Los embarazos simultáneos de todas las mujeres del pueblo que hablan de un polvo dorado da lugar al nacimiento de varios niños de los que creen ser el mesías. La vida de estos niños y la del todo el pueblo está teñida de sucesos fantásticos.
Me parece mentira que una autora que escribió una novela notable como La tiranía de las moscas y una excepcional como El cielo de la selva haya podido escribir este ladrillo que rezuma un realismo mágico trasnochado y que no va a ninguna parte.
No me interesaron las andanzas de ningún personaje, a pesar de lo coral de la historia, e incluso algunas me tiraron para atrás. Demasiado explicativo y caótico.
No me ha gustado.
Nunca se sintió más lejos de dios que aquella tarde en que afirmó que el polvo de oro y la calentura de las mujeres habían sido señales divinas, y que la preñez de todas era milagro. «Benditas quienes se entregaron con el beneplácito de dios y de los hombres», dijo, y luego recalcó aquello de los hombres para que todos entendieran que allí se acababan las peticiones de exorcismos y que empezaba una nueva era para el pueblo. La era de los mesías, del cual el hijo de Regina Coi había sido el primero en llegar al mundo. A la vez que se alejaba de dios con cada palabra, Iván sentía que, si en verdad había diablo en su boca, pues entonces era un diablo piadoso, uno que sometía los celos de los machócratas. Frente a él, arrobadas, las mujeres parecían virgencitas como las de piedra que estaban enclaustradas en los altares de la iglesia. Tenían ojos de celo y de fe. Una fe como de santanilla que pica carne.
Iván Roca se convenció, de esa manera, que su venganza era santa santísima.
Irónico como era, bendijo entre risas la locura del pueblo.
No era la primera vez que los vecinos eran arrastrados por un alud semejante. Algunos años atrás, en los inicios de su carrera evangélica —bien que lo recordaba el padrecito—, los habitantes del pueblo habían sufrido otra chifladura temporal. Por aquel entonces, él era todavía un hombre joven y nadie le decía padrecito, sino Iván a secas. «Entre tanta montaña y tanta soledad, la gente no puede ser común y corriente, la locura les queda de maravilla, es más, la locura es el traje perfecto para los habitantes de un lugar en el que todas las cabezas se queman como si fueran granos de maíz bajo el sol». Así le había dicho su mentor, Juan el Doloroso, un viejo de una tos tremebunda, que andaba por el pueblo con un pañuelito de tísico y jurando y perjurando que se moriría ese año sí o sí, que ya sus pulmones no daban más, que se le había reventado una úlcera o tenía pie diabético, que si hígado graso y cáncer de próstata, que si columna bífida y gota, todas dolencias imaginarias, dolencias inventadas. Cuando se terminaba el año, el viejo padre, que aún seguía vivo, se persignaba: «Se hará la voluntad de dios, si no me quiso muerto, por algo será, pero estoy seguro de que pronto los males que soporta mi miserable y pobrísimo cuerpo de pecador me matarán finalmente». Cada año, Juan el Doloroso escogía una enfermedad nueva de la que sufría todos los síntomas por un ciclo de doce meses. Iván, por pura caridad y por deber de afecto hacia el único hombre que había sido bueno con él, intentaba ayudarle como mejor sabía, con palabras de ánimo y rosarios infinitos que Juan el Doloroso rumiaba en silencio, en el fondo contento por atraer tanta atención sobre sí mismo. Cuando se murió por fin, con mucho más de cien años y una salud tan fuerte como su vida, nadie le creyó que estaba muerto de verdad. A comienzos de ese mismo año, Juan el Doloroso alzó sus legañosos ojos a las nubes y señaló con un dedo hacia arriba: «Hágase la voluntad de dios, ahora sí llegó mi tiempo, lo siento en el aire». Al escucharlo, todos los vecinos suspiraron con hastío. El propio Iván se encogió de hombros y se dispuso a esperar con paciencia el anuncio de la patología imaginaria que afectaría durante los próximos trescientos sesenta y cinco días al viejo padre: qué riñones imaginariamente enfermos tendría que curar con tisanas, sobre qué cáncer de estómago tendría que rezar los padrenuestros de cada día o qué tipo de derrame cerebral sería el causante de aquella muerte tan anunciada.
Cierto día, luego de una cena magra, Iván dejó por un rato a solas a Juan el Doloroso y fue a descansar de su oficio de enfermero a tiempo completo. Durmió un par de horas y si acaso escuchó un estruendo allá afuera, muy cerca de las paredes que conectaban su cuarto con el mundo exterior, probablemente lo adjudicó a una pesadilla de la que luego no tendría un recuerdo demasiado claro.
Al despertarse, llamó al viejo porque no alcanzaba a escuchar su tos o sus quejidos, cosa rarísima, pues a esa hora de la tarde el malestar imaginario de Juan el Doloroso llegaba a su apogeo. No lo encontró en la sacristía, ni frente a los altares de las tres vírgenes de piedra, ni en el campanario, ni en su cama de tuberculoso, así que salió al jardín trasero que conectaba a la iglesia con el cementerio del pueblo, que desde hacía tiempo estaba lleno de yerbas resecas.
En esta pocilga me enterrarán algún día, pensó Iván y de inmediato sintió una lástima enorme hacia sí mismo. No tuvo ni un instante más para apenarse de su suerte, porque fue entonces que vio al anciano, de pie, apoyado en la reja del jardín, muy rígido.

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