Antonio Sánchez Gómez. Remover la tierra.

septiembre 14, 2026

Antonio Sánchez Gómez, Remover la tierra
Sigilo, 2026. 304 páginas.

Lo llaman drama extractivista porque si lo llamamos por su nombre, saqueo indecente, te podrían poner una denuncia por atentado al honor. Las compañías mineras están sacando todo el mineral que pueden en todas partes de latinoamérica, sin importar que las instalaciones destruyan el modo de vida de las comunidades locales, o que los vertidos provocados por la explotación minera provoquen la destrucción de los ecosistemas circundantes y múltiples enfermedades a los habitantes de la zona.

Hay comunidades que resisten, pero poco pueden hacer frente al poder de unas empresas que compran gobiernos y voluntades. El autor nos hace un retrato crudo de lo que vio en sus viajes, entrevista a varios líderes que siguen combatiendo, y nos describe escenas que, en ocasiones, me han puesto los pelos de punta.

Muy bueno.

Y al tercer anto me paso al chuflay, singley mezclado con gaseosa que está
aún más rico y aún nubla más la vista, y ya yuca, pienso que como siga por esta senda espirituosa acabo de sullu, de ofrenda humana en los cimientos de algún rascacielos al que la Pachamama no garantice estabilidad a cambio de un feto de llama. Y vuelvo a las calles mortificado por esas leyendas del malditsimo paceño, continuamente confirmadas en las páginas de sucesos, que anuncian el desmantelamiento de un cementerio de elefantes o muestran fotografías de algún borrachón que ha despertado en un solar antes de que el cemento se le endureciera encima. Y los neones cerceanos acentúan las formas góticas de la Recoleta. Y las sombras de Sopocachi susurran ¡guieres pichicata? Y el primer aguacero de la temporada de lluvias me empapa en la calle Bolivar. Las aguas en torrente bajan
por el empedrado y las pandillas se escabullen, tapándose las cabezas con sus chamarras de cuero. Y cuando ingreso a la plaza Murillo ya ha amanecido y me siento en un banco junto al busto del presidente Villarroel, desde donde alcanzo a leer su máxima: La liberación del proletariado es mi bandera. Por ella estoy dispuesto a morir. Y al oír una risa áspera, me giro para ver un perfil de barón que exhala: Le di el gusto. En esa misma farola estuvo ahorcado durante días, y barrunto el bamboleo del pelele, y al volver la vista ya no hay más nadie en el banco, solo un tufo a estopa ha quedado, y todo a mi alrededor da vueltas, el palacio Quemado, la catedral Metropolitana, la Casa del Pueblo elevándose y trasparentando por las cristaleras un altar sacrificial, pegajoso de sangre de los asesores gubernamentales caídos en desgracia. Y alcanzo a tumbarme en el banco, y borracho ahora, pero me acuerdo de una silueta de llama proyectada desde los cerros por algún justiciero aymara contra el nocturno paceño.

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