Toni García Ramon. Mata a tus ídolos.

mayo 10, 2021

Toni García Ramon, Mata a tus ídolos
Catedral, 2020. 200 páginas.

El autor es periodista de cine, ha entrevistado a miles de estrellas y directores famosos, y tiene bastantes anécdotas sobre la cara menos conocida de estos personajes. Tanto el título, que viene a decir que si conoces a tus ídolos los vas a bajar del pedestal, como la contraportada, que habla de miserias parece que les va a meter caña, pero no.

Prácticamente todas las historias son de buen rollo y no aparece nadie tirándose un pedo aunque uno de los protagonistas avisó de que podía darse el caso. Alguno sale con mal carácter pero es lo que hay. Para mí, que soy buenista, esto ha sido más una virtud que un defecto. Prefiero este tipo de anécdotas divertidas que no las que se dedican a sacar unos trapos sucios que no me interesan.

Pero lo mejor es, sin duda, la gracia de Toni García para contarlas. Es un narrador nato. Sabe cómo empezar, mantener la tensión justa, hacer la entrega en el momento perfecto, y en muchas ocasiones ponerle el lazo de un epílogo redondo. Baste decir que lo empecé a leer y no paré hasta acabarlo.

Como curiosidad hay -creo- un fallo. A la actriz Gal Gadot la llama Gail Godot e incluso aparece así en el índice. Parece ser que ya llegó el famoso Godot, y no nos habíamos enterado.

Muy recomendable.


Hay entrevistas que rebasan el umbral de lo esperado. Los planetas se alinean y todo acaba yendo como si el dios del periodismo estuviera de buen humor.
A veces es solo un momento. Como Johnny Depp en Venecia, invitándome a acompañarlo con una cerveza, justo después de entrevistarlo. Era domingo por la tarde y mi avión salía por la noche, así que me quedé con él durante un rato, viendo cómo el sol se escondía en Venecia.
—Oye, Johnny, ¿el dinero da la felicidad?
—No, pero deberías ver el yate que acabo de comprarme.


Mi otra experiencia con el estrellato en la cercanía fue bastante distinta. Esta vez no la vi en la tele, sino que la sentí en mis carnes: alguien me llamó por si me interesaba entrevistar a Leslie Nielsen.
El maldito Leslie Nielsen. El genio cómico, uno de los mejores comediantes de la historia del mundo. El tipo que nació con el pelo blanco y se convirtió en una garantía, en una marca para los que disfrutan con el slapstick, el humor descacharrante y el gag translúcido, a través del cual se vislumbran otros muchos gags.
Dije que sí, naturalmente.
La cita era en el hotel Arts de Barcelona porque Nielsen estaba en España para protagonizar un carneo en Spanish movie, una película en la que aparecía la flor y nata de la comedia española.
Llegó de negro, traje y corbata, con unas gafas de sol dignas de un traficante de heroína afgano.
Para aquella entrevista, la distribuidora había pensado que sería adecuada una localización exclusiva, así que, en lugar de quedar en uno de los salones del hotel, nos encontramos en el lujoso club privado de la última planta.
Allí hablamos de comedia, de Aterriza como puedas, de Agárralo como puedas, deForbidden Planet, de si estuvo o no apunto de ser Messala en Ben Hur y—sobre todo— de cómo el humor es un antídoto contra el mal, el único que garantiza un final feliz.
Como demostración de lo dicho, sacó una especie de pulsador, un trasto de hojalata que alguien le había hecho en San Diego, o en Chicago. Era, por decirlo de algún modo, una máquina de pedos.
La tesis de Nielsen era que nadie podía reír y pelearse a un tiempo y que por eso los tiranos odiaban la sátira y la comedia,
porque los que se reían dejaban atrás el miedo. Y eso valía para una pelea de vecinos o para una guerra. Para demostrarlo, y en un club lleno de desconocidos, apretó uno de los extremos de la dichosa máquina: un pedo sonoro surcó el aire.
Las treinta personas (millonarios, presumo) que ocupaban el lugar, miraron en nuestra dirección. Algunos parecían sorprendidos, otros enfadados, otros proyectaban otras cosas, que no supe identificar. Como si los pedos no fueran cosa de ricos. Las flatulencias en público, quiero decir.
Al cabo de dos minutos, Nielsen utilizó de nuevo la máquina. Otro pedo.
Esta vez hubo más sonrisas que desaprobación, y alguna carcajada sonora. Nielsen añadió un movimiento en la silla, para darle más drama.
Un minuto después, cuando la mitad del club nos miraba de reojo y la otra mitad sin disimularlo, alzo un poquito la nalga derecha y disparó de nuevo.
Esta vez todos empezaron a reírse sin ambages, un tipo casi se cae del taburete, varios camareros desparramaron sus bebidas. Seguramente, era la primera vez en su vida que veían reírse a aquella gente. Nielsen me miró, con rostro impasible.
—¿Ves? Nunca falla.


Pero como habíamos ido a trabajar (al menos un rato), hicimos una serie de visitas programadas para entender un poco más de la cultura que hay detrás de Coco. Todos los que hayan estado alguna vez en México el Día de Muertos sabrán de qué hablo: el país respira un aire distinto, las calles se llenan de disfraces, de música, de memoria.
Dejo las descripciones más precisas en manos de los que se manejan en los terrenos de la alta literatura, solo diré que es una experiencia que jamás se olvida.
Una de las actividades programadas fue una visita a un colegio. En él habría unos doscientos o trescientos niños, de entre cuatro y diez años. Todos formaron en el patio para recibir a la comitiva de americanos y españoles. Era un espectáculo brutal: todos y todas iban vestidos para la ocasión, maquillados, trajeados. Nuestras caras eran un poema.
Por los altavoces de la escuela sonaba la preciosa voz de Chávela Vargas.
De pronto, la directora de la escuela, habló a través de un megáfono:
—Niños y niñas, ¿qué es lo único seguro en la vida?
Yo tenía a mi lado a Irene, al director y a una publicista de la casa cuando los aproximadamente trescientos niños formados en el patio respondieron a voz en grito:
—La mueerrrrteeeeeeee.

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