Susan Hill. La mujer de negro.

diciembre 24, 2018

Susan Hill, La mujer de negro

Un pasante tiene que viajar a un pueblo perdido para hacerse cargo del testamento de una anciana que ha fallecido. La casa está aislada del pueblo cuando sube la marea, tiene un cementerio que no inspira mucha confianza, y la gente del pueblo le aconseja que nunca pase una noche allí.

Una típica historia de fantasmas del siglo XIX, que durante la mitad de la novela me tuvo entretenido, aunque pensando ¿qué hace una autora de fines del siglo XX escribiendo esto? Si todo lo que dice está ya inventado.

Entonces llegó el final previsible y rancio que me dejó un sabor de boca a serrín. Hay mil novelas de fantasmas mejores a patadas. Casualidades de la vida a los dos días de leerlo paseo por el Raval y me encuentro esto:

Lo que viene a confirmar que no deben fiarse mucho de mi gusto.

No me gustó.

El señor Jerome se detuvo en seco y me clavó la mirada.
—¿Ha dicho una joven?
-Sí, sí, la de la piel estirada sobre los huesos, daba pena mirarla… Una mujer alta que llevaba una especie de toca…, me figuro que para tapar el rostro lo máximo posible. ¡Po-brecilla!
Bajo la luz del sol y en el sendero tranquilo y vacío, durante unos segundos se produjo un silencio como el que debió de haber en el interior de la iglesia, un silencio tan profundo que oí cómo me latía la sangre en los oídos. El señor Jerome quedó petrificado, palideció y movió la garganta como si fuese incapaz de pronunciar palabra.
—¿Le ocurre algo? —me apresuré a preguntar—. No tiene buena cara.
Finalmente, el inmobiliario meneó la cabeza, aunque yo diría que se meneó de pies a cabeza, como si hiciera un esfuerzo supremo por serenarse después de sufrir una conmoción trascendental; de todos modos, su rostro no recuperó el color y las comisuras de sus labios parecían teñidas de azul.
-Yo no he visto a la joven -contestó finalmente casi en un susurro.
—Seguramente…
Miré por encima de mi hombro al camposanto y la vi, distinguí su vestido negro y el perfil de su toca. Al fin y al cabo, no se había marchado, se había escondido tras un ar-
busto, una lápida o el interior del templo a la espera de que nos fuéramos para hacer lo mismo que hacía en ese momento: permanecer de pie en el borde mismo de la fosa en la que acabábamos de depositar el cadáver de la señora Drablow y mirar hacia abajo.Volví a preguntarme qué relación tendría con la difunta, qué historia peculiar se ocultaba tras su visita subrepticia y qué sentimientos de pena experimentaba en ese momento. Señalé y añadí:
-Mírela, está allí… ¿No deberíamos…?
Callé cuando el señor Jerome me agarró la muñeca y la sujetó con todas sus fuerzas. Lo miré a la cara y tuve la certeza de que estaba a punto de desmayarse o de sufrir una crisis. Desesperado, miré a mi alrededor, miré el sendero vacío y me pregunté qué podía hacer, dónde podía acudir o a quién era posible pedir ayuda. Los empleados de la funeraria se habían marchado. A mis espaldas sólo se encontraban la escuela y una joven letalmente enferma y sometida a una enorme tensión física y emocional; a mi lado había un hombre al borde del colapso. La única persona a la que podría llegar era el clérigo, que se encontraba en el interior de la iglesia, pero, si iba a buscarlo, me vería obligado a dejar solo al señor Jerome.
-Señor Jerome, cójase de mi brazo… Le agradecería que no apretase tanto…, si está en condiciones de dar unos pasos y volver a la iglesia…, en el sendero… Antes he visto un banco una vez pasado el portón, allí podrá descansar y recuperarse mientras voy a buscar ayuda…, un coche…
—¡No! —casi gritó mi acompañante.
—¡Hombre, tranquilícese!

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