Karel Capek. La krakatita.

febrero 26, 2019

Karel Capek, La krakatita
El olivo azul, 2010. 334 páginas.
Tit. Or. Krakatit. Trad. Patricia Gonzalo de Jesús.

El ingeniero Prokop está especializado en la fabricación de explosivos, pero su último descubrimiento, la Krakatita, capaz de romper los átomos, puede tener un alcance mundial. Muchas serán las manos que querrán hacerse con esa tecnología y mientras Prokop va dando bandazos emocionales las potencias conspiran a su alrededor.

Escrita en 1924 todavía quedaba lejos la primera explosión de la bomba atómica. Podemos estar tentados de alabar la capacidad predictiva del autor, pero estaríamos equivocados. Ya se había dividido el átomo y no era difícil pensar que conseguirlo estaría cerca. La manera en que lo hace el autor me ha recordado a Julio Verne, también visionario (imagino el submarino, el viaje a la luna) pero equivocado en los métodos.

Capek escribe muy bien, no es un autor de género, así que la krakatita ocupa un segundo plano en las aventuras del protagonista. A pesar de sufrir en sus carnes los efectos de explosiones accidentales lo que más sufre es su corazón enamoradizo que va saltando de mujer a mujer (con bastante éxito, todo hay que decirlo) a pesar de ser el prototipo de sabio despistado.

Dejando de lado las aventuras sentimentales las de espionaje me han recordado mucho a El hombre que fue jueves, salvando las muchas distancias entre las dos obras. Una obra que se disfruta a pesar de que los años transcurridos han hecho de ese explosivo imaginario algo dolorosamente real.

Muy recomendable.

Aquella noche sonó que estudiaba un doctísimo artículo de The Chemist. Se quedó parado ante la fórmula AnCi sin saber qué hacer con ella; caviló, se mordió los nudillos y de repente comprendió que significaba Anci. Y, mira por dónde, ella estaba ahí y le sonreía con los brazos colocados tras la cabeza; se acercó a ella, la agarró con ambas manos y comenzó a besarla y morderla en la boca. Anci se defendía salvajemente con las rodillas y los codos; él la sujetaba con brutalidad y con una mano le desgarraba el vestido en largas tiras. Ya podía sentir en la palma de las manos su joven carne… Anci se revolvía como una posesa, el cabello sobre su rostro. Ahora, ahora. Súbitamente, desfalleció y se dejó caer. Prokop se abalanzó sobre ella, pero no encontró bajo sus manos más que trapos y vendas; los rasgó, los hizo jirones, trató de desembarazarse de ellos, y se despertó.
Se avergonzaba tremendamente de su sueño; se vistió en silencio, se sentó junto a la ventana y esperó el alba. No hay frontera entre la noche y el día; tan sólo palidece un poco el cielo, y atraviesa el aire una señal que no es ni una luz ni un sonido, pero que ordena a la Naturaleza: «¡despierta!». Entonces comienza la mañana, todavía en medio de la noche. Los gallos rompen a cacarear, los animales se empiezan a mover en sus establos. El cielo palidece hasta adquirir el color del nácar, se ilumina y se sonrosa ligeramente; la primera veta rojiza aparece al Este. «Chírip, chírip, yátiti, pío, ya», chillan y gritan los pájaros, y la persona más madrugadora se dirige antes que nadie a su tarea, a paso ligero.
También el hombre de ciencia se puso manos a la obra. Mordió un lápiz durante largo rato antes de decidirse a escribir las primeras palabras; porque aquello iba a ser algo grande,
una recopilación de todos sus experimentos y reflexiones de doce años, un trabajo que le había costado, literalmente, sangre, sudor y lágrimas. No obstante, aquello sería sólo un esbozo, o más bien pura Filosofía de la Física, o un poema, o una profesión de fe. Sería una imagen del mundo construida como una bóveda de números y ecuaciones; sin embargo, esas cifras del orden astronómico medían algo distinto a la altura del firmamento: eran el cálculo de la inestabilidad y de la destrución de la materia.
«Todo lo que existe es un explosivo en bruto y en potencia; pero sea cual sea su índice de inercia, se trata sólo de una insignificante fracción de su fuerza explosiva. Todo lo que ocurre, la revolución de los planetas y los movimientos telúricos, toda entropía, la propia vida, trabajosa e insaciable, todo esto sólo en la superficie, de un modo imperceptible e inconmensurable, roe y ata esa fuerza explosiva llamada materia. Considerad entonces que este lazo que la ata no es sino una tela de araña sobre las extremidades de un titán durmiente; dadme la fuerza para agujerearla y hará temblar la corteza terrestre, lanzará Júpiter sobre Saturno. Y tú, Humanidad, eres sólo una golondrina que ha pegado laboriosamente su nido bajo el tejado de un polvorín cósmico; gorjeas al sol del amanecer mientras en los toneles que tienes debajo vibra en silencio un terrible potencial explosivo».
Sin embargo, Prokop no escribió estas palabras: eran para él sólo una melodía revelada que daba alas a las pesadas frases de su explicación técnica. Para él había más fantasía en una fórmula desnuda y más belleza deslumbrante en una expresión numérica. Así que escribía su poema mediante símbolos, cifras y la horrible jerga del lenguaje académico.
No bajó a desayunar. Por eso Anci fue a verlo y a llevarle leche. Prokop le dio las gracias y en ese momento recordó su sueño, por lo que no se atrevió a mirarla. Observaba tercamente el rincón; dios sabe cómo fue posible que, a pesar de ello, viera cada uno de los dorados pelillos de sus brazos desnudos: nunca se había fijado así en ellos.


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