Izumi Kyoka. El santo del monte Koya.

abril 1, 2019

Izumi Kyoka, El santo del monte Koya
Satori, 2011. 290 páginas.
Trad. Susana Hayashi.

Incluye los siguientes relatos:

El quirófano
El santo del monte Koya
Un día de primavera
La mujer carmesí

De aire a la vez cotidiano y sobrenatural. Mis preferidos son , quizá el que tiene más elementos fantásticos, sobre la historia de un monje y su encuentro con una mujer fatal que tiene poderes sobrenaturales. También La mujer carmesí, con tintes autobiográficos, me ha gustado precisamente por su sencillez. La historia de alguien salvado de la muerte y con un final inesperado y nostálgico.

Muy recomendable. Otra reseña aquí: El santo del monte Koya

Se situó ante ellos e inclinó la cabeza; a continuación dio un paso atrás y después otro. Sintió que la paz inundaba su corazón. Miró hacia el artesonado del techo, tallado con peonías rojas y blancas. Los pétalos blancos, que se habían decolorado con el tiempo, se dispersaban entre el carmesí; se sentía como si estuviera en un sueño, contemplando un jardín de flores sobre su cabeza.
Mirase donde mirase, el viajero veía pequeñas tiras de papel en las que anteriores peregrinos habían escrito sus nombres para después pegarlas por todas partes: en las flores, en los pilares cilindricos, en los altares de las ofrendas, en los paneles de las puertas y en los portones exteriores de estilo chino, hasta en los travesanos. Una decía «Grabador Hori» y otra, «Pescadero Masa». También estaban «Yasu, el techador», «Tetsu, el carpintero» y «El orfebre Sakan». Uno era del distrito de Asakusa, en Tokio; otro de Fukugawa. Otros muchos venía de lugares lejanos: Suo, Mino, Omi, Kaga, Noto, Echizen, Kumamoto en Higo o Tokushima en Awa. Eran como aves migratorias. Tiras de papel depositadas por viajeros pretéritos de los que no quedaba ya ni rastro de sus cuerpos, pero que habían dejado allí sus nombres. Todos ellos, hombres y mujeres virtuosos que se habían alojado en pensiones baratas con la fría noche como almohada, que habían navegado en noches lluviosas a bordo de barcos donde las mantas eran de agua y que habían encontrado aquí un puerto para sus sueños. Seguro que hoy los espíritus de aquellos peregrinos regresan a este lugar de recreo, aquí donde las tiras de papel señalan que tienen por siempre su hogar espiritual.

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