesión de episodios de drogadicción, cayendo cada vez en un pozo más hondo, y la última es un retrato cruel de una alta sociedad despreciable.

La primera es, en mi opinión, la mejor de las tres, con ese trauma central tan bien narrado, pero las otras no desmerecen. Quizás la segunda, con tanta droga arriba y abajo se me hizo un poco cansino. Pero merece la pena.

Muy bueno.

Mientras Patrick cruzaba despacio la habitación intentó pensar en algún modo de aplacar a su padre. Quizá si decía algo ingenioso lo perdonara, pero se sentía extraordinariamente tonto y solo podía pensar una y otra vez: Dos por dos son cuatro, dos por dos son cuatro. Intentó recordar algo en lo que se hubiera fijado esa mañana, o cualquier cosa, lo que fuera que convenciera a su padre de que había estado «observándolo todo». Pero la sombra de la presencia paterna le eclipsaba la mente.
Se quedó de pie junto a la cama y clavó la vista en la colcha verde con los pájaros de las hogueras. Su padre sonó cansado al hablar.
–Voy a tener que pegarte.
–Pero ¿qué he hecho?
–Sabes perfectamente lo que has hecho –repuso su padre en un tono frío, aniquilador, que a Patrick le pareció abrumadoramente persuasivo.
De pronto se avergonzaba de todo lo que había hecho mal. Su existencia entera parecía contaminada por el fracaso.
Su padre le agarró por el cuello de la camisa con un movimiento rápido. Se sentó en la cama, se lo subió al muslo derecho y se quitó la zapatilla amarilla del pie izquierdo. Normalmente, unas maniobras tan veloces lo habrían hecho estremecerse de dolor, pero David logró recuperar la agilidad de la juventud al servicio de una causa tan loable. Le bajó a Patrick el pantalón y los calzoncillos y levantó la zapatilla a una altura sorprendente para un hombre con problemas en el hombro derecho.
El primer golpe fue asombrosamente doloroso. Patrick intentó adoptar la actitud de sufrimiento estoico admirada por los dentistas. Intentó ser valiente, pero durante los azotes, aunque por fin pudo comprender que su padre quería hacerle todo el daño posible, se negaba a creerlo.
Cuanto más luchaba, más fuerte le pegaba su padre. Quería moverse pero le daba miedo, aquella violencia incomprensible lo desgarraba. El horror lo atenazaba y aplastaba su cuerpo como las mandíbulas de un perro. Después de la paliza, su padre lo tiró sobre la cama como a un objeto sin vida.
Y todavía no pudo escapar. Su padre lo inmovilizó apretando la palma de una mano contra su omoplato derecho. Patrick giró la cabeza angustiado, pero solo alcanzó a ver el azul de la bata paterna.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó, pero su padre no respondió, y Patrick estaba demasiado asustado para repetir la pregunta.
La mano de su padre presionaba y Patrick, con la cara aplastada contra los pliegues de la colcha, apenas podía respirar. Miró fijamente la barra de la cortina y la parte alta de las ventanas abiertas. No entendía qué clase de castigo le estaban infligiendo, pero sabía que su padre debía de estar muy enfadado con él para hacerle tanto daño. No soportaba la sensación de impotencia que lo abrumaba. No soportaba la injusticia. No sabía quién era aquel hombre, no podía ser su padre el que lo aplastaba así.
Desde la barra de la cortina, si pudiese encaramarse a la barra de la cortina, podría haberse sentado a contemplar la escena, igual que su padre lo miraba desde lo alto. Por un momento, Patrick tuvo la impresión de estar allá arriba observando con desapego el castigo infligido por un desconocido a un niño pequeño. Patrick se concentró cuanto pudo en la barra de la cortina y esta vez prolongó la ilusión, estaba sentado allí arriba, de brazos cruzados, con la espalda apoyada en la pared.
Luego estaba de vuelta en la cama, hundido otra vez en una especie de vacuidad y soportando el peso de no saber lo que pasaba. Oía a su padre resollar, y el cabecero de la cama golpear contra la pared. Vio asomar un geco por detrás de las cortinas de pájaros verdes y aferrarse inmóvil al rincón de la pared, junto a la ventana abierta. Patrick se lanzó hacia él. Apretando los puños y concentrándose hasta que la concentración fue como un cable de teléfono tendido entre los dos, y Patrick desapareció dentro del cuerpo del lagarto.
El geco comprendió, porque en ese preciso instante salió disparado por la esquina de la ventana a la pared exterior. Por debajo quedaban el vacío hasta la terraza y las hojas de la enredadera de Virginia, rojas y verdes y amarillas, y por arriba, pegado a la pared, podía agarrarse con sus pies de ventosas y colgarse boca abajo de los aleros del tejado, a salvo. Se escurrió hacia las viejas tejas cubiertas de liquen gris y naranja y luego subió entre los huecos hasta el caballete del tejado. Descendió veloz por otra pendiente y se alejó, nadie volvería a encontrarlo jamás, porque no sabrían dónde mirar y no podrían saber que se había acurrucado en el cuerpo de un geco.


Sonny Gravesend, sentado en la biblioteca de Cheatley, marcó el número, ya familiar, de Peter Porlock en su radioteléfono. En ningún otro lugar se adoraba más fervientemente que en Cheatley la ecuación mística entre propiedad y persona que desde hacía tanto tiempo apuntalaba la gris personalidad de Sonny. Peter, el primogénito de George Watford, era el mejor amigo de Sonny y la única persona en la que confiaba de verdad cuando quería un consejo sensato sobre agricultura o sexo. Sonny se recostó en la silla y esperó a que Peter cruzara las vastas estancias de Richfield hasta el teléfono más cercano. Miró hacia la chimenea, sobre la que colgaba el cuadro que le estaba llevando a Robin Parker tanto tiempo atribuir a Poussin. Era un Poussin cuando lo compró el cuarto conde y, en opinión de Sonny, continuaba siéndolo. No obstante, se necesitaba la «opinión de un experto».
–¿Sonny? –vociferó Peter.
–¡Peter! –gritó también Sonny–. Siento interrumpirte otra vez.
–Al contrario, amigo, me has salvado de acompañar a los Motoristas Gays de Londres que me han mandado de mi antiguo colegio universitario para que babeen mirando al techo.
–Esclavizado como de costumbre. Molesta todavía más cuando lees la basura que publicaba el diario esta mañana: «Cuatro mil hectáreas… quinientos invitados… princesa Margarita… la fiesta del año». Ni que estuviéramos forrados, cuando la verdad, como sabes tú mejor que nadie con tus Motoristas Gays de Londres, es que es una esclavitud constante para evitar las goteras.
–¿Sabes qué me dijo el otro día uno de mis inquilinos tras mi famosa aparición en la caja tonta? –Peter adoptó su acento de palurdo–: «Le vi el otro día en la tele, señor, quejándose de pobre, como siempre». ¡Qué cara!
–Pues tiene gracia.
–Bueno, es un gran tipo, la verdad. Su familia lleva con nosotros trescientos años.
–Nosotros tenemos algo así. Hay unos que llevan veinte generaciones.
–Si piensas en las condiciones en las que los tenemos, sorprende semejante falta de iniciativa –dijo Peter maliciosamente.
Los dos se carcajearon y convinieron en que era justo la clase de comentario que no debía hacerse en el curso de una famosa aparición televisiva.
–En realidad llamaba –dijo Sonny, más en serio– por lo de Cindy. Bridget, por supuesto, se niega a invitarla porque no la conoce, pero esta mañana he hablado con David Windfall y, como su mujer está enferma, acudirá con Cindy. Confío en que sea discreto.
–¿David Windfall? ¡Tiene que ser una broma!
–Bueno, ya, pero me he inventado que tenía ganas de conocerla en lugar de contar la verdad, es decir, que todas las reuniones de la Asociación de Edificios Históricos y de la Preservación de la Inglaterra Rural a las que he ido han sido para tirármela.
–Me alegro de que no se lo hayas contado –dijo Peter, prudentemente.
–La cuestión es, y no hace falta que te pida que no digas palabra, que Cindy está embarazada.
–¿Estás seguro de que es tuyo?

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