Ramón Gómez de la Serna. ¡Rebeca!

marzo 30, 2011

Ramón Gómez de la Serna, ¡Rebeca!
Espasa Calpe, 1974. 226 páginas.

Cherchez la femme

Si decimos de una película que es romántica lo más seguro es que no trate de tumbas ni aparecidos, y que lo que queramos decir es que es cursi. Igualmente llamamos surrealista a lo que es absurdo o sin sentido, cuando también tiene un significado preciso.

No sabía que me iba a encontrar en esta Rebeca, y es una novela realmente surrealista. El ingenio de Ramón Gómez de la Serna es aplicado aquí a la construcción de una prosa que parece un cadáver exquisito.

El argumento es sencillo. Acosado la familia, como cualquier hombre joven, para ver si tiene novia formal y se casa, el protagonista se inventa una novia llamada Rebeca. Construida en su imaginación esa mujer ideal, el resto del libro se dedicará a la búsqueda de ese ideal encarnado. En algunas mujeres se atisban rasgos de Rebeca pero ninguna parece encajar por completo.

No me gustan las greguerías. Pero este libro, cuyas páginas son en muchas ocasiones greguerías encadenadas, me ha encantado. Parece imposible que con una trama tan tenue se pueda sostener un libro, pero si incluye diálogos como los siguientes:

—Las porteras paren los gatos.
—La mujer mete nuestra alegría en su bolsillo negro.
—Los patos presagian la inundación de la tierra.
—Las bicicletas siempre atropellan… Yo llevo una atravesada como una espina de besugo.
—En la vida siempre están haciendo trajes de luto que hilvanan con hilo blanco.
—No merecen nada los que tienen enfundados sus sillones y sus sofás.
—La mujer es sólo un triángulo crespo.
—Somos víctimas de haber visto una vez «se alquila un cuarto».
Entre los dos y gracias a aquel hablar lo que les daba la gana creaban un ambiente de sobreposición.
—La criada no puede ser preocupación permanente, haga lo que haga.
—La política pase lo que pase no nos puede absorber.
—Debía haber atriles de piano para leer libros con la luz en silueta de los sueños.
—Hay que evitar que mueran las plazas, porque las plazas morirán si toda la recóndita credulidad de la ciudad no las defiende.
—¡Ah, el deseo de comerse los perfiles en relieve del aparador de nogal!
—Mientras, la cocinera sueña pestilencia en su alcoba inclusera.
—Crimen del gabinete que sobrelleva una modista muerta bajo la alfombra.
—Esqueleto de huesos de carretes.
—Alfombrilla de piel de lavandera a los pies de la cama.
—Y una papeleta de empeño como una participación de nichos o de tumbas.
—Hay violines fracasados que tienen dentro de la caja pájaros muertos.
—Como los tinteros que están llenos de golondrinas ahogadas.
—Los diccionarios son los cementerios del conocimiento.
—Y el pay-pay la virginidad del verano y de la brisa.
—Hay postales en que se nota que hay visita de médico.

La misma prosa te va arrastrando con su dulce vaivén.

En un momento del libro comenta la visión de una lápida con solo un nombre entre admiraciones -precisamente Rebeca. Puedo imaginar que en una vivencia similar del autor pueda estar el origen del libro. El protagonista va guardando en un armario objetos heterogéneos que delimitan el perfil de Rebeca, algo que también hacía Ramón.

Escrita en el 36, ajena al rumbo que iba a tomar España, sorprende por la riqueza de su prosa y su voluntad estética. Muy bueno.

Extracto:[-]

—¿Y tú, qué novia tienes? —le preguntó Asunción, la que había tenido el tifus y había echado un tipo de tiple 1900.
Luis sintió el deseo de fustigar aquellos culillos jóvenes y engañosos, y como sacándose del corazón una terrible confidencia dijo:
—Rebeca.
Todas sus primas se volvieron hacia él y su hermana le miró como una muerta.
—¿Rebeca? —le preguntó con voz enferma Teresa.
—Sí… Rebeca…
Entonces notó que había lanzado el nombre más pecaminoso y femenino que se le podía haber ocurrido.
Rebeca parecía haber salido de la Biblia y en vez de dar agua como la Samaritana daba un vino caliente hecho de sangre y de alcohol.


El lío de la existencia era cada vez mayor aunque sospechaba que siempre fue parecido. Se callaron la verdad los hipócritas antepasados.
No hay medio de distinguir la cama de la persona, y porque la cama está muerta se pega la muerte al que duerme en ella. Si las camas no estuviesen muertas no habría muerte.
Pasó de esa idea a la de que por eso los tornillos de la cabeza están flojos cuando quedan flojos los de la cama.
No tenía la voz que respondiese a su voz, la única manera de completar una calle bajo el sol sin la sensación del atropello de la vida.
Se acordaba de un viejo papel de empapelado en una habitación desportillada en que un pedazo de papel a medio arrancar tenía pústulas de yeso pegadas detrás, una enfermedad de calvicie de paredes, de lepra de gabinetes, que sólo cura en el alma la voz amiga.
«Quien no encuentra a Rebeca obrará siempre como un malvado o un vengativo. Gastará todo su ingenio en agrandar el lío de la vida.»
No hay que creer lo que escriben las mecanógrafas, sino lo que trazan en sus máquinas de coser las que cosen a máquina. En esa rotativa de sábanas está la confidencia de no haber encontrado la voz de los pozos, el permiso de morir de amor, la garantía de haber negado la maternidad.

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