Daniela Tarazona. El corazón habitante.

abril 20, 2026

Daniela Tarazona, El corazón habitante
Almadía, 2025. 124 páginas.

Tres historias que se alternan. Una mujer de la prehistoria que experimenta con el arte en un entorno duro y cruel, un astronauta con problemas existenciales y el médico William Harvey que investiga la circulación de la sangre mientras lidia con sus problemas personales.

Con el corazón como eje sobre el que se vertebra el libro, la autora nos crea una atmósfera fascinante, en la que no sabemos nunca dónde estamos exactamente, como los protagonistas que parecen mezclarse sin saberlo.

A pesar de que me ha gustado, y de lo bien escrito que está, creo que finalmente no nos lleva a ninguna parte, como si le faltara algo imperceptible.

Muy bueno.

Recupera la piedra del cuenco de agua y la trae en la mano hasta dejarla sobre el suelo junto a los frutos que brillan. Se dispone a triturarlos. Los acomoda con sus costados lisos por debajo —podrían ser cuadrados pero son hexagonales— y comienza a golpearlos para conseguir el néctar oscuro. Se ocupa en ello porque tiene un plan.
El hombre se incorpora, medio erguido, y va hacia el lecho de ramas secas para dormir. Pero la mujer no cesa de trabajar, testaruda como es, y camina hacia el muro que estaría al Este de la cueva, si existieran los puntos cardinales. Lleva consigo la plancha de piedra con los frutos heridos. Se embarra los dedos con la tinta y comienza a dibujar sobre el muro el cuello de un caballo. Desliza sus dedos con la certeza de heredar el testimonio que le corresponde, aunque no sabe a quién. El caballo empieza a figurarse. Es fuerte. Enseña un poco los dientes, relincha allí. Ella se lame los dedos cuando termina el trazo del hocico. A la par de él, en días anteriores, ha dibujado otros equinos. Y animales de su tiempo que se superponen en la roca a la manera de las bestias que escapan o buscan en dónde guarecerse. La mujer ilustra la amenaza que sus brazos y los del hombre implican hacia los animales vivos que rondan la caverna. Cuando termina el dibujo del caballo, da dos pasos hacia atrás, para tomar distancia, y contempla lo que acaba de hacer. Esboza en ese momento la sonrisa que el hombre encuentra extraña. Entre los labios, muestra los dientes, de modo parecido al caballo. Y con resoplidos de satisfacción ella festeja
su talento para dibujar. Desde el lecho, el hombre la ve con el rabillo del ojo. La espía. Se hace el dormido para no inmiscuirse en aquello que considera tan raro. Ella ha estado así desde el frío pasado, yendo hacia el muro entre los días, como si buscara algo que no está en lo que se conoce de afuera.
La mujer termina. Primero se sienta sobre el suelo y, luego, se pone en cuatro patas. Desde esta postura mira el muro. Los días han transcurrido con calma, los animales retratados con las cuatro extremidades sobre el suelo le permiten sentir que el hombre podrá cazarlos, de la misma manera como la agarra por detrás y sin aviso previo. Él se levanta de un salto. Va con su joroba hasta donde está ella relinchando. Se hinca detrás y la trae hacia sí. La mujer tiene los ojos bien abiertos, pareciera que va a expulsarlos arremetidos por la fuerza del hombre. Si los ojos de ella rodaran sobre el suelo arenoso de la cueva verían su cuerpo desnudo y con brillos en los huesos marcados en la piel porque la carne de la mujer es magra.
Cuando el hombre da el último empujón con la ca-dera sobre sus nalgas abiertas, ella se deja caer sobre el suelo. La arena de la cueva se le mete a la boca, cierra la mandíbula para recuperar el aliento y siente la tierra entre los dientes. Levanta la vista y mira la cabeza del caballo que recién pintó y le parece que se mueve, le parece que el viento despeina las crines, le parece, en fin, que el caballo ha cobrado ánimo y se asombra un poco.

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