Petronio. El satiricón.

noviembre 6, 2020

Petronio, El satiricón

En la wikipedia tienen una buena entrada: El satiricón. Pero básicamente son las aventuras y desventuras de Encolpio, una mezcla de picaresca y sátira de la época salpicada de mucho humor y sexo. Se supone que lo que tenemos es una mezcla de fragmentos que han subsistido con mejor o peor fortuna.

Es fascinante la libertad sexual en la que se mueven los protagonistas, de una bisexualidad sin fisuras en un ambiente en el que el sexo no tiene ninguna connotación negativa salvo los eventuales ataques de celos y los problemas derivados de estos. En una época en la que no se puede poner un pezón en las redes sociales sorprende la naturalidad de antaño.

El plato fuerte de la novela es la cena de Trimalcion, un liberto inmensamente rico que ofrece una cena en la que los manjares más trabajados y extravagantes se van sucediendo unos tras otros. Eso es una cena y no lo que te dan en un restaurante con estrella michelín.

Literariamente no me ha parecido gran cosa -nada que ver con un Catulo, por ejemplo- pero las aventuras, el retrato de la época, las anécdotas divertidas hacen que merezca mucho la pena la lectura.

Muy recomendable.


Se enjugo con las manos el sudor que corría por su rostro.

—¡Si supieras! lo que me ha sucedido —dijo.

—¿Qué novedades son esas?, le pregunté.

Y él, con voz apagada, prosiguió:

—Erraba por toda la ciudad sin poder dar con nuestro albergue, y llegose a mí un padre de familia de aspecto venerable, quien se ofreció a servirme de guía. Acepté. Atravesamos varias calles extraviadas y obscuras, y llegamos a esta casa. Pero aquí con su aparato[17] en la mano me propuso dejarme fornicar por él. Ya la puta propietaria del burdel, había recibido su as[18] por la habitación, ya el tipo me había puesto la mano y ya, si yo no hubiera sido más fuerte que él, habría recibido mi porción con tal fogosidad que aquí y allá todo el mundo parecía drogado con satirión[19] y uniendo nuestras energías, logramos rechazar el ataque del importuno.

Mientras de tal suerte me narraba sus aventuras Ascylto, llegó a nuestro lado el mismo padre de familia acompañado de una bastante bonita mujer. Mientras el hombre instaba a Ascylto para que le siguiese, ponderándole el placer que iba a disfrutar, la mujer instábame para que la acompañara. Nos dejamos seducir, y entramos atravesando varias salas, teatro de escenas lúbricas. Al vernos, hombres y mujeres redoblaron sus actitudes lascivas. De pronto uno, remangándose la túnica hasta la cintura, se precipita sobre Ascylto, lo tumba en un lecho y pretende violentarlo. Acudo en su socorro, lo liberto, no sin pena, y Ascylto huye, dejándome solo entre aquella chusma; pero superior yo en fuerza y valor a mi compañero, pude librarme de sus ataques y salir de aquel antro.


La vieja Prosilenos fue también arrojada de la casa, y hasta Crisis sufrió el castigo de los azotes. Todos los sirvientes se preguntaban al oído la causa de la rabia de su señora. Volví a mi casa, el cuerpo lleno de contusiones y la piel más manchada que la de una pantera, y me apresuré a disfrazar las marcas de los, golpes recibidos, temiendo excitar con mi aventura las burlas de Eumolpo y la pena de Giton. Recurrí, pues, al único expediente que podía salvar mi reputación; me fingí enfermo, y tendido en mi lecho, dirigí mi furia contra la causa exclusiva de mi infortunio.

Tres veces empuñé con mano fuerte

la cuchilla fatal, mas desistiendo

de podarme, déjela. El miembro frío,

aún más frío que el hielo,

parecía buscar donde ocultarse

a la venganza del cortante acero,

y no pudiendo así sacrificarlo,

desbordo en llanto mi despecho ciego.

Apoyado sobre el codo, apostrofaba así al casi invisible contumaz.

—¿Qué dices, oprobio de la naturaleza? Porque sería necedad darte un nombre serio. ¿Qué dices? ¿He merecido acaso que me precipitaras en el infierno cuando ya había logrado alcanzar el cielo? ¿Por qué en la primavera de mi vigor me transportas al invierno de la más decrépita vejez? Te ruego que me lo digas; ¿estás muerto del todo? Así estallaba mi ira.

Y él insensible, lacio, inconmovible,

mustio, como una flor que el tallo inclina

cubría su cabeza avergonzado,

como cierra sus hojas flor marchita.

Cuando reflexioné acerca de la indecencia de tales apostrofes, me arrepentí de haberlos proferido, experimentando secreta confusión por haber olvidado las leyes del pudor hasta el extremo de ocuparme de esa parte del cuerpo de la que nunca hablan, ni osan siquiera pensar en ella los hombres que se respetan. Golpéeme, pues, la frente con despecho: «Después de todo, pensé, ¿qué mal he hecho en aliviar mi dolor con reproches tan naturales? ¿Quién es el que no hace lo mismo alguna vez con su vientre, con su garganta, con su cabeza, cuando estos miembros le duelen? ¿Qué? ¿Acaso Ulises no hizo lo mismo con su corazón? Y también los héroes de tragedia maldicen a veces a sus ojos, como si éstos pudieran oírles. El gotoso maldice sus pies, el epiléptico sus manos temblorosas, el legañoso sus ojos; y cuando nos herimos algún dedo de la mano el dolor hace que castiguemos a nuestros pies golpeándolos contra el suelo».

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