Fernando Aramburu. El vigilante del fiordo.

mayo 27, 2012

Fernando Aramburu, El vigilante del fiordo
Tusquets, 2011. 186 páginas.

Probablemente lo vi recomendado aquí: Fernando Aramburu: El vigilante del fiordo. Cuando compro cualquier libro de saldo porque me llama la atención la portada, si no me gusta demasiado suelo ser benigno. Si me lo recomienda otro, soy más crítico. Valga como prolegómeno y excusa a mis apuntes de un libro que tiene los siguientes cuentos:

Chavales con gorra
La mujer que lloraba en Alonso Martínez
Mártir de la jornada
Carne rota
El vigilante del fiordo
Lengua cansada
Nardos en la cadera
Mi entierro

Que no me han acabado de convencer. En ocasiones arrancan muy bien, tienen una trama sugerente, pero me da la impresión de que no se cierran con la fuerza que merecen. Esto ocurre, sobre todo, con El vigilante del fiordo, historia de un funcionario de prisiones que se evade en un fiordo donde ejerce de vigilante o en La mujer que lloraba en Alonso Martínez, una mujer que llora en una parada de metro a la que el protagonista observa al visitar a su madre. Carne rota son una serie de fragmentos sobre el atentado del 11M, y aunque debo confesar que me conmoví, fue más por el tema que por el tratamiento.

Decente, sin salir del tema del terrorismo es Chavales con gorra, sobre una pareja a la que parece perseguir ETA. Pero en general he tenido la impresión de haber leído cosas parecidas y mejores. Por ejemplo, Lengua cansada, sobre un padre bastante desagradable, me recordó Todos mis hijos de Alberto Olmos (en Mi madre es un pez), pero el cuento de Olmos es mucho más brutal (y mejor escrito). Nardos en la cadera, dos ancianos que se reencuentran vía internet se deja leer, pero uno ha leído muchas hhistorias parecidas y ni hay excesiva originalidad en el tratamiento, ni en la trama.

Aparte dejo Mártir de la jornada, un cuento muy bueno, tanto que no parece de este libro. En general no me arrepiento de haberlo leído, pero sintiéndolo mucho, después de leer cosas como Los caníbales estos cuentos me parecen descafeinados.

Calificación: En general se deja leer y por el único cuento bueno, merece la pena.

Un día, un libro (270/365)

Extracto:
Tras varios intentos fallidos logró hablar desde el móvil con la secretaria del asilo, que le comunicó a qué iglesia había sido llevada su madre en compañía de otro anciano. ¿Quién oficia la farsa? Don Augusto, por supuesto, y no es una farsa, señor Arsuaga, sino un bautizo.
Aprovechando que el pelma del médico no estaba allí para amonestarlo, Arsuaga salió a la calle rascándose. En el coche estudió con ayuda del plano de la ciudad el modo de llegar a la otra iglesia. Estaba más cerca del asilo que esta, en un arrabal lindante con el bosque. Hasta el bosque podía llegar sin dificultades por la carretera de circunvalación. Después ya se las arreglaría.
La iglesia era un pequeño edificio de nueva planta, con muros de ladrillo y un tejado normal y corriente coronado por una cruz de cemento. Desde la plaza se oían las notas de un armonio. Arsuaga divisó la espalda de su madre, sentada junto al otro viejo en la primera fila. Tomó asiento justo detrás de ella. El cura, con el rabillo del ojo, lo vio venir, lo vio sentarse, lo vio estirar el cuello para hablar al oído de su
madre. A cada lado de los dos ancianos se habían colocado sendos empleados del asilo. No había nadie más en la iglesia excepto una señora que, de espaldas a los congregados, esperaba las señas del sacerdote para pulsar las teclas del armonio.
Madre…, le he traído una tarta. La anciana no se inmutó. Dormía plácidamente con la barbilla caída sobre el pecho. Los cabellos blancos aplastados en la parte de arriba por efecto del agua bautismal. Un hombro que subía y bajaba al compás de la respiración. El olor de su madre. Yo no sé si los lavan como aseguran.
Le parecía imposible que su madre, de no haber tenido menguadas las facultades mentales, hubiera mostrado la menor voluntad de convertirse al catolicismo. Al terminar la guerra fusilaron a mi padre por rojo y ateo, y a ella la pasearon con la cabeza rapada encima de un carro. Esas cosas no se olvidan. Arsuaga se quedó pensando si no sería mejor estrellarle a don Augusto la tarta en el hocico.
La paz sea con vosotros. Y con tu espíritu. Sólo respondieron los empleados del asilo. Arsuaga ayudó a su madre a ponerse de pie. El olor de su madre. Paso a paso la llevó cogida del brazo hasta la furgoneta aparcada delante de la entrada. El otro anciano, más ágil, iba delante flanqueado por los empleados, como si lo llevaran detenido.

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