Óscar Esquivias. Pampanitos verdes.

febrero 24, 2020

Óscar Esquivias, Pampanitos verdes
Ediciones del viento, 2010. 160 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

El chico de las flores
El estudiante de Salamanca
Viene Gordon
Pampanitos verdes
Mail Pride Chicago 2008
El dolor
Monólogo del técnico de sonido
El hijo de la modista
El centurión
Viaje al centro de la Tierra

Enfrente esta lectura con sentimientos encontrados. Había leído una cosa suelta de Esquivias que me gustó y encontré una colección suya de relatos que me decepcionó un poco. Así que encaraba este libro sin muchas expectativas.

Y ha resultado ser una delicia de relatos de corte naturalista, pegados a lo cotidiano, escritos con gran solvencia y buena dosis de ternura. Algunos tan buenos como El estudiante de Salamanca que te deja un sabor agridulce en la boca.

Me ha gustado mucho. Otra reseña: Pampanitos verdes

Recomendable.

Mis profesores no me consideraban especialmente listo y se sorprendían cuando tenía buenos resultados en algún examen o escribía una redacción que les gustaba.
—¿Seguro que lo has hecho tú? ¿No lo habrás copiado? —me preguntaban los más suspicaces.
Si elegí estudiar Psicología —más allá del interés que me despertaba esa carrera— fue sobre todo porque no se podía cursar en Burgos y, por tanto, debía salir de la ciudad y abandonar la casa de mis padres, cuya protección y tutela (por no decir vigilancia) me resultaban asfixiantes. Surgió entonces un problema inesperado: como no había podido matricularme en verano, todos los trámites burocráticos se prolongaron muchísimo y fue ya en octubre, justo antes del inicio del curso, cuando la universidad de Salamanca me confirmó que me concedía plaza. Lo malo era que a esas alturas del otoño ya no quedaban habitaciones individuales en ninguno de los colegios mayores ni en las residencias de estudiantes de la ciudad. Si quería alojarme en cualquiera de estos sitios, tenía que compartir la habitación con otro estudiante.
—¡De ninguna manera! —exclamó mi padre—. Eso es un atraso inaceptable. Te puede tocar de compañero un pedorro, o alguien que ronca, o un vivalavirgen. Así no hay quien estudie. Tampoco aceptaba que buscara un cuarto en un piso de alquiler. —¡Ni hablar! En esos pisos están todo el día de fiesta. Tú vas a Sa-la-man-ca —no sé por qué, pero siempre pronunciaba el nombre de la ciudad silabeado— a sacar una carrera, no de choteo. Además, no querrás sentarte en el mismo váter donde pongan su culo peludo cuatro pedorros.
«Pedorro» era un insulto que le gustaba mucho a mi padre, y eso que él era el menos indicado para aplicárselo a nadie. El caso
es que no aceptaba de ningún modo que compartiera habitación
0 casa con otros jóvenes. Él tenía idealizada la universidad, quizá porque carecía de estudios, y le enorgullecía que fuera a Sa-la-man-ca, pero a la vez le aterraba pensar que yo, lejos de casa, me «desmandara» («desmandar» es otra palabra que usaba mucho).
1 lacia tres años mis padres encontraron en mi habitación una revista pornográfica gay que yo había comprado a escondidas en un quiosco de Gamonal. Se asustaron mucho. Hablamos sobre mi sexualidad, me llevaron a un psiquiatra (que, para mi sorpresa, resultó un aliado inestimable) y gracias a él parecieron asumir con cierta naturalidad que su niño tenía sentimientos e instintos que debían respetar. Sin embargo, a partir de entonces escrutaron a cada uno de mis amigos y compañeros de estudios. Cualquier chico que me llamara por teléfono o llegara a casa, aunque sólo fuera para hacer algún trabajo escolar, se convertía en sospechoso de ser mi pareja sexual y era sometido a un interrogatorio exhaustivo que pretendía ser sutil y resultaba de lo más violento. Ninguno les parecía bien, para ellos todos eran unos pedorros redomados. Creo que mis padres me suponían una promiscuidad ilimitada, pero estaban muy equivocados: con casi diecisiete años, mi vida erótica se reducía a masturbaciones y a algún manoseo con desconocidos en el Paseo de la Isla los fines de semana, y sólo muy esporádicamente me acostaba con alguien. La idea de que conviviera en Salamanca con otro chico, juntos en una misma habitación, era insoportable para mis padres. Debía de parecerles algo así como entregarme desnudo y atado de pies y manos en el altar del dios de la sodomía.
—Tiene que haber una solución para tu alojamiento —decía mi padre.
Y la solución que se le ocurrió fue telefonear al Hotel-Residencia Duquesa Doña Cunegunda, o El Cunegunda, como, al parecer, llamaban popularmente a aquel establecimiento que no figuraba en ninguna de las guías de residencias universitarias que me habían enviado desde Salamanca.

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