Chateaubriand. Memorias de ultratumba.

junio 3, 2019

Chateaubriand, Memorias de ultratumba
Acantilado, 2004. 2724 páginas.
Tit. Or. Memoires d’outre-tombe. Trad. José Ramón Monreal.

Impresionante edición en dos tomos bastante cómodos de manejar de un texto que alcanza casi las 3000 páginas de una visión muy particular de un momento clave de la historia de Francia y, por la magnitud, mundial.

Chateaubriand fue testigo de excepción de varios momentos claves de la historia de Europa: la revolución francesa, el ascenso de Napoleón y la restauración monárquica. Y no vio los toros desde la barrera sino que estaba ahí, en el centro de los acontecimientos, siendo historia él mismo. Lo que cuenta lo sabe de primera mano.

Pese a haber vivido lo que se podría definir como el inicio del fin de las monarquías, él era profundamente monárquico, defendiendo el derecho de los reyes en momentos en los que lo mejor hubiera sido callarse. Admiró a Napoleón aunque estuviera en su contra -y uno se imagina que, de haberse dado la circunstancia de que Napoleón hubiera sido rey, lo hubiera defendido hasta la muerte.

No soy yo el más adecuado para indicar el valor de estas memorias como documento histórico. Como lector de a pie me he encontrado un relato vibrante, muy alejado de los libros de texto, de esos sucesos que cambiaron la cara de Europa para siempre. También hay mucha descripción de lugares que no me han interesado, retratos de personajes perfectamente olvidables y olvidados y bastante autobombo porque Chateaubriand está encantado de haberse conocido.

Pero entre muchas páginas que he ido leyendo por compromiso me he encontrado frases que las redimen, pensamientos certeros y sentimientos profundos que hacen que el esfuerzo de leerlo haya merecido la pena.

Recomendable.


Pero el literato mas bilioso de cuantos conocí en París por aquella época, era sin contradicción Chamfort: atacado de la enfermedad que dio origen a los jacobinos, a ningún hombre sabia perdonar la casualidad de su cuna: faltaba a la confianza en las casas en que se le recibía, y creía que el cinismo de su lenguaje era una pintura fiel de las costumbres de la corte. No podían, negársele ingenio ni talento; pero eran uno y otro de esos que no llegan a la posteridad. Cuando vio que con la revolución no conseguía nada, volvió contra sí mismo las manos que contra la sociedad había levantado. El gorro colorado pareció a su orgullo otro distintivo de la nobleza, cuyos corifeos eran Marat y Robespierre. Enfurecido al tropezar con lo desigualdad de condiciones hasta en aquel mundo de dolores y de lágrimas, condenado a ser bajo la feudalidad de los verdugos un villano como antes, quiso matarse para sustraerse a la superioridad el crimen, pero no consiguió ni aun esto; la muerte se ríe de los que la llaman confundiéndola con la nada.


Si la revolución no se hubiese inaugurado con crímenes me habría arrastrado consigo; pero vi la primer cabeza enhiesta en la punta de una lanza y retrocedí. Nunca será el asesinato un objeto de admiración, ni un argumento de libertad para mí, ni conozco nada mas servil, mas despreciable, mas cobarde y mas estúpido que un terrorista. ¿Que, no he visto por ventura a toda esa raza de Brutos, francesa, puesta al servicio de Cesar y de su policía? Los niveladores, los regeneradores, los degolladores se transformaban en ayudas de cámara, en espías y en sicofantas, cuando no se erigían, menos naturalmente aun, en duques, condes o barones; ¡que semejanza a la edad media!


«¡Les suplico, señores, que me dejen! ¡Basta de Milords! ¿En qué puedo servirles? Vayan a divertirse a la cancillería,como si yo no estuviera aquí. ¿Pretenden ustedes que me tome en serio esta mascarada? ¿Piensan que soy lo bastante necio como para creer que he cambiado de forma de ser simplemente porque he cambiado de traje? Dicen ustedes que va a venir el marqués de Londonderry; que el duque de Wellington ha preguntado por mí; que mister Canning me busca; que lady Jersey me espera para comer, con mister Brougham; que lady Gwidir me espera, a las diez, en su palco de la Ópera; y lady Mansfield, a medianoche, en Almacks.»
¡Misericordia!, ¿dónde esconderme?, ¿quién me liberará?, ¿quién me ahorrará estas persecuciones? ¡Volved, días hermosos de mi miseria y de mi soledad! ¡Resucitad, compañeros de mi exilio! Vamos, viejos compañeros de catre de campamento y de jergón de paja, vamos al campo, al jardincillo de una taberna recóndita a tomar en un banco
de madera una taza de té malo, mientras hablamos de nuestras esperanzas descabelladas, y de nuestra patria ingrata, mientras charlamos sobre nuestras tristezas, mientras buscamos la manera de ayudarnos unos a otros, de socorrer a alguno de nuestros parientes más necesitado aún que nosotros mismos.

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