
La biblioteca de Carfax, 2017. 355 páginas.
Tit. or. Experimental films. Trad.. Elisa Rivera.
El descubrimiento de fragmentos de una película antigua en una obra experimental lanza a la protagonista a la búsqueda de una misteriosa mujer que pudo ser la primera cineasta de Canadá y que desapareció misteriosamente.
La estructura, con sus referencias a leyendas antiguas actualizadas con la invención del cine, podía haber tenido mucho juego. Pero no es el caso. Se me hizo interminable, con su malo malísimo, sus giros que se ven venir a kilómetros y sus vueltas a las mismas cosas una y otra vez de manera cansina.
Hay libros que no te gustan pero luego, al recordarlos, te das cuenta de que alguna cosa buena tenían. Otros, como éste, te parecen todavía peor.
No me ha gustado.
Para hacer una película propia se necesita financiación del Gobierno porque la mayoría de las empresas privadas ya no ven en el cine canadiense una oportunidad de negocio. Esta es la consecuencia de la era de la planificación fiscal abusiva, que se extendió desde la década de los setenta hasta principios de los ochenta, durante la cual el Banco de Montreal decidió invertir —y luego se arrepintió— en el bodrio de película que fue Bear Island (que costó doce millones de dólares convirtiéndose en la película canadiense más cara de todos los tiempos hasta ese momento). Pero Telefilm no financia ningún proyecto que se aproxime incluso vagamente al producto medio hollywoodiense. Al contrario, nos exigen demostrar qué convierte nuestra obra en algo suficientemente «canadiense» como para justificar su endeudamiento. Esto implica una producción pequeñísima, desprovista de género, de presupuesto, independiente y muy específica, que sea lo menos «comercial» posible y, preferiblemente, que rebose de referencias obvias y grotescas a tópicos canadienses. Un ejemplo perfecto sería Hombres con escobas, esa épica comedia sobre el curling, en la que los protagonistas tienen que parar el coche en medio de la carretera para dejar paso a una manada de castores.
Sin embargo, las cosas son muy distintas en Quebec donde, por ejemplo, una película de hockey, bastante obscena, llamada Les Boys tuvo más éxito que Titanic. Eso proviene de la idea de que todo lo que se rueda en francés tiene que ser inherentemente canadiense: la lengua define la cultura y así han conseguido mantener la suya bien separada, mientras que Estados Unidos pisotea la nuestra hasta el punto que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de diferenciar entre una película americana y una película canadiense cualquiera, excepto por el hecho de que la americana suele tener mejor aspecto. Además, las películas quebequenses tienen ya una audiencia fija pues en Quebec está bien visto querer ver películas que reflejen su realidad, porque nadie más en el mundo se preocupa por ella. Mientras que en la parte angloparlante de Canadá…, sucede exactamente lo contrario.
Solo deseaba poder firmar algo con mi nombre, algo que fuera permanente. Algo que la gente pudiera ver en una librería y exclamar: «¡Hala, Lois Cairns descubrió algo que nadie más sabía!». Y supongo que, en retrospectiva, la idea de alcanzar semejante reconocimiento gracias a algo relacionado con el cine de Canadá puede parecer bastante graciosa. La historia del cine canadiense es una acumulación de testimonios contradictorios cuyas referencias casi nadie se molesta en comprobar. El cine canadiense es una disciplina donde se guarda y se tira documentación de forma aparentemente aleatoria, porque a nadie le preocupa en realidad. El cine canadiense son esas películas que casi nadie ve y que a casi nadie le importan, estén a un lado de la cámara u al otro.
Había escrito por lo menos un centenar de artículos como el que estaba preparando, o eso me parecía. Y, en ese preciso instante, sentada en un tranvía de camino a los estudios Ursulines donde me esperaba un delicioso programa de borrosas cagadas mentales mal iluminadas a cargo de un director de cine local con el que apenas podía soportar hablar y mucho menos entrevistarme, tenía la franca sensación de que tal vez todo lo que había escrito había sido totalmente fútil.
Durante mi adolescencia, pensaba que nunca llegaría a los veinte. Luego, me pasé la veintena convencida de que si no me casaba antes de los treinta, jamás lo haría ni, mucho menos, tendría hijos. Una serie de supuestos que quedaron fuera de lugar cuando me vi casada a los treinta y cinco y embarazada a los treinta y seis. Ahora tenía cuarenta y cuatro años y, poco a poco, me estaba dando cuenta de que todo lo que había aprendido hasta entonces, en la escuela y después, había quedado obsoleto. Una persona defectuosa criando a un niño defectuoso, sin ningún logro en veinte años de carrera profesional. Una profesora que ya no enseñaba. Una crítica de cine que ya no criticaba películas. Una historiadora del cine cuyos esfuerzos solo le permitían compartir teorías y datos anecdóticos en torno a un género que no le importaba a nadie, ni siquiera a aquellas personas que lo sustentaban.
Mirando atrás, no lograba recordar qué era lo que pensaba que iba a llegar a ser si acaso viviese hasta la edad que tenía en este momento. Pero aun así, estoy bastante convencida de que no era lo que soy.
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