Esther Tusquets. Confesiones de una editora poco mentirosa.

marzo 22, 2010

RqueR Editorial, 2005. 200 páginas.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa
Cotilleos literarios

Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle. Como yo este libro. Y si wrailito encuentra gangas por veinte céntimos, esto merece categoría especial. ¿Cómo llamar a encontrarse gratis un libro que tenías pensado comprar?

Nos gusta el cotilleo, está en nuestra naturaleza (y alguna vez escribiréuna entrada sobre esto). Si no conoces quien es Belén Esteban pero sí Umberto Eco no te gustará ver la televisión, pero no le harás asco a quien te cuente como es tu escritor favorito en la intimidad.

Esther Tusquets fue editora de Lumen, hasta que la absorbió Mondadori. Una editorial original a la que no le preocupaba tanto los beneficios como publicar lo que les gustara. Publicaron mucho y bueno, y en este libro se recoge parte de la historia detrás de los libros.

Desde el nacimiento reconvirtiendo una editorial franquista, sus inicios con libros infantiles diferentes, sus uniones de texto e imágenes, hasta acabar en una multinacional en la que ya no tenía que hacer. Por el camino, el trato con muchos escritores y datos discretos -no es prensa rosa- pero bastante jugosos.

Tengo tantos fragmentos seleccionados que, como en otras ocasiones, los pondré en tres partes. Empecemos con su visión de por qué una editorial no es un negocio como cualquier otro (las negritas son mías):

De hecho, hubiéramos podido intentar, al menos en dos ocasiones —con Mafalda y con las novelas de Umberto Eco—, dar el salto y convertirnos en una empresa mucho mayor. Pero, si me ha llevado tiempo estar segura de poseer una auténtica vocación de editora —debido en parte a que no fue una profesión elegida por mí y en parte a que no he terminado nunca de sentirme a gusto en el papel de empre-saria—, sí he estado por el contrario absolutamente segura de que nada podía seducirme menos que dirigir una gran editorial, una gran industria con multitud de empleados, mucho capital enjuego y cientos de títulos al año. Esto último, además, en un país donde se produce un extraño fenómeno, que debió de tener su origen hace un montón de años: la oferta no se ajusta en absoluto a la demanda, y se editan muchísimos más títulos de los que va a ser posible vender, lo cual abona mis sospechas de que, si bien la edición es, qué duda cabe, otro negocio más dentro del sistema económico general, no deja de ser, incluso para los ejecutivos más eficaces y menos propensos a veleidades románticas o de cualquier otro tipo, un negocio algo especial, y de que, contrariamente a lo que en ocasiones han asegurado, fabricar libros no es para nadie, o para casi nadie, lo mismo que fabricar otro producto cualquiera.

La fascinación con los libros, en la que tantos nos vemos reflejados:

Siempre, desde muy pequeña, me habían gustado apasionadamente los libros. Quizás sería más exacto decir que siempre, hasta donde alcanza mi memoria, me había apasionado que me contaran historias: los fantásticos cuentos que relataban mi madre y sus hermanas, unas narradoras de excepción, las truculentas historias que nunca terminaba de entender del todo que se chismorreaban en la cocina y en el cuarto de la plancha, los inefables seriales de la radio de los años cuarenta, la fascinación del cine, pero sobre todo los libros. Leía, desde que aprendí a leer, a todas horas y en todas partes, con una pasión que no he recuperado con igual intensidad en ninguna otra etapa de mi vida. Decían que era como la niña de una película, creo que de Capra, que ni para contestar al teléfono soltaba el libro que tenía entre las manos.

Cela, una persona con dos caras:

Sin embargo, no sólo se firmó poco después un contrato para tres libros, y salieron en Palabra e Imagen dos, sino que nos hicimos amigos, o estuvimos al menos muy a punto de hacernos amigos. Me constaba que su trayectoria política era turbia y estaba sujeta a todo tipo de sospechas; que era un tipo ególatra y desconsiderado; me molestaba su deliberada grosería, su vanidad, su grandilocuencia, su afán por acumular premios y honores, su obsesión —para mí ridicula— por el Nobel, y su afán —para mí, desmesurado— de dinero; me sacaba de quicio el modo en que trataba a los camareros y a los dependientes y a los taxistas, y en ocasiones a todo dios. Pero, sorprendentemente, no sólo me divertía, sino que me caía bien. En gran parte, porque le consideraba, y le considero, un buenísimo escritor. No un gran constructor de tramas novelescas, pero sí un autor capaz de textos —como los que escribió para mí— impecables, en los que no sobra un adjetivo ni falta una coma, en los que no hay nada que corregir y en los que él, una vez entregados, no solía modificar nada. Y esto no es fácil, ni se da con frecuencia.

El otro título de Cela, Toreo de salón, partía de las fotos que había sacado Maspons a unos pobres rapaces que soñaban con llegar a toreros y se entrenaban en el parque de Montjuic.Aquí sí, más que en el libro de las putas, eran los textos ofensivos y groseros, demoledores.Y, si Colom había sacado las fotos a hurtadillas, Maspons se había hecho amigo de aquellos chicos. Pedimos, pues, a Cela, que eHminara los términos más sangrante de dos de los textos.

Respuesta: «Culpo a Oriol Maspons —y a vosotros subsidiariamente— de no haber trabajado con seriedad. A mí se me dieron unas fotos tópicas para que, sobre ellas, escribiera un texto literario, cosa que hice. Me esforcé en mi tarea, puse mis cinco sentidos al servicio del texto —como siempre procuro hacer— y ahora me encuentro con que mi labor requiere una poda cuyo origen es la frivolidad ajena. Si Puer Tarraconensis es amigo de Oriol Maspons, ¿por qué éste no se acordó a tiempo? Es demasiado cómodo esperar a que el prójimo trabaje para después, sobre el trabajo del prójimo, hacer objeciones amistosas o pintorescas o legales. Además de cómoda, esa actitud no es propia de un profesional y hiede a amateurismo y a improvisación».

Cela propuso que Maspons hiciera firmar a los torerillos un papel que nos cubriera legalmente.Y creo que así se hizo. Me avergüenzo todavía hoy de haberme prestado a ello.

Mi amistad con Cela siguió, aunque deteriorada, todavía un tiempo. Hasta que él participó en una nueva editorial, Alfaguara, y quiso publicar toda su obra en ella. Con Lumen tenía firmado un contrato para tres títulos, de modo que nos debía uno. Lo reconocía así, pero nos advirtió que se acogería al pretexto legal de que habíamos incumplido nosotros el contrato —al no haber inscrito los dos títulos ya editados en el registro de la propiedad intelectual— para no tener que escribir el tercero. A mí me daba casi lo mismo ese tercer libro -—nunca, en cuarenta años, he editado a un autor que no quisiera editar conmigo—, y hubiera entendido y aceptado sin problemas que prefiriera publicar en su propia empresa, pero el modo de plantearlo era burdo y feo, y las cartas donde lo exponía no eran las cartas que se escribe a un amigo.

Así pues, no protesté, ni recurrí, ni me quejé. No dije nada. Tampoco dejé de tratarle en público. Pero cuando me citó, en su próximo viaje a Barcelona, tal día y a tal hora, en el Colón, decliné la invitación. No hubo más recados mañaneros en mi coche, ni almuerzos en el restaurante del hotel, ni gloriosas y disparatadas veladas en su suite. Ni siquiera fui a visitar la fastuosa mansión, llena de obras de arte, que se* había construido en Palma.

Era un buen escritor, pero detrás de la aparatosa fachada no había —dijeran lo que dijeran Alós y Matute, y por mucho que le gustaran los animales y que fraternizara con los jóvenes poetas aún no prostituidos por la vida— un ser que humanamente pudiera interesarme.

9 comentarios

  • Seikilos marzo 22, 2010en2:31 pm

    Realmente se ve interesante. Céla, qué caso. Suelo nombrarlo cuando hay gente que dice que a Borges no le dieron el Nobel a Borges porque le había dado la mano a Pinochet.

  • Palimp marzo 22, 2010en5:57 pm

    Cela merecería un capítulo aparte. Menuda pieza.

  • Curro Armenio marzo 22, 2010en9:55 pm

    Me importa un pimiento la intimidad de Umberto Eco. Más: no la quiero saber.Más: en mi naturaleza no está el cotilleo.

  • Curro Armenio marzo 22, 2010en10:18 pm

    Dicho sea sin acritud, pero con pereza.

  • Curro Armenio marzo 22, 2010en10:21 pm

    He dejado de leer varios libros de memorias al darme cuenta de que se trataban de vomitivas venganzas sobre todo Cristo. «A hierro muere…», claro.

  • Palimp marzo 24, 2010en6:50 pm

    Hombre, a mí tampoco em interesa la intimidad de Umberto Eco; me gustaría conocer a Umberto Eco -y no saber, por ejemplo, detalles de su vida privada.

    Ahora mismo estoy viendo la entrevista que le hizo Joaquín Soler a Carpentier en el programa A Fondo (está aquí: Alejo carpentier), y me gusta saber un poco más del autor y algo de su historia.

    Valga esto como justificción de que me guste ser cotilla, y, por supuesto, cada quien puede estar o no interesado en los cotilleos.

    Respecto a las venganzas, en este libro no están. La información es interesante, pero nada sensacionalista. Al que peor trata es a Cela en el pasaje que aquí copio, y puede verse que es bastante suave.

  • Libros marzo 31, 2010en10:07 pm

    Muy bueno, Palimp! Va link en Lo mejor (ya conoces mi sección) 🙂

  • Palimp abril 7, 2010en6:04 pm

    ¡Gracias!

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