Astrid Lindgren. Rasmus y el vagabundo.

septiembre 18, 2019

Astrid Lindgren, Rasmus y el vagabundo
Kalandraka, 2011. 158 páginas.
Tit. or. Rasmus pa luffen. Trad. Ingbritt Wallis y Pedro Ángel Almeida.

Rasmus vive en un hospicio con la esperanza de que algún día alguna familia se decida a adoptarlo. Mientras tanto se va metiendo en líos, y uno resulta ser tan gordo que decide escaparse. Se encontrará con un vagabundo que le hará compañia y con el que correrá increíbles aventuras.

Lindgren es internacionalmente conocida por su personaje de Pipi Calzaslargas, también huérfana. La soledad de un niño no es algo para tenerlo a broma y a pesar de lo divertido que puede ser vivir aventuras siempre es necesario tener un abrazo a mano.

Ternura a capazos, incluyendo un final feliz que lo hace muy adecuado para leer a los niños y no tan niños.

Recomendable.

En medio de todo aquel estiércol había una preciosa concha blanca con pequeñas manchas oscuras.
— ¡Oh! —dijo Rasmus—, ¡oh!
Abrió rápido el portillo del corral y, sin hacer caso del cacareo asustado de las ¿allmas que revoloteaban inquietas por todos lados, se lanzó a coger la concha.
En ese momento, su felicidad era tan grande que no podía soportarla él solo. Tenía que ir a contárselo todo a Gunnar. El pobre Gunnar, que había estado con él junto al corral hacía solo una hora ¡y no había encontrado ni una concha ni una moneda! Rasmus se puso a reflexionar. ¿Sería posible que ni la concha ni la moneda estuvieran allí hace una hora? ¿Sería posible que hubieran llegado allí por medio de algún encantamiento, justo cuando Rasmus empezó a recoger ortigas? ¿Tal vez aquel fuera para él un día extraordinario, un día en el que solo ocurrieran cosas maravillosas?
Lo mejor sería preguntarle a Gunnar qué pensaba de todo aquello.
Rasmus echó a correr, pero al acordarse de la cesta de ortigas se detuvo de repente. Volvió hasta el depósito de hielo para recogerla y, con la cesta en una mano y la concha y la moneda bien apretadas en la otra, se fue a toda prisa a buscar a Gunnar.
Lo encontró en el patio de recreo, donde solían juntarse los niños una vez terminado el trabajo diario. Allí estaban todos reunidos, y se notaba desde lejos su agitación. Algo debía de haber pasado mientras Rasmus estaba ausente.
Rasmus estaba ansioso por quedarse a solas con Gunnar y mostrarle sus tesoros. Pero Gunnar tenía cosas más importantes en que pensar.
— Mañana no iremos a escardar patatas —dijo brevemente—. Van a venir a elegir a un niño.
Ante semejante noticia, la moneda y la concha perdieron toda su importancia. Nada era comparable con el hecho de que alguno del grupo fuera a tener una casa propia. En el orfanato de Vásterhaga no había un solo niño que no soñase con poder tener esa suerte. Incluso los mayores, que muy pronto estarían listos para comenzar a valerse por sí solos, confiaban sin ningún motivo en semejante milagro. Ni siquiera el más feo, el más huraño o el más desagradable de ellos podía perder la esperanza de que un día apareciese alguien que, por una secreta razón, quisiese llevárselo precisamente a él.

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