Dionisio Cañas. Memorias de un mirón.

mayo 24, 2021

Dionisio Cañas, Memorias de un mirón
Plaza y Janés, 2002. 240 páginas.

Más ensayo sobre la figura del voyeur que memorias lo que es una pena porque si cuando recuerda momentos de su vida la prosa agarra una fuerza y una crudeza que poco tiene que envidiar a un Bataille, la parte ensayística muchas veces se limita a enumerar momentos históricos o literarios en los que la figura del mirón ha tenido alguna relevancia.

Empezando por el gran ojo de Dios que a todos nos contempla, el mirón por antonomasia, que -caso de existir- observaría todos los actos que la cultura cristiana repudia como impuros. Mira que te mira Dios. En la biblia hay muchos pasajes -recogidos en este libro- que abundan en el tema. Desde la desnudez de Noé hasta Susana y los viejos.

La sociedad avanza y con ella nuestras vergüenzas o desvergüenzas, cada vez caemos más en una sociedad del espectáculo, donde florecen los realities donde mirar sin piedad, las 24 horas, como vive un grupo de personas en un entorno casi de laboratorio. Sin dejar de lado internet que todavía estaba en embrión cuando se publicó el libro y que ahora fomenta un exhibicionismo sin parangón.

Fuimos mirones y exhibicionistas y lo seguiremos siendo en la red, cuando cambien todas las normas culturales.

Recomendable.

El viudo y su hijo
En Francia me acostaba con un viudo. Yo tenía diecisiete años y formaba parte de una pandilla de gamberros. Todos trabajábamos en fábricas. Esperábamos el fin de seman.i para ir a bailar y emborracharnos. Como ninguno de nosotros tenía coche, yo le pedía al viudo que nos llevara a los pueblos donde había bailes cerca de Maubeuge, en la región conocida como el Norte en aquel país. Mis amigos ni preguntaban nunca nada sobre mis relaciones con el vi ti do. Por otro lado, yo tenía una novia y ligaba con cualquier chica que se me ponía a tiro. Pero nunca follaba con nadie sino con el viudo.
Al viudo lo que le gustaba era llevarme a su casa. Con él vivían sus tres hijos, dos menores que yo y otro de nn edad. Por la razón que fuera al viudo le producía morbo que hiciéramos el amor en la cama donde siempre se había acostado con su mujer. Mientras follábamos sus hijos dormían. Pero un día sorprendí al mayor vigilándonos destic la puerta del dormitorio, que había quedado entreabierta Quizá el viudo la había dejado así a propósito, quizá el viudo lo que quería es que su hijo nos viera a los dos mientra hacíamos el amor, quizá en el fondo al acostarse conmigo el viudo se acostaba mentalmente con su hijo. A mí todo me daba igual. Lo único que pensaba era que gracias a aquellos polvos mis amigos y yo teníamos siempre disponible un coche que nos llevaba a bailar y a emborracharme, mientras él, pacientemente, esperaba en el vehículo. No obstante, la presencia del hijo mayor del viudo, su ojo, ajeno e íntimo, vigilándonos por la rendija de la puerta entornada cada vez que hacíamos el amor, empezó a ponerme incómodo; fue entonces cuando decidí que jamás volvería su casa. Las relaciones entre nosotros duraron unos años, más, pero cuando ocurría algo siempre era en su coche.
El viudo, además de trabajar en la misma fábrica que yo, por la noche era camarero en un club de putas finas al cual yo iba a ayudar de vez en cuando. En realidad a mí quien me gustaba en aquel tugurio era un camarero italiano, que a su vez era el amante de la dueña a sabiendas del marido de aquella. El caso es que cuando yo miraba al viudo él creía que lo estaba deseando y en verdad estaba pensando en el camarero italiano. Nuestras miradas se cruzaban toda la noche, la del viudo, la del italiano, la mía, y cada uno tenía puesto su deseo en otra parte.
Las mujeres que venían al club eran profesionales y aunque ligaban a cualquiera casi todas estaban enamoradas del camarero italiano. Una noche que yo estaba muy borracho me quise tirar a una y me la llevé al hueco de una escalera. Claro que mi polvo con la puta fracasó, pero ella se lo pasó muy bien; a fin de cuentas yo era un adolescente y ella una mujer madura. Mientras intentaba follarla pensaba en el italiano y en algunos momentos en el viudo, pero la mirada de su hijo me perseguía como un dedo acusador.
Hasta muy entrado en años no me acosté con una mujer, o más bien ella se acostó conmigo. N o obstante, sigo yendo a los lugares donde hay prostitutas, no tanto porque quiera hacer algo con ellas (en el fondo me dan pena) sino porque es donde el grado del erotismo reprimido de los hombres se desata y desinhibe y alcanza su más alto nivel. En esos luga-i es yo me dedico a mirar, eso es todo. Aunque algunas veces me han invitado a entrar en una habitación para ver a algún amigo hacer el amor con cualquiera de las chicas, nunca he entrado porque me parece que me voy a aburrir soberanamente. A mí, en todo caso, me gustaría sorprender a alguna de esas chicas haciendo el amor sin que supiera que la estoy viendo, pero estar plantado allí como una estatua o un adorno es algo que no me atrae en absoluto. Un voyeur no es un invitado, sino un intruso invisible.

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