Alfonso Mateo-Sagasta. Ladrones de tinta.

febrero 16, 2011

Ediciones B, 2006. 574 páginas.

Alfonso Mateo-Sagasta, Ladrones de tinta
Detective quijotesco

Si un libro tiene en la portada la etiqueta bestseller me da aprensión. El que esté libre de prejuicios que tire la primera piedra. Pero como el argumento gira alrededor del Quijote y estaba de saldo me animé a comprarlo.

Isidoro de Montemayor no tiene ni mal corazón ni mal oficio, y cuando su jefe, Francisco Robles, le encarga que averigüe quien le está haciendo la competencia al publicar una segunda parte falsa del Quijote se frota las manos. Con el dinero extra podrá hacer avanzar el procedimiento para obtener su carta de hidalguía. Lo que no imaginaba era que su periplo iba a ser largo, y aparecerían en él una gran cantidad de escritores famosos e incluso el amor…

Juzgándolo como bestseller, está muy bien. Entretenido, con ritmo, te atrapa en el argumento. La época está muy bien elegida y aparecen Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Tirso de Molina y, por supuesto, Cervantes. La oportunidad del protagonista de estar en el origen de todas las salsas, al estilo de Forrest Gump, y ser la inspiración para anécdotas de Quevedo, el pseudónimo de Tirso, o el argumento de Fuenteovejuna es totalmente increíble, pero como tal es gracioso y funciona muy bien.

La documentación del autor ha debido ser abundante, y así retrata la época con gran cantidad de detalles. Época sucia, injusta, y pobre. Se ponen en clave de ficción todas las teorías que se tienen actualmente sobre la identidad de Avellaneda, aunque como buen autor de ficción se inclina por una solución novelesca que no descubriré aquí.

El autor acaba de ganar hace poco el premio CajaGranada de novela histórica. Para pasar un rato agradable.


Extracto:[-]

Desde ese momento su pueblo de acogida tendría una deuda permanente con ellos y estaría obligado a pagarles una pensión anual. Sacedillo es un lugar pequeño, así que a su padre, además, no le costaría mucho comprar tierras, hacerse nombrar regidor, alcaide, familiar de la Inquisición y todos esos cargos que dice usted que ostentaba.

—Quiere decir que…

—Que compró la hidalguía —afirmó fríamente don César—. O lo intentó, al menos, porque algo le salió mal. Por algún motivo no pudo falsificar el libro parroquial como había hecho con el padrón municipal.

—Pero el que falte alguna inscripción puede deberse a un error —dije intentando pensar fríamente.

—En efecto. Por eso busqué las fechas de nacimiento y defunción de las cuatro generaciones anteriores de Monte-mayor de acuerdo a los datos que usted me había facilitado, y nada. No hay ni un solo Montemayor en el libro parroquial de Sacedillo. Muy raro, ¿no le parece? Sólo constan las muertes de sus padres. Eso no podía ser casualidad. Me planteé dos opciones. O había una confabulación para impedir que el último Montemayor disfrutara de los beneficios de su linaje, o todo era una pura invención de su padre, si me permite decirlo tan crudamente. Para descartar la primera revise cuidadosamente los libros, comprobé que no había páginas arrancadas, tachaduras ni intrusiones, y una vez confirmado este último extremo no me quedó más remedio que aceptar la realidad.

—Que no soy hidalgo —dije sintiendo cómo todo mi mundo se tambaleaba.

—¡No, hombre! —exclamó don César risueño—. Que el serlo le va a salir un poco más caro de lo previsto. —¿Qué quiere decir?

—Yo soy de los que creen que la verdadera nobleza reside en los actos más que en la sangre. O al menos se reparte por igual. Y usted, don Isidoro, ha vivido como hidalgo toda su vida. Sería una pena estropearlo ahora. Claro que habrá que acabar el trabajo iniciado por su padre.

—¿Es posible?

—Amigo mío, le seré franco: ¿cómo decía el poeta? Sí. Sólo dos linajes hay, el tener y el no tener.

Se detuvo en el «no tener» y me dedicó una mirada socarrona.

—Desde luego que es posible, y creo haber descubierto su escollo. Al parecer, el sacristán anterior tenía vocación de cartujo y carácter de perro braco, pero por suerte para nuestra causa murió de peste.

—Igual que mi padre.

—Igual que media España. Pero el sacristán actual es un hombre encantador que mantiene barragana y cuatro hijos, y se le ve proclive a llegar a acuerdos razonables.

Hizo una pausa para darme tiempo a entender su propuesta.

—Tampoco pide demasiado, un par de doblones por asiento. Entre nacimientos y muertes, contando que podemos decir que alguna de las mujeres nació en otro sitio, unos trece o catorce asientos, menos los dos de la muerte de sus padres, que esos sí constan, los he visto, pues por unos veinte o veinticinco doblones quedaría todo arreglado.


Del patio se alzó de pronto un rugido que salvó mi desconcierto, las tripas de un dragón quejándose de hambre. Que-vedo se asomó a la ventana. Yo le seguí atraído por el escándalo. Se oían voces, insultos, risas. Un penetrante olor a podrido se extendió por la habitación. Alguien había vertido un aceite pestífero en las lamparillas de la escena y el teatro entero olía a cloaca. Quevedo prorrumpió en una carcajada abierta. Me acerqué un poco más. En el escenario, un jorobado vestido de negro (que supuse que sería el autor) insultaba impotente a los reventadores que se agolpaban a las puertas sujetándose las tripas de risa. Quevedo cerró la ventana, pero del mal olor ya no había quien se librara.

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