Peter Handke. El miedo del portero al penalty.

octubre 25, 2019

Peter Handke, El miedo del portero al penalty
Alfaguara, 2006. 140 páginas.
Tit. Or. Die Angst des Tormanns beim Elfmeter. Trad. Pilar Fernández-Galiano.

El protagonista de la novela cree ser despedido e inicia un vagabundeo sin un rumbo definido motivado por circunstancias que no conocemos y que incluyen algunos hechos terribles que pasan sin motivo ninguno.

La lectura de este libro deja una sensación muy extraña. Típico libro que odias o amas y que yo, como siempre, me situo en un punto intermedio. Se trata de una narración en primera persona sin la primera persona. Como si el personaje tuviera una cámara encima del hombro que nos describiera desde su punto de vista una serie de sucesos anodinos. Las pocas veces que entramos en su cabeza es para darnos cuenta de que la realidad es inasible para él, como si sufriera algún tipo de enfermedad disociativa. El ambiente del relato refuerza esa impresión.

Pero todo esto hace que, como lectores, no tengamos ningún hilo al que agarrarnos. Ni al lenguaje, totalmente neutro y alejado de florituras estilísticas, ni a la trama inexistente, si a las sensaciones que no conocemos. Como una película en la que nadie hablara y de la que no sabemos por qué la gente actúa como actúa.

Es muy breve y me costó mucho acabarlo, e incluso lo tenía que dejar en barbecho un ratito. ¿Me ha gustado? Sí como experiencia. Como obra que abre caminos. Pero duros de transitar. La traducción no sé cómo será en general, pero al menos en tres ocasiones que usa un pie de página para explicar una expresión podría haber usado una traducción más acertada. Ejemplo: usa corner y añade un pie de página porque el protagonista hace un juego de palabras con la esquina de la habitación. Siendo que en castellano se usa también ‘saque de esquina’ se hubiera ahorrado la explicación.

Prueben y vean. Por la red no le gusta a casi nadie.

A medida que avanzaban, se bajaban cada vez más viajeros en las sucesivas paradas. Se ponían al lado del conductor para que les abriera la puerta delantera. Cuando el autobús se detenía, Bloch escuchaba cómo el viento sacudía la lona de la baca del coche. Al rato el autocar hizo una nueva parada y escuchó gritos de bienvenida afuera en la oscuridad. Más allá reconoció un paso a nivel sin barrera.
Poco antes de medianoche el autobús se detuvo en la localidad fronteriza. Bloch cogió inmediatamente una habitación en la fonda que estaba cerca de la parada del autocar. Preguntó a la chica que le enseñó su habitación si conocía a su amiga, que se llamaba Hertha, pero no sabía el apellido. Ella podía informarle: su amiga había alquilado una casa de huéspedes a las afueras del pueblo. ¿Qué significaba ese ruido?, preguntó Bloch una vez en la habitación a la chica, que ya se marchaba. «¡Todavía quedan algunos mozos jugando a los bolos!», contestó la muchacha saliendo de la habitación. Sin echar una mirada a su alrededor Bloch se desnudó, se lavó las manos y se metió en la cama. Todavía se siguieron oyendo durante un rato el traqueteo y los crujidos de abajo, pero Bloch estaba ya dormido.
No se había despertado él solo, sino que seguramente le había despertado algo. No se oía ningún ruido; Bloch estuvo pensando qué era lo que podía haberle despertado; al cabo de un
rato empezó a imaginarse que le había asustado alguien al doblar el periódico. ¿O había sido el crujido del armario? Probablemente, como había dejado los pantalones de cualquier manera, una moneda se le había caído rodando y había ido a parar debajo de la cama. Vio un grabado en la pared que representaba el pueblo en tiempos de las guerras turcas; los habitantes de la ciudad se paseaban delante de las murallas y, detrás de las murallas, la campana de la torre estaba tan inclinada que era forzoso suponer que en aquel momento sonaba de un modo estridente. Bloch se imaginó al sacristán izado hacia arriba por la cuerda de la campana; vio cómo los ciudadanos de fuera se apresuraban a la entrada de la muralla; algunos de los que corrían llevaban niños en brazos, un perro caminaba entre las piernas de un niño moviendo la cola, y daba la impresión de que le hacía tropezar. Asimismo, la campanilla de emergencia de la torre de la ermita estaba representada de una forma tan real que parecía que se iba a dar la vuelta. Debajo de la cama había solamente una cerilla quemada. En el pasillo, unos metros más allá, chirrió de nuevo una llave en la cerradura; probablemente era eso lo que le había despertado

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