Miguel Ángel Muñoz. El síndrome Chéjov.

agosto 12, 2012

Páginas de espuma, 2006. 162 páginas.

Miguel Ángel Muñoz, El síndrome Chéjov
Saber hacer

Sigo desde hace tiempo la bitácora El síndrome Chejov (ahora parada, o no, o poco) pero tenía sin leer este volumen de cuentos que un hada madrina hizo llegar a mis manos para remediar mi torpe ignorancia.

Para ser un género menospreciado, el cuento goza de excelente salud. Las nuevas generaciones de cuentistas tienen talento, saben escribir y se escapan del adocenamiento que parece haberse apoderado de la novela. Miguel Ángel Muñoz es un buen ejemplo.

Escribe muy bien. Tanto que parece imposible que sea su primer libro; aquí hay mucho oficio. Tiene maestría a la hora de crear ambientes complejos donde desarrollar las tramas de sus historias. Resulta, pues, un libro que se lee con placer.

Sólo tengo un pero, y es que las tramas no están siempre a la altura de la escritura. Cuando lo hacen, como en Nuria Querida nos encontramos con relatos de quitarse el sombrero. Muy bueno.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (345/365)


Extracto:[-]

Querida Nuria:
Hoy un revuelo desconocido se ha hecho con el hospital. El silencio ha sido sustituido por el alboroto, y algunas enfermeras reclamaban tranquilidad para respetar el descanso de los más graves, aquellos que todavía no saben, Nuria, que una parte de su cuerpo antiguo, que antes sentían cómodamente y en el que aprecian ahora una dolorosa ausencia, nunca volverá a ellos. La televisión nos ha visitado. Eran de un programa de divulgación médica, y querían saber nuestra opinión sobre la revolucionaria terapia que se sigue en este centro como apoyo para lograr la completa recuperación de enfermos a los que hace unos años sólo se los podía aliviar con piedad, además del inútil tratamiento médico convencional. Me han sacado al jardín y me han sentado en una silla de mimbre que normalmente está en el patio de visitas. Al fondo, los rabiosos eucaliptos, los protectores manzanos. Tenía que contar a la cámara en qué consistía la terapia y cuál había sido el efecto benéfico sobre mi ánimo, sobre mi cuerpo poco a poco cada vez más vivo. Mi enfermera, la que te envía la cásete, me puso mis gafas graduadas, que había olvidado en la mesita hacía meses. «Así parece usted más respetable», me dijo con un tono picaro que no oía desde tiempo atrás. Veía prácticamente doble, la falta de costumbre me produjo un cierto mareo, y el sol reflejado en cada zona del jardín[…]

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