S. J. Perelman. Perelmanía.

septiembre 19, 2019

S J Perelman, Perelmanía

Recopilación de relatos de humor de Perelman, escritor y guionista (colaboró en el guión de dos películas de los hermanos Marx) y que se desenvolvía como pez en el agua en el terreno del humor, sobre todo en la parodia de ciertos clichés.

Su inspiración venía muchas veces de anuncios o artículos que leía en la prensa, y que él sacaba de contexto, exagerando las consecuencias. Si unos grandes almacenes anunciaban una línea de ropa exclusiva lo lleva hasta las últimas consecuencias, mostrando a unos modistos que no quieren que nadie lleve su ropa. El relato que dejo aquí por completo se basa en contratar a un detective para averiguar el secreto de la composición de unos artículos (y es el que más me ha gustado de la selección).

Woody Allen reconoció muchas veces la deuda que tenía con Perelman, y si uno lee los libros de relatos del genial director se nota la similitud de estilos. Pero ¡ay! Allen es mucho más gracioso que Perelman, que pese a pulir -como dijo varias veces- sus textos con obsesión monomaníaca, no tiene tanta gracia, o sus cuentos han envejecido peor. Se leen con gusto (mejor si es poco a poco) y te arrancan sonrisas y alguna carcajada. Pero el discípulo ha resultado tener más talento que el maestro.

Otra reseña: Perelmanía

Recomendable.

ADIÓS, MUÑECA SUECA
Añadan los Smorgasbits a su lista de deberes pendientes, el nuevo producto de Betty Lee. ¡Increíbles! Pequeños daditos de arenque de tonos rosados. Hemos prometido no revelar el secreto de su color.— De la columna de gastronomía de Clementine Paddleford en el Herald Tribune
La Blusa «Shhh». ¡Queremos mantener su nombre en silencio, pero el célebre fabricante que la confecciona para nosotros es famoso en dos continentes por sus blusas con detalles como los pliegues del canesú, las formidables hombreras y los lazos con gomita!—De un anuncio de los almacenes Russeks en el Times
Recorrí el pasillo del sexto piso del edificio Arbogast y pasé por delante de la Corporación Mundial de Fideos, Zwinger & Rumsey Contables y el Servicio de Secretarias Ace, Especialistas en Mimeografia. En el cristal esmerilado de la puerta ponía: «Agencia de Detectives Atlas, Noonan & Driscoll», pero Snapper Driscoll se había jubilado un par de años antes con una bala del 38 entre los hombros, cortesía de un cocainómano de Tacoma, y yo me había quedado con toda la buena voluntad que le quedaba a la firma. Entré en la decrépita salita de espera que teníamos para impresionar a los clientes y, con un gruñido, le di los buenos días a Birdie Claflin.
—Vaya, vaya, tienes peor aspecto que un gato callejero después de una pelea —dijo. Tenía la lengua afilada. También tenía unos ojos de
lapislázuli, un pelo de caramelo y una silueta que me hacía sentir cosquillas. Abrí de una patada el cajón inferior de su escritorio, me eché al coleto un par de dedos de whisky de centeno, estampé un beso en su roja y exuberante boca y prendí un cigarrillo.
—Algún día iré a por ti, bombón —dije con voz cadenciosa. La muchacha se quedó mirándome con el rostro sombrío. Observé sus orejas, me encantaba cómo se unían a su cabeza. Tenían algo, se notaba que estaban ahí para quedarse. Cuando eres detective privado, te gusta que las cosas tengan cierta permanencia. —¿Algún cliente?
—Una mujer llamada Sigrid Bjornsterne, ha dicho que volvería. Una curiosa más. —¿Sueca? —Eso dice ella.
Señalé con la cabeza hacia el despacho para indicarle que iba a entrar, y entré. Me eché en el sofá, me quité los zapatos y me invité a un lingotazo de la botella que guardaba debajo. Cuatro minutos más tarde, una rubia platino de ojos color ópalo vestida con un vestido sencillo de Nettie Rosenstein y una estola de piel de marta entró como una exhalación. Resollando, dio la vuelta a la mesa en busca de un lugar para esconderse, y entonces, al ver el armario donde guardo el burbon de repuesto, corrió a meterse dentro. Yo me levanté y me asomé a la salita de espera. Birdie estaba enfrascada haciendo crucigramas.
—¿Has visto entrar a alguien?
—No. —Tenía una arruga pensativa entre las cejas—. ¿Palabra de cinco letras sinónimo de «problemas»?
—«Sueca» —respondí y volví adentro. Esperé el tiempo que un niño pequeño y no muy listo tardaría en recitar el «Ozymandias» y, avanzando con cuidado, pegado a la pared, eché un vistazo por la ventana. Un tipejo con los hombros caídos estaba muy ocupado leyendo un periódico delante de la tienda de Gristede, un par de manzanas más allá. Una hora antes no estaba ahí, pero lo cierto es que yo tampoco. Llevaba un sombrero color paloma de la talla siete de Browning King, camisa a rayas azul claro de Wilson Brothers, fular
de J. Press con estampados rojiblancos, calcetines Interwoven azul marino y un par de zapatos London Character de color sangre de buey. Dejé que el cigarrillo se consumiera entre mis dedos hasta que me dejó una pequeña señal roja y entonces abrí el armario.
—Hola —dijo la rubia con displicencia—. ¿Es usted Mike Noonan?
Repliqué con un ruido que podía haber sido un «sí» y esperé. La muchacha bostezó. Tras pensar un poco, preferí ir sobre seguro. Bostecé. Ella me devolvió el bostezo y, acurrucándose en un rincón del armario, se echó a dormir. Prendí otro cigarrillo y dejé que ardiera hasta dejar una segunda marca roja al lado de la anterior, y entonces la desperté. La chica se dejó caer sobre una silla y cruzó un par de cachas que me hicieron sentir un nudo en la garganta al echarles un vistazo por debajo de la mesa.
—Señor Noonan —dijo—, tiene usted que ayudarme.
—Los pocos amigos que tengo me llaman Mike —dije educadamente.
—Mike —dijo ella paladeando la sílaba con la lengua—. Me parece que es la primera vez que lo oigo. ¿Es usted irlandés?
—Lo suficiente como para distinguir un trébol de una rama de
perejil.
—¿Dónde está la diferencia? —preguntó. Yo callé; no iba a responder así, a cambio de nada. La muchacha entornó los ojos. Cambié mis noventa kilos de posición, me prendí fuego a un dedo con indolencia y me quedé viendo cómo ardía. Era evidente que la muchacha estaba admirando la interacción de los músculos de mis hombros. Mike Noonan no tenía ni un gramo de grasa de más, pero eso no iba a decírselo. Prefería ir sobre seguro hasta saber a qué atenerme.
Cuando volvió a hablar, lo hizo atropelladamente.
—Señor Noonan, cree que quiero envenenarlo. Pero le juro que los arenques eran rosas. Yo misma los saqué del frasco. Si pudiera averiguar cómo les dan ese color. Les he ofrecido dinero, pero no me lo quieren decir.
—¿Qué tal si empezamos desde el principio? —sugerí.
Ella exhaló un suspiro.
—¿Ha oído hablar de la espintria de oro de Adriano? —Sacudí la
cabeza—. Es una moneda tremendamente valiosa que se cree que le entregó el emperador Adriano a uno de sus procónsules, Cayo Vitelio. Desapareció en torno al año ciento cincuenta, hasta que llegó a manos de Hucbaldo el Gordo. Después de que los turcos saquearan Adrianópolis, un hombre llamado Shapiro se la dio en préstamo al hakim o médico de la corte de Abdul Mahmud. Después de eso, se le perdió la pista durante casi quinientos años, hasta el agosto pasado, cuando un librero de segunda mano llamado Lloyd Thursday se la vendió a mi marido.
—Y ahora ha vuelto a desaparecer —concluí. —No —dijo ella—. O por lo menos cuando me fui, hace una hora, estaba en el tocador. —Me retrepé en la silla y, mientras fingía buscar una hoja papel carbón sobre la mesa, volví a contemplar sus piernas. Aquello iba a ser más intrigante de lo que pensaba. La chica continuó, con voz más áspera—: Anoche compré un tarro de Smorgasbits para hacerle la cena a Walter. ¿Los ha probado?
—¿Los pequeños daditos de arenque de tonos rosados? Sus ojos se ensombrecieron, se iluminaron y se volvieron a ensombrecer.
—¿Cómo lo sabe?
—Por algo hace nueve años que soy detective privado, muñeca. Siga. —Enseguida… enseguida me di cuenta de que algo no iba bien. Walter pegó un grito y apartó su plato. Traté de explicarle que el arenque era rosa de verdad, pero empezó a comportarse como un loco. Desde entonces desconfia de mí… Bueno, en realidad desde que le hice firmar aquel seguro de vida. —¿A cuánto asciende la póliza?
—Cien mil. Pero incluía una cláusula de triple indemnización en caso de muerte por alimentos marinos. Señor Noonan… Mike… —El tono de su voz me supo a caricia—. Tengo que volver a ganarme su confianza. ¿Podría averiguar cómo les dan ese color? —¿Y yo qué saco? —Lo que quiera.
Sus palabras eran un susurro. Me incliné hacia ella, abrí su bolso y conté cinco de los grandes.
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—Con esto bastará para empezar^—dije—• Si necesito más, ya tocaré la campanilla desde el trono. —La chica se levantó—. Oh, ahora que lo pienso, ¿cuál es la relación entre esa espintria de oro y
los arenques?
—Ninguna —dijo ella muy serena—. Lo dije por el glamur.
Pasó por mi lado dejando tras de sí una nube de perfume de los de noventa billetes la onza. La agarré de la muñeca y la atraje hacia mí.
—Me gustan las chicas que se llaman Sigrid y tienen ojos de ópalo
—dije.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Por algo hace doce años que soy detective privado, muñeca.
—Antes eran nueve.
—Parecen doce desde que llegaste.
Seguí aferrándola hasta que de sus orejas comenzó a emanar una fina voluta de humo y entonces me la llevé hacia la puerta. Luego me eché una botella de whisky de centeno entre pecho y espalda, me guardé la pistola en el bolsillo y salí en busca de cierto librero llamado Lloyd Thursday. Sabía que no tenía nada que ver con los arenques, pero en mi oficio no se puede pasar nada por alto.
El tipejo que estaba delante de la tienda de Gristede había puesto los pies en polvorosa cuando llegué allí; eso quería decir que aquello había dejado de ser un juego de niñas. Me monté en un taxi para ir a los almacenes Wanamaker’s, corté por la Tercera y caminé en dirección a la Catorce. En la Doce, un rufián con cara de visón disfrazado de barrendero me siguió por espacio de una cuadra y se metió en una lechería. En la Trece, alguien me arrojó un tomate podrido desde la ventana de un tercer piso, pero falló por un pelo. Doblé hacia Wanamaker’s, agarré un bus que subía por la Quinta hasta Madison Square y allí cambié a un taxi para bajar por la Cuarta, donde las librerías de segunda mano se apelotonan como tunantes.
Un tipo fofo con un suéter de lana Joe Carbondale y un mentón al que no le habría venido mal un afeitado dejó de reírse con el Heptamerón el tiempo suficiente como para decirme que era Lloyd Thursday. Sus ojitos de botón se volvieron opacos cuando le pre-
gunté si tenía algún incunable que hablase de la Clupea harengus o arenque común.
—Le han dado un mal soplo, agente —bramó—. Esos van más buscados que el clarinete de Pee Wee Russell.
—A lo mejor un machacante te ayuda a encontrarlo —dije. Doblé uno hasta dejarlo del tamaño de un sello y me rasqué la barbilla con él—. Hay cinco pavos en juego para el que sepa por qué los Smorgasbits de Sigrid Bjornsterne son de color rosa.
El tipo me miró con ojos astutos.
—Podría hablar por uno de los grandes.
—Desembucha.
Me indicó que lo acompañara a la parte de atrás. Di un paso adelante. Al segundo siguiente, en mi cabeza estalló un petardazo y perdí el conocimiento. Cuando volví en mí, me encontraba en el suelo con un chichón en la cabeza del tamaño de un huevo de chorlito y Terry Tremaine, de Homicidios, estaba agachado a mi lado.
—Alguien me la ha jugado —dije con voz pastosa—. Se llama…
—Webster —gruñó Terry, levantando un ejemplar manoseado del diccionario Webster—. Has tropezado con un tablón suelto y se te ha caído esto en la mollera.
—No me digas —dije con escepticismo—. ¿Y dónde está Thursday?
Terry señaló al gordo, que estaba tendido sobre una pila de libros eróticos.
—Se ha desmayado cuando te ha visto derrumbarte.
Disimulé y dejé que Terry pensara lo que quisiera. No iba a decirle qué cartas tenía en la mano. Prefería ir sobre seguro hasta tener todos los cabos bien atados.
En una farmacia de mala muerte próxima a Astor Place, un armenio hediondo que bien podría haberse llamado Vulgarian aunque su nombre fuera otro me vendó la cabeza y empezó a hacer preguntas. Cuando le hundí la rodilla en la ingle perdió el interés. Me volví hacia donde estaba la cafetera y dediqué cinco centavos y los cuarenta minutos siguientes a estrujarme las meninges. Luego me metí en una cabina telefónica y llamé a un conocido llamado Little Farvel, que trabajaba en una charcutería de la avenida Amsterdam. Tardé algo
más de la cuenta en conseguir lo que quería, porque la conexión era mala y Little Farvel llevaba dos años muerto, pero los Noonan no nos rendimos a las primeras de cambio.
Cuando regresé al edificio Arbogast, tras dar un rodeo con el ferri de Weehawken y por el puente de George Washington para no dejar pistas, todas las piezas estaban encajadas. O eso creía yo hasta que la muchacha salió del armario apuntándome con una automática de
color azul hielo.
—Las manos a la estratosfera, sabueso. —La voz de Sigrid Bjornsterne estaba más fría que Horace Greeley y Little Farvel juntos, pero su calorífica ropa lo compensaba. Llevaba un vestido verde bosque de Hockanum, unas Knox Wayfarer y zapatos de cría de cocodrilo; no obstante, era su blusa lo que me ponía de punta los pelos de los nudillos: los pliegues del canesú, las formidables hombreras y los lazos con gomita solo podían haber sido diseñados por un maestro artesano, un Cézanne de la aguja y el dedal.
—Veamos, don metomentodo —dijo con desdén—, así que has averiguado cómo tiñen los arenques.
—Pues claro, con granadina —dije resueltamente—. Y tú también lo sabías. Solo que tu plan era añadir al plato de tu marido una pizca de querifosfato oxilbutánico, porque diluido tiene el mismo tono rosado y sabías que no lo detectarían en la autopsia. Luego te embolsarías los trescientos de los grandes y te reunirías con Harry Pestalozzi en Nogales hasta que las aguas se serenasen un poco. Pero no contabas conmigo.
—¿Contigo? —dijo mofándose con una sonora carcajada—. ¿Y qué
piensas hacer tú?
—Esto —dije tirando de la alfombra, y la chica cayó al suelo trazando una espiral con sus tobillos de seda. La bala pasó silbando por mi lado y fue a incrustarse en la pared al tiempo que yo rodeaba la mesa y la inmovilizaba contra el armario.
—Mike. —De pronto el odio se había evaporado de su voz y su cuerpo cedía bajo el mío—. No me entregues. Yo significaba algo para ti.
—Es inútil, Sigrid. Volverías a traicionarme.
—Ponme a prueba.
—Muy bien. El modista que ha diseñado tu blusa, ¿cómo se llama? —La muchacha sintió un escalofrío de miedo y apartó la mirada—. Es famoso en dos continentes. Vamos, Sigrid, es tu oportunidad.
—No te lo diré. No puedo. Es un secreto entre… entre los grandes almacenes y yo.
—Ellos no serían tan leales como tú. Te venderían por menos.
—Oh, Mike, no sigas. No sabes lo que me estás pidiendo.
—Por última vez…
—Oh, amor mío, ¿es que no lo ves? —Sus ojos eran dos trágicas lagunas, un cenotafio a las ilusiones perdidas—. No me queda casi nada. No me arrebates también esto. Jamás podría… jamás podría volver a poner los pies en Russeks.
—Muy bien, si es esto lo que quieres… —En la habitación se hizo un silencio roto tan solo por los sollozos ahogados de Sigrid. Entonces, con una extraña sensación de vacío, levanté el teléfono y marqué Spring-7-3100.
Una hora después de que se la hubieran llevado, yo seguía sentado en aquella oscuridad parduzca, viendo cómo una luz se encendía y, en el hotel de delante, una mujer se ajustaba la liga. Me remojé las amígdalas con cinco dedos de aguardiente, me calé el sombrero y salí a la salita de espera. Birdie seguía contemplando su crucigrama con el ceño fruncido. Me lanzó una mirada aviesa y dijo:
—¿Me necesitas esta noche?
—No —respondí dejando un par de billetes sobre su regazo—. Toma, para que te compres la luna.
—Gracias, ya tengo mi parte. —Por primera vez advertí en sus ojos una sombra de dolor—. Mike… ¿puedo preguntarte algo?
—Mientras no me hagas una proposición decente… —dije para disimular mi aflicción.
—¿Palabra de nueve letras sinónimo de «sentimental»?
—«Detective», querida —respondí, y salí a la calle lluviosa.


Muchacha n.° i: ¡Cielos! Es el mejor burbon que he probado nunca.
¿No guardan las botellas bajo llave cuando se van?
Muchacha n.° 2: Pues claro, pero sé dónde la guardan. Además,
tengo un duplicado. Tengo las llaves de todo lo que hay en la casa.
Esta es la del escritorio, y esta la del armario de la ropa…
Muchacha n.° i: Vaya, tendría que hacerme copias de las de la casa de
los Muspratt, así yo también me podría poner sus cosas. ¿Quién te
las hace?
Muchacha n.° 2: Mi novio, el del taller mecánico. El chico moreno,
con cara de hispano. Aprendió en prisión.
Muchacha n.° i: Es muy cuco. Me encanta cuando rumbea, me
recuerda a Desi Arnaz… ¡Oye, no tanto! Voy a volver a casa dando
tumbos.
Muchacha n.° 2: Relájate, Ramón te acompañará. Vendrá en un rato
y entonces sí que lo pasaremos bomba.
Muchacha n.° i: Muy bien, pero yo paso de fumar cigarrillos de esos
que huelen raro. La última vez que… ¿Qué ha sido eso?
Muchacha n.° 2: No he oído nada. Muchacha n.° i: Ha sonado un golpe, como si alguien se hubiera
caído de la cama.
Muchacha n.° 2: Ah, otra vez el niño del demonio. Suele caerse hacia esta hora de la noche, y siempre de cabeza.
Muchacha n.° i: ¿Por qué no le das esas pastillitas blancas que yo le doy a Archie Muspratt?
Muchacha n.° 2: Siempre se me olvida el nombre. ¿Cómo era: barca-rol o algo así?
Muchacha n.° i: Fenobarbital. Son lo más. A Arch le doy unas cuantas en cuanto sus padres salen por la puerta y se queda calladito como un perro de escayola. Pídeselas a Loomis, el chico de la tienda. Te dará todas las que quieras.
Muchacha n.° 2: Oye, he tenido una inspiración. ¿Por qué no lo llamamos y que traiga unas cuantas? Podría venir con Ramón.
Muchacha n.° i: Chica, a veces me das miedo. Además de guapa, eres un genio. ¿Dónde está la guía?
En mi opinión, semejante intercambio despejaría incluso a los automovilistas más soñolientos, en especial a los padres con hijos de cinco años, y los pondría en guardia frente a cualquier posible colisión.

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