Óscar Terol. Técnicas de la mujer vasca.

septiembre 8, 2026

Óscar Terol, Técnicas de la mujer vasca
Santillana, 2009. 224 páginas.

Aunque era un fiel seguidor del programa Vaya semanita, los libros que ha sacado en solitario Óscar Terol se me atragantan un poco. Éste, que tiene un tufo machista que tira para atrás, más todavía. Algún chiste hay que me sacó una sonrisa, pero, en general, me dio más vergüenza ajena que otra cosa.

No me ha gustado.

El hombre está invitado a una cena espectacular con una cuadrilla con cata de vinos y campeonato de mus el viernes por la noche. Sabe que no debe ir, porque esa semana ya ha tenido su cena de cuadrilla, la de los martes, y el viernes es el día en el que suele salir con su mujer. Le apetece horrores asistir, incluso está apuntado desde hace semanas, pero teme la reacción de su esposa ahora que las cosas van bien. El miércoles, con cara de niño bueno, decide enfrentarse al quebradero de cabeza.
—Cariño, que estoy pensando que este viernes podríamos suspender lo del cine y así aprovecho para ir a saludar a Peio, que lo ha pasado muy mal últimamente, y de paso, ya sabes, me dirá que me quede a cenar, y como no se le puede decir que no… ¿Cómo lo ves?
—Tú verás.
Con esas dos palabras, cruel combinación, la mujer devuelve la pelota al tejado del marido; la bola de plomo, para ser más exactos. No hay peor receta para un indeciso que forzarlo a tomar una decisión. Sin negación, sin prohibición, simplemente dejando claro que el que quiere algo tiene que arriesgar. Es una jugada maestra que sin necesidad de enseñar las cartas indica que hay partida y que está ganada de antemano. El pobre hombre ahora tiene la misma preocupación pero multiplicada por cien, y con una merma considerable en su seguridad personal. La mujer ha colocado el bocado en las mandíbulas del potro.
«TÚ VERÁS LO QUE HACES»
Nuestro pobre hombre, noqueado, paralizado y con una presión que reventaría la pared de un pantano, vuelve a la carga al día siguiente. Los amigos cuentan con él, son ocho y si falla los deja colgados para las partidas de mus; está contra la espada y la pared. Vuelve a intentarlo con la misma inocencia artificial que utilizó la primera vez.
–Si me quito esa obligación de encima, mejor. Y además, podemos ir al cine el sábado y el domingo, hala, dos días. ¿Qué te parece, cari?
—Tú verás lo que haces.
Una corriente de aire frío penetra en el alma del valiente caballero y lo zarandea hasta colocarlo al borde de un precipicio que linda con un abismo tenebroso de donde llegan aullidos de fieras y vapores sulfurosos. Ese alargamiento de la frase guillotina, incluyendo el verbo «hacer», que lleva la acción implícita en su significado y que recuerda de una manera preclara que la decisión no va a ser colegiada, es recibido como el pisotón de un elefante africano.
«Allá tú»
Es viernes, al mediodía, un manojo de nervios, sudores y temblores, adornado por un sinfín de tensiones musculares y un desorden intestinal agudo, con gafas y un batín, se aproxima lentamente por el pasillo hasta llegar a la cocina, donde se encuentra con la espalda de su mujer en acto de servicio.
—Que, al final, he pensado que, aunque no me apetece nada, voy a hacer un esfuerzo y voy a ir a la cena, o sea, a donde Peio. El pobre lo agradecerá mucho.
—Allá tú.
Lo que queda del marido se estremece de miedo seco ante la losa que le acaban de mostrar. El «allá tú» suena desgarrador, a «más allá» y ese tipo de cosas, hemos entrado en territorio sagrado y nos lo han hecho saber. Estábamos bailando claqué alegremente y lo hacíamos sobre las tumbas que ahora vemos. La sentencia está dictada. El hombre, que por un lado se ha quitado un peso de encima, acaba de firmar una hipoteca con unos intereses leoninos que lo estarán esperando a la vuelta de la esquina.

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