
Eterna cadencia, 2021. 94 páginas.
Tit. or. Small things like these. Trad. Jorge Fondebrider.
Un carbonero que tiene una vida modesta pero normal y feliz, ve trastocado su mundo cuando hace una entrega en un convento cercano y descubre cómo viven las internas.
Se podría decir que el libro también es pequeño como su título, una historia sin épica ni momentos intensos, pero me ha seducido por su sencillez y, a la vez, la potencia de su denuncia. ¿Cómo comportarnos frente a una injusticia? ¿Mirando hacia otro lado o tomando partido sin pensar en las consecuencias?
Muy bueno
Las monjas del Buen Pastor, a cargo del convento, dirigían allí una escuela de formación para niñas que les proporcionaba una educación básica. También dirigían un exitoso negocio de lavandería. Poco se sabía sobre la escuela de formación, pero la lavandería tenía buena reputación: restaurantes y casas de huéspedes, la residencia de ancianos y el hospital, y todos los sacerdotes y familias acomodadas enviaban allí lo que tuvieran para lavar. Según los informes, todo lo que se enviaba, ya fuera un montón de ropa de cama o apenas media docena de pañuelos, volvía como nuevo.
También se decían otras cosas sobre el lugar. Algunos sugerían que las alumnas de la escuela de formación, se las conocía, no eran alumnas de nada, sino chicas de moral dudosa que pasaban sus días siendo reformadas, cumpliendo una penitencia mediante el lavado de las manchas de la ropa sucia, por lo que pasaban todos los días, desde el amanecer hasta la noche, trabajando. La enfermera local había contado que la habían llamado para tratar a una joven que tenía várices de tanto estar de pie junto a las tinas de lavado. Otros aseguraban que eran las propias monjas las que se mataban tejiendo pulóveres del tipo de las islas Aran y enhebrando rosarios para la exportación; que tejían corazones de oro y problemas en la vista, y que no se les permitía hablar, sino únicamente rezar; que a algunas, pero que se les permitía una vez terminado el trabajo una cena caliente por las noches, más que un hogar para madres y bebés, donde muchachas solteras, comunes y corrientes, entraban para esconderse
después de dar a luz, diciendo que era su propia gente la que las había mandado allí luego de que sus hijos ilegítimos fueran adoptados por estadounidenses ricos o enviados a Australia, y que las monjas se hacían de un buen dinero colocando a esos bebés en el extranjero, industria que funcionaba bien.
Pero la gente decía muchas cosas, y una buena parte de lo que decía resultaba difícil de creer: nunca había escasez de mentes ociosas o de chismes en el pueblo.
A Furlong no le gustaba creer nada de eso, pero una vez de más tarde en que había llegado al convento con un pedido, mucho antes de lo previsto, al no encontrar a nadie en el frente, pasó delante del cobertizo del carbón, que estaba en el extremo final del edificio, corrió el cerrojo de una pesada puerta y la abrió para toparse con un bonito huerto cuyos árboles estaban cargados de frutas: manzanas rojas y amarillas, peras. Entró con la intención de robarse una pera salpicada de pecas, pero tan pronto como pisó el césped, cinco gansos malvados le salieron al encuentro. Cuando retrocedió, se alzaron sobre las puntas de las patas y batieron las alas, estirando el cuello en señal de triunfo y graznaron.
Continuó hasta una pequeña capilla iluminada, donde encontró a más de una docena de muchachas y de niñas, apoyadas en rodillas y manos, con trapos y latas de antigua cera de lavanda, lustrando en círculos el piso, esforzada-mente. Apenas lo vieron, reaccionaron como si se hubiesen quemado, solo porque llegó y preguntó por la Hermana Carmel, ¿estaba ella ahí? Ni una de ellas tenía zapatos, sino apenas medias negras y algún tipo de horrible uniforme gris. Una niña tenía un orzuelo feo en el ojo, y el pelo de otra había sido cortado de manera tosca, como si un ciego se lo hubiera cortado con tijeras de podar.
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