Angel Zapata. La vida ausente.

abril 17, 2019

Angel Zapata, La vida ausente
Incluye los siguientes relatos:

La vida ausente
Días de sol en Metrópolis
Las otras vidas
Un día vendrá
Migraciones
La maquinaria de los teleféricos
Climas
Belvedere
El diapasón de las llanuras tártaras
Mientras dicen adiós

Esto ha sido una relectura y juraría que había escrito una reseña en alguna parte, pero soy incapaz de encontrarla. Pero no creo que difiera mucho de mi opinión actual. Un primer relato de corte realista, con aire autobiográfico, magnífico y emotivo. El resto de los relatos transitan otro tipo de universo, más onírico, donde los paraguas bailan con las máquinas de coser a la luz de una luna de juguete. El primero de estos relatos, Días de sol en Metrópolis también está muy bien.

El resto están bien, pero tengo un problema; hay otros autores que han seguido los mismos pasos y que me han gustado más. Pero siempre es de agradecer el desfile de imágenes alocadas y estrambóticas.

Recomendable.

Los artistas se mueren de hambre, todo el mundo lo sabe, es una especie de epidemia, nadie dice que deba ser así, pero es un hecho, ocurre, no mueren en su cama, plácidamente, como los dueños de las tintorerías, sino de hambre, mueren con lo puesto, mueren con deudas y con tomates en los calcetines, los artistas se mueren de inanición, salvo que sean muy buenos y se forren y le pongan un piso a su madre con vistas a un apeadero y en vez de coche gasten avioneta, igual que el Cordobés; pero estos son los menos, son poquísimos, son tres o cuatro exagerando mucho y se mandan jamones por Nochebuena y se tutean entre sí, y no es preciso que se mueran para que el mundo los recuerde y le pongan su nombre a una calle y les levanten una estatua y los lloren muchísimo en vida, que es cuando hay que llorar a las personas. Si te mueres de hambre nadie te llora. Al contrario, se ríen de ti. Si quieres ser artista te morirás de hambre, hijo mío, recogerás cartones por las esquinas y servirás de mofa y de irrisión, y un día te acordarás de estas palabras de tu padre (de estas mismas o de otras parecidas) y sentirás no haber seguido su consejo.

No sé. Yo no es que desoyera por entonces todas aquellas advertencias de mi padre y mi madre. Eran la sensatez después de todo, eran los nuncios de la realidad, tenían tanta razón que daba miedo; pero hacía poco tiempo que había leído, en una improbable edición mejicana, aquel libro insumiso y ardiente de Bretón sobre lo escaso de la realidad -sobre la caravana de costumbre, de previsión y hastío en la que uno atraviesa aletargado las dunas blancas de la realidad-; y no era fácil discernir entonces si lo prudente hubiera sido escuchar a mis padres, a los padres, conceder que su vida era la vida y esforzarme por reproducirla una vez más, o bien obedecer ese otro mandato de imprudencia que yo escuchaba cada tarde crepitando en la hoguera de los libros, como un viento con sabor a sal que rizara la noche del desierto.
Caravanas, desiertos, playas lejanas, brújulas, la vida no tenía otra aventura que esta aventura de la vocación, los artistas se morían de hambre, vale, no iba a gastar saliva en discutirlo, el hambre era al artista lo que la silicosis a los mineros; pero la mina del artista -yo lo sabía-era el café; el café era una mina aflorada a la calle donde Bretón había excavado en busca del oro del tiempo, así que algunos días, algunas tardes, en vez de quedarme leyendo en mi cuarto, me animaba a tomar un autobús -el único autobús en realidad- que iba del barrio hasta Cuatro Caminos; cuando Cuatro Caminos era aún una frontera, una torre vigía, la última almena que la ciudad aventuraba por aquellas barriadas urgentes crecidas a la sombra de antiguos sanatorios, plazas de toros traspuestas en mercados, depósitos de agua, desguaces, merenderos, y aquellas «Casas de Socorro», anexas a las Juntas de Distrito, cuya sola mención -«hubo que ir a la Casa de Socorro»- bastaba en mi familia como una prueba fehaciente sobre la gravedad de cualquier trance.

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