Vonda N. McIntyre. Torrente de fuego.

octubre 30, 2009

Editorial Edhasa, 1981. 288 páginas.
Tit. Or. Fireflood and other histories. Trad. César Terrón.

Vonda N. McIntyre, Torrente de fuego
Lazos humanos

Uno de los libros que menos me han gustado desde que empecé con el Cuchitril fue La luna y el sol, de esta autora. No es masoquismo darle otra oportunidad; hasta el mejor maestro echa un borrón y cualquiera puede tener un mal día.

Por ser un libro de relatos es fácil que alguno guste más que los otros y salve la colección. La lista es la siguiente:

Torrente de fuego
De Niebla, Hierba y Arena
Espectros
Alas
Las montañas del ocaso, las montañas del alba
El principio del fin
Tapón Roscado
Sólo de noche
Recourse, Inc
Los monstruos del genio
Aztecas

Muchos ya los había leído en otras antologías o en la revista Nueva Dimensión. No me han parecido malos, pero no son de mi estilo. El único que me ha gustado -ya lo hizo en su momento- fue De Niebla, Hierba y Arena. El de Aztecas, que es muy famoso, siempre lo he considerado un poco simple; con dormir en camas separadas se solucionaría el gran problema que es el núcleo de la trama.

Relatos centrados en los problemas de las relaciones personales en mundos fantásticos y futuros lejanos. Sigue sin entrarme la autora, pero no agrede al cerebro.

Descárgalo gratis (es otra obra de la autora):

Mcintyre, Vonda – Serpiente del sueño .pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

La pasarela se detiene. Me vuelvo, ando dos pasos, y me deslizo en el asiento de mi tablero. El miedo que me afecta todos los días llega a más profundidad. He tratado de evitar el casco otras veces, y he aprendido a no hacerlo más. El casco absorbe mi cabeza y aisla las sombras de mi vista. Las sondas se estiran y tocan las cavidades metálicas que reemplazan a mis ojos. Retrocedo, pero no puedo apartarme. Las sombras penetran, y los esquemas comienzan.

Trabajo duro. Hago mi tarea. Contemplo los esquemas de oscuridad y luz y hago lo que me indican. Pero deseo ver el día otra vez.

El cielo y los árboles es lo que más recuerdo. Los árboles rozaban sus puntas en un fondo azul, alrededor de toda nuestra casa. La corteza era rugosa y las agujas blandas y agudas. Cuando yo trepaba por los árboles mis manos se ponían pegajosas con una resina dorada que dejaba el olor de la siempreviva en mis dedos. El cielo era del color de los ojos de mi madre (me pregunto si a ella también se los habrán sacado). Sólo una vez vi el final del cielo, cuando caminé hasta muy lejos y el bosque cesó. Yo era muy joven. Estuve al borde de un peñasco acompañado por el viento y el sol. Y vi que el cielo terminaba en una enturbiadora nube de color amarillo y castaño. Corrí hacia casa, llorando, con lágrimas reales de gusto salado en mi lengua, lágrimas que se secaban y se ponían rígidas en mi cara. Mi madre me consoló. Dijo que la nube nunca se acercaría más. No volví a pasear en aquella dirección, ni cuando crecí y no debía tener miedo.

Una moderada sacudida eléctrica me impulsa bruscamente a la conciencia. Se ha cometido algún error. Tres de nosotros trabajan en cada serie de esquemas, como un seguro contra errores. Observo otra vez, conscientemente, la imagen de mi cerebro. Hago lo que indica. Mi error es confirmado y corregido. No puedo escapar a mi castigo distrayéndome o preparándome. El castigo va traqueteando a través de mí, y mis dedos se cierran. No es demasiado fuerte esta vez, pero si me equivoco de nuevo será peor. Creo que es porque saben que a veces cometo errores a propósito. Los otros dicen que jamás cometen errores. No lo creo. Odio estos dibujos ridículos. Les costó largo tiempo enseñarme a deducir lo que cada grupo de líneas me indica hacer. Todos los grupos son diferentes, y yo no quería aprenderlos.

Cuando era pequeño podía hacer figuras en la oscuridad apretando los dedos contra las comisuras de los ojos. Surgían todos los colores, los que están en los arcoiris (es tan difícil recordar los arcoiris… ¿Qué había arriba? ¿El violeta o el rojo?) y algunos que no están. Las líneas y círculos mellados y las criaturas ondeantes se movían, bailaban y me hacían compañía por la noche.

Ahora, cuando se supone que estoy dormido, recuerdo a mis compañeros de infancia y toco mis ojos. Siempre confío en que los colores regresarán y en que volveré a ver el día. Es difícil recordar cómo eran realmente los colores. Tengo esperanza, pero toco mis párpados cerrados y no veo nada, y lo que percibo está duro y muerto. Cristales, circuitos y lentes que me permiten resolver bandas oscuras en líneas finas. Todo parece muy importante para ellos. Carece de sentido para mí, y eso me enoja. A veces araño mis ojos por la noche. Sé que no debería hacerlo…

Un día, cuando volvía a casa, oí voces. Oculto por la esquina de nuestra casa, observé. Escuché que llamaban egoísta a mi madre. Decían que no podíamos quedarnos allí por más tiempo. Ella dijo que estaban equivocados y ellos la derribaron a golpes. Yo grité ¡basta! y golpeé en su pecho con mis puños. Me empujaron. Miré al suelo y vi lo pequeña y frágil que era mi madre. Intenté golpearlos otra vez, pero se rieron de mí y también me derribaron a golpes, y cuando desperté me encontraba aquí, y el mundo era sombras grises. Me pregunto qué habrán hecho con mi madre.

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