Aída González Rossi. Leche condensada.

septiembre 25, 2026

Aída González Rossi, Leche condensada
Penguin Random House, 2023. 164 páginas.

Una fiesta de cumpleaños en el que una niña es perseguida y acosada por dos gemelos marca el inicio de una historia que avanza y retrocede en el tiempo y nos va mostrando una vida marcada por el abuso.

Si hace poco reseñé una novela con una trama semejante, donde el estilo era dejado de lado para convertirse en una especie de recurso terapeútico, en este caso estamos en el extremo opuesto, la autora desarrolla un lenguaje muy particular, donde se mezclan modismos locales con expresiones modernas y que crea una atmósfera lingüística que acompaña muy bien al relato.

Muy bueno.


Es bonito ser salvaje. Lo piensa mientras conversa con ellos. Es bonito, sabe bien, te sientes unida a los perros, a ella la madre le dice siempre que se parece a los perros, que los entiende mucho porque es pesadita y cariñosa y no se la puede hacer callar, cuando quiere parece un terremoto, es como que tiene un ansia metida en la garganta. Salvajita: se lo gritaba cuando se rompía la ropa al enredarse con las verjas. No sabe cómo pasa: al principio, se sientan en las piedras del borde de la finca, lejos del garaje y de la coca-cola ahumada y de las serpentinas y de acabaste tú con mi vida, preferistes a mi amiga. Se esconden donde nadie les dijo que se podía estar. Y hablan sobre sus razones para no haber querido asistir al cumpleaños. Y sobre la insistencia de las madres y sobre que las dos, en la misma mesa, se están jartando de latas y latas del mismo pack de dorada. Y sobre sí mismos: se preguntan hasta cuántos pelos tienen en la cuca. En el chocho, en el caso de Aída. Ellos dicen en el chocho mirándose los pies. Ella dice en la cuca mirándoles a los ojos. Luego empiezan a jugar a la co-gida-no-cogida-esto-sí-me-hace-sentirme-bien, aunque Aída piensa varias veces, sin querer pensarlo, que como Moco la vea se va a ofender muchísimo. Se pierde en ello durante un segundo y, aunque le tiran de la camisa, apenas lo siente. Los gemelos se levantan y empiezan a correr, de repente, a su alrededor, saltan las piedras, saltan a los perros, levantan tanta tierra que el olor cambia y Aída no entiende cómo es posible eso. Aída ya no entiende cómo es posible nada: por eso ella también se echa a correr.
Odia el juego de la cogida con todas sus ganas, le pegaría fuego al juego de la cogida con toda la gente que propone jugar a la cogida dentro, pero es que esta vez no es la cogida, es una cosa más ligera, es ir cada uno para donde le apetezca y dar vueltas como un trompo y no caerse: imposible caerse así. Es ser capaz de inventar una trayectoria (dibujar un mosco con las patas, después una piscina, después una cascada de babas colgando de una risa) junto a dos chicos a los que no conoce de nada, que van tras ella como si ella fuera el centro, el objetivo, siente sus manos en los brazos y en los hombros y en el cuello, nota cómo el aire le aprieta el diafragma y le da igual: imposible asfixiarse así. Recuerda el lazo color vino, la cara de concentración, el miedo de ella, él no llegando para preguntarle qué te pasa, tía, te duele algo, tía, quieres que salgamos tú y yo a j ugar fuera, tía, donde no nos pueda ver nadie, tía, corre, corre, vamos, tía. Después son aire, como en la canción de Mecano, aire que se agarra, y después, no sabe cómo, pasa.
Primero la botan al suelo. Cae sobre un mato. Se da en el hombro y, sobre todo, en la parte de atrás de la rodilla. Los mira desde abajo, sus chándales parecen cada vez más limpios, Gyarados y Blastoise con una forma distinta, las cosas al revés, se dice Aída, las cosas al revés son raras.

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