Carlos María Domínguez. La casa de papel.

abril 20, 2020

Carlos María Domínguez, La casa de papel
Mondadori, 2004. 110 páginas.

Novela sobre amantes de los libros hasta sus últimas consecuencias y cuyo título hace un spoiler del que te das cuenta al final. Personalmente, y pese al éxito que ha tenido -leo por ahí que ha sido traducida a 18 idiomas- me dejó bastante frío.

Reseñas con cara y ojos aquí: La casa de papel y La casa de papel.

Irónico que ahora una serie de televisión haya fagocitado el título.

Las polémicas sobre la famosa frase se extendieron por la universidad y hubo un torneo de estudiantes bajo la convocatoria «Relaciones entre realidad y lenguaje». Se calcularon los pasos de Bluma en la vereda del Soho, los versos de los sonetos que habría llegado a leer, la velocidad del vehículo; se debatió con celo sobre la semiótica del tránsito en Londres, el contexto cultural, urbano y lingüístico del segundo en que la literatura y el mundo colapsaron sobre el cuerpo de la querida Bluma.
Yo debí suplantarla en el Departamento de Lenguas Hispánicas, ocupar su oficina y hacerme cargo de sus cursos, nada seducido por el rumbo de las discusiones.
Una mañana recibí un sobre dirigido a mi difunta colega. Traía sellos postales de Uruguay, y si no fuera por la ausencia de remitente hubiera creído que se trataba de una de esas ediciones de autor que solían enviarle, con la expectativa de que la reseñara en una revista académica. Bluma nunca hacía eso, salvo que el autor fuera lo bastante conocido como para sacarle algún rédito. Solía pedirme que se los llevara al depósito de la biblioteca, no sin antes anotar en la tapa «UTC» (Unlikely To Consult: consulta improbable), que parecía condenarlo para siempre.
En efecto, era un libro, pero no el que esperaba. Apenas abrí el sobre sentí una instintiva aprehensión. Me dirigí a la puerta de la oficina, la cerré y volví a contemplar el desquiciado y viejo ejemplar de La línea de sombra. Conocía la tesis que preparaba Bluma sobre Joseph Conrad. Pero lo sorprendente era que la cubierta y la contratapa traían adherida una mugrienta costra. Los cantos de las páginas mostraban pequeñas partículas de cemento que derramaron un polvillo fino sobre la espejada madera del escritorio.
Saqué un pañuelo y atrapé, perplejo, una pequeña piedra. Era portland, sin duda, restos de mezcla que debían haberse pegado al libro con una solidez mayor, antes de un deliberado intento por quitarlas.

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