Nueva Dimension 1

enero 15, 2014

Nueva Dimension 1
Dronte, 1968. 164 páginas.

La colección Nueva Dimensión es un clásico indiscutible. Algunos de sus ejemplares se pueden encontrar de manera relativamente fácil en librerías de segunda mano, pero otros ya eran inencontrables cuando la revista estaba viva. Pero a veces es posible encontrar tesoros a la vista. Hay una biblioteca en Barcelona que tiene todos los números, y un hada madrina me reservó los míticos cinco primeros. Aunque soy poco mitómano, reconozco haberme emocionado un poquito.

El primer número contenía (sacado de aquí):

El Pueblo del Aire, Poul Anderson
El Monstruo, Alfred E. Van Vogt
Imperativo Categórico, Arthur Sellings
Hijo de la Mente, Norman Spinrad
El Viejo y la Tormenta, Bertil Martensson
Pulgón, L. Major Reynolds
Crónicas Terrestres/1, PGarcía
Cambio, Kurt Luif
El Peatón, Ray Bradbury
Las Islas Voladoras, Anton Chejov
Los Fugitivos, Luis Eduardo Aute
Sólo por Diversión, Janet Fox
El Ruido en la Oscuridad, Gilbert Shelton

Ya estaba definido el estilo que les acompañaría hasta el final; cuentos de bastante calidad con ilustraciones, clásicos recuperados, comics, ocasionalmente poesía, eclecticismo, interés por temas comprometidos…

Les dejo con el primer editorial y el texto que inauguró la sección Se escribe.:

HABLAR DE CIENCIA FICCIÓN
Son las dos de la mañana. Éste es el tercer intento de que salga el editorial. Espero que esta vez quede bien y puedo irme a dormir, pues me estoy cayendo de sueño. Volvamos otra vez al principio. Tenemos un proyecto de revista: una revista de ciencia ficción. Primero surge la idea, luego se reúne un grupo de personas que quieren trabajar en ella (yo me encargaré…, tú harás…), se buscan los medios para realizarla (nosotros pondremos…, nos dejarán…), los colaboradores (Luis Eduardo, haznos también el dibujo… Forry, ¿podrías conseguirnos los
derechos de este cuento?… Enrique, ¿y este logotipo?…), los permisos, las autorizaciones (hay que enviar rápidamente esos papeles…, tenemos que solicitar el permiso…, vamos a tardar un montón de tiempo…). Y un buen día, entre todo el ajetreo, sobre la mesa, al lado de la máquina de escribir, hay un montón de folios mecanografiados y un puñado de hojas de papel de barba con dibujos a tinta china. ¡El número uno, ya tenemos el número uno!
¿Lo tenemos?
¡No, maldición; falta el editorial!
Y ahí empieza el drama…
El editor, por cuyas manos han pasado muchos números uno, repasa en su mente las ideas clásicas (hemos venido a llenar un hueco… ¡uf!; creemos que a la literatura le hacía falta… ¡bah!; es nuestro propósito… ¡hum!) y pone cara de disgusto. Las cuartillas empiezan a apelotonarse, arrugadas, hermanadas en el fracaso, en la papelera.
Pero hay que hacer el editorial. Y he de hablar, naturalmente, de ciencia ficción. Aunque ¿cómo enfocar el asunto? Podría hablar, por ejemplo, de que la ciencia ficción es realmente una literatura de cultura, en la que el escritor debe estar en posesión de una gran cantidad de datos y conocimientos aprendidos o tomados de publicaciones científicas, la física, la astronomía, la biología, la sociología, y en general todas las ramas del saber humano en evolución, las cuales se irán insinuando, en forma más o menos amena, según la técnica del autor, en sus relatos. Sí, es una buena idea. Hablar de que no es nada fácil crear unas normas lógicas sobre las que asentar el gobierno de una Federación Galáctica o un Imperio Estelar, o imaginar los motivos y sentimientos que puedan ser origen de las acciones de un extraterrestre o un robot en forma que sean verosímiles. O crear todo un mundo, situarse ante un papel en blanco e ir construyendo, capa tras capa, la endosfera y la exosfera, la litosfera y la biosfera. Situar un clima, una fauna y una flora. Imaginar una Humanidad —o una Inhumanidad— y darle unas características raciales, unas costumbres, una religión, una forma de gobierno. Y lograr que todo esto no quede prendido con agujas, sino que forme un todo armónico y consecuente.
Pero no, todo esto sonaría a alabanza a los propios editores y colaboradores de la revista, así que hay que echar esa hoja al cesto de los papeles.
O quizá podría hablar del lector de ciencia ficción, delimitar cómo el género exige de él un esfuerzo superior al que le exige
cualquier otro tipo de literatura. Demostrar que el lector de ciencia ficción no es un escapista; el escapismo es más fácil hallarlo en la novela policíaca, en la rosa o en el western; la ciencia ficción, al contrario, no trata de hacernos olvidar los problemas cotidianos, sino que más bien nos presenta otros nuevos e inéditos, o nos replantea los tradicionales vistos desde un punto de vista no tradicional. Que el lector de ciencia ficción es un hombre preocupado por su tiempo y por lo que resultará de él, y no trata de evitar las cuestiones fundamentales sumergiéndose en el nirvana o leyendo la descripción de las mil y una noches de aberraciones sexuales descritas por el libro-escándalo de turno, sino que, de la mano de un Asimov, de un Heinlein, de un Bradbury, de un Hoyle, parte en busca de soluciones nuevas a problemas viejos, o viceversa.
Pero no, tampoco; esto sonaría demasiado a intento de ganarse el bolsillo del lector a través de la adulación de su ego, así que tenemos otra cuartilla en ruta hacia el destierro.
Claro que podría hablar también de los motivos por los que aparece ahora esta revista, de la pena que nos da a todos sus componentes el ver en las librerías tanta infraliteratura presentada bajo el nombre de ciencia ficción, o todas esas películas malgastadas en temas malos que al acogerse al patronímico ocasionan que a la larga ningún empresario consciente quiera ni oír hablar de la posibilidad de proyectar en su cine una cinta del género, en perjuicio de las pocas pero dignas obras que realmente merecen llamarse de ciencia ficción. O de esos «algos» seriados con los que la televisión nos provoca úlceras cuando oímos al día siguiente cómo alguien comenta en la calle: «Sí, hombre, sí, una película de ésas de monstruos y platillos.» O de esos artículos de prensa en los que algún periodista, gracioso residuo del Homo Neanderthalensis, sitúa bajo el título de ciencia ficción las últimas cocciones, a lo Adamski, de un camionero centroeuropeo.
¡Ya sé! Voy a hablar del disgusto que nos produce ver multitud de libros, posibles best-sellers, verdaderas obras de ciencia ficción, publicados bajo el título de «utopías» o de «crítica social por la extrapolación» por editores con miedo a usar las dos palabras malditas. Y de esas antologías compiladas con cariño por un especialista y que luego, al ser traducidas, lo son bajo el patrocinio de algún otro cuyo único mérito es que su nombre sea conocido, y cuyo único esfuerzo ha sido el de escribir un par de naderías sin sentido e ingresar un cheque en su cuenta. O de esos otros editores piratas, que hacen el gran negocio con la edición en una traducción pésima y adulterada de estupendas
obras extranjeras, sin ni siquiera pagar un céntimo de derechos a sus autores.
Claro que hablar de todo esto sonaría un poco a autocom-pasión, así que es mejor dar un tirón, y otro papel malgastado.
Veamos. Sí, sólo queda hablar ya de la política editorial. Haré una declaración de esas tan bonitas, que comienzan por «Es propósito de esta revista el crear un nuevo estado de conciencia, un clima de actuación…» Y hablaré de cómo pensamos prescindir de todo servilismo hacia otras revistas o tendencias más representativas para buscar todos los estilos, de cómo deseamos sacudirnos un poco el yugo de lo anglosajón y tener en cuenta también la producción más importante de otros países, de cómo estamos tratando de huir de la atracción que representa publicar sólo los nombres consagrados y vamos buscando los nuevos valores, sin despreciar las grandes glorias, pues hemos visto que tanta calidad hay en unos como en otras. Y hablaré también de cómo hemos pensado distribuir el material dentro de nuestras páginas, dando acogida en ellas a toda la ciencia -ficción, clásica y moderna, y también a los textos de fantasía pura, compañeros difícilmente discriminables de nuestro género; de cómo deseamos cuidar especialmente la parte de ensayos, artículos y noticias, ese conjunto que los anglosajones llaman fact, y de cómo pensamos abrir allí nuevos horizontes a la ciencia ficción en el cine, en el comic, en el arte y en tantos otros campos apenas conocidos; y de cómo esperamos poder acoger con especial interés las colaboraciones de los que empiezan, e incluso de los lectores; y de cómo, en resumen, esperamos poder pasar todo lo que recibamos por un espeso tamiz que nos permita ofrecer una sola característica: calidad.
Claro que, si hago todo esto, ¿qué pasará? ¿No puede ocurrir, como ha ocurrido ya tantas otras veces, que mañana no podamos cumplir lo que nos proponemos hoy? Mi puntería va mejorando; difícilmente tiro un papel fuera del cesto. Son las cinco ya y me voy definitivamente a la cama…
¿Y el editorial? ¡Ah, sí! ¡Dios, lo difícil que resulta hacer un primer editorial!
Recojo los papeles de dentro y fuera de la papelera, los aliso un poco, los ordeno. Me los leo cuidadosamente. Bueno, quizá no resulte un editorial demasiado ortodoxo, pero todo esto irá al tipógrafo mañana…

en busca de correspondencia
Crear una sección de correspondencia es siempre, para el editor de una revista, lo más difícil e ingrato. Quizá a su través le lluevan las alabanzas, pero lo más probable es que al mismo tiempo le caigan también una buena dosis de palos. Pero siempre es indispensable un flujo de ideas que vaya del lector al editor. Una revista que no viva al ritmo de su público es una revista muerta. Es por ello precisamente que, tras mucho meditarlo, preparando nuestra coraza para recibir los saetazos que tal vez nos lleguen, impermeabilizándonos ante las frases de halago que nos podrían hacer engreír, dispuestos a consultar todos los libros necesarios para responder a las preguntas de los lectores más curiosos que nosotros mismos, sin temor (aunque no del todo tranquilos) ante las críticas más feroces, dispuestos para recibir todas las sugerencias… abrimos aquí nuestra sección de missiles.
Aceptaremos en ella todo lo que nos traiga ideas nuevas. Aceptaremos:
— Opiniones.
— Críticas.
— Sugerencias.
— Peticiones de información.
— Informaciones.
— Consultas.
— Colaboraciones.
— Todo.
Les esperamos. Atenderemos todas las cuestiones que nos lleguen, intentaremos resolver los problemas que se nos planteen. Aunque sea un tópico decirlo, necesitamos su ayuda para mejorarnos. Y nuestras mejoras revertirán en ustedes mismos.
La puerta está abierta. Adelante. Una NUEVA DIMENSIÓN les aguarda.

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