Esta colección de libros de bolsillo sirven para hacerse una imagen somera de los fotógrafos que comentan. En este caso de mi admirado Joan Fontcuberta. El libro desarrolla mucho su historia de los años 70, que es precisamente la que menos conocía.
Me ha encantado pero, desgraciadamente, me ha dejado con ganas de más.
Bueno.
En su artículo «Contravisiones», cuya primera versión publicó en 1978 la revista Nueva Lente, se formó esa nomenclatura que usamos de título genérico para las series tempranas de Fontcuberta. Apuntaba aquel escrito a los atractivos de una estrategia de confrontación «contravisual» en la fotografía. Lo que hace a la contradicción en la lingüística verbal, coincidiría analógicamente con el beneficio de la duda que deja la «contravisión» en el lenguaje ¡cónico. Si toda argumentación para un principio de naturalidad fotográfica es deshonesta, démosle la vuelta a nuestra visión.
Entre las fotografías más antiguas del artista está Rallador, de 1973, año que precede al de su primera exposición (Sala Aixelá), cuando empezaba a estudiar Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona. Nada más acorde a la lógica que contraría el causa-lismo computacional que esta visión autobiográfica, donde unas manos provistas de rallador prescinden del tomate, porque la mano izquierda se presta a ser rallada y su sangre y sus falanges desmenuzadas sustituyen al ingrediente imprescindible del pa amb tomàquet. El artista gastrónomo y el artista herido en su mano izquierda se congracian en la visión no insípida, sí indolora, de un rallador. Seguramente pensaban muchos que el trabajo de Fontcuberta se iniciaba con sus series de los años ochenta, como Herbarium, Fauna, Frottogramas y Palimsestos; pero las fotografías que recoge este nuevo libro de PHotoBolsillo, cuyo objeto es precisamente lo que precede a lo más conocido de su producción, entrará en contradicción con sus supuestos, sin, sin embargo, cascar las liendres de sus expectativas. Porque la trasposición biográfica, la iconoclastia paródica y la imaginería del error voluntario, rasgos, todos ellos, de su trabajo posterior, están tan presentes en su primera fabricación de imágenes, que se goza hospedando estas en el mismo laberinto visual por donde andábamos poco más o menos orientados.
Las Contravisiones de mediados de los setenta no renuncian a ninguno de los recursos que Georges Méliés, poeta fundador del trucaje cinematográfico y burlesco autor de los primeros rodajes de ciencia-ficción, enumeró en un escrito de 1907, en el que proponía el cambio del nombre vistas de transformación, entonces actual, por el de vistas fantásticas, cuyos nutrientes no son sino «las ilusiones que pueden producir la prestidigitación, la óptica y el trucaje fotográficos, la decoración y la maquinaria teatral, los juegos de luz, los efectos fundidos (dissolving views, como los han llamado los ingleses) y todo el arsenal de composiciones fanta-sistas y portentosas capaces de enloquecer a los más intrépidos»4. Ciertamente, en Contravisiones no puede hablarse de piezas cinematográficas, sino de fotografías sin más, aunque con un empuje que permite intuir su inserción en un rodaje y, desde luego, que las agrupa en una visión seriada. Pero, olvidando por un momento los trucos explícitamente cinemáticos, no echaremos en falta en esas visiones fontcubertinas ni las manipulaciones del soporte ni los arreglos escenográficos que son propios de las vistas fantásticas y de la ilustración de lo falso.

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