Varios. Animales de razas pequeñas.

marzo 24, 2026

Varios, Animales de razas pequeñas
La caja books, 2025. 260 páginas
Trad. Katarzyna Moloniewicz, Teresa Benítez, Marta Slyk, Xavier Farré, Abel Murcia, Agata Orzeszek y Ernesto Rubio.

Incluye los siguientes relatos:

Manos, Anna Arno
Paso, Grzegorz Bogdal
Perros de razas pequeñas, Olga Hund
Septuagenario, María Karpiñska tristeza/cuerpo, Dorota Kotas
De cómo un hombre sin cara no dejaba hablar, Elzbieta Lapczyñska
Domingo, Maciej Milkowski
Harina, Andrzej Muszynski
Lápiz, hacha, palo, Weronika Murek
Ursa Maior, Zoska Papuzanka
Bestia inmunda, Margo Rejmer
La nevada, Dominika Slowik
El lechón diamantino: historia de una derrota, Natalka Suszczynska
La castaña, Katarzyna Szauliñska
Una mañana, Pawel Soltys
Hasta luego, chiquillas, Aleksandra Zieliñska

Que dan buena cuenta del estado del panorama cuentístico en Polonia. No es una traducción de una antología ya publicada, sino que es una creación propia y seleccionada con muy buen gusto.

En general son relatos más bien sombríos, en los que la muerte suele estar presente, hay pocos elementos fantásticos (excepción El lechón diamantino) y en no pocos uno siente frío leyéndolos. La calidad media, excelente.

Muy bueno.

Por tanto, no puedo compararlo con otros, aunque me atrevo a afirmar que tiene unas dimensiones considerables, incluso para un sambernardo. Cuando nos sentábamos en nuestro balcón, tenía que tener cuidado de no pisarle las patas o el rabo con la silla de jardín de plástico. Todo el suelo estaba alfombrado con su pelaje. De hecho, en cada una de nuestras dos habitaciones, Hektor ocupaba la mayor parte del espacio, aunque a mí eso nunca me molestó. La gente sobrevalora el espacio. Se quedan en los espacios cerrados de sus casas sin entender que disponen de una cantidad infinita de espacio fuera, y que guardarlo dentro no tiene sentido.
La siguiente casa después de la nuestra, ya en el bosque, es la casa de los Scibiñski. Mateusz Scibiñski trabaja en el aserradero y su mujer es farmacéutica. Tienen dos hijos. Un niño y una niña en edad escolar. Me da vergüenza admitirlo, pero no me acuerdo del nombre del niño; en cambio, la niña, que tendrá unos doce años, se llama Klara. Desde hace un tiempo, Klara Scibiúska me visita tres veces al día para sacar a pasear a Hektor. El recorrido es siempre el mismo. A la hora acordada, Hektor y yo esperamos en la puerta hasta que oímos pasos en la escalera. Luego, abro, saludo a Klara con la cabeza y le doy la correa, y Hektor, obediente, se va detrás de ella. Fuera —no sé por qué entonces, pero nunca antes—, Klara acaricia a Hektor y lo saluda, murmurando algo en voz baja. A continuación, comienzan el paseo, es decir, rodean nuestro edificio ocho veces. Consulté esta cifra con el veterinario de nuestro pueblo y convinimos en que esa era la distancia adecuada que debía recorrer Hektor tres veces al día.
—Se cuenta la distancia —dijo el veterinario—, no el tiempo.
De hecho, el año pasado el paseo de Klara y Hektor duraba alrededor de doce minutos, lo que significa que completaban cada vuelta en poco más de un minuto y medio. En este mo-
mento, el paseo llega a durar hasta veinte, veinticinco minutos. A pesar de ello, siguiendo la prescripción del veterinario, no vamos a reducir la distancia, aunque es lo que desearía Klara /
Scibiúska. Hace algún tiempo, intentó negociar una reducción en el número de vueltas, pero yo me negué rotundamente. No me cabe duda de que acortaría el paseo por su cuenta si no fuera porque, mientras Klara y Hektor bajan las escaleras, yo salgo al balcón. Allí me siento y observo cómo rodean nuestro edificio. Hektor, arrastrando las patas; Klara, arrastrando la mirada por nuestro pueblo.
Klara Scibiúska está encorvada y, como ya de por sí es bajita, parece que paseara un caballo con arnés. No hace mucho, Hektor, con su pelaje hermoso y brillante, su mirada orgullosa, inquisitiva e incrédula, y su paso elegante y firme, parecía un pura raza árabe en el potrero antes de la carrera final. Ahora recuerda más a una yegua vieja, aunque todavía se perciben en él marcas de su antiguo esplendor, signos de una nobleza atemporal.
Cuando estoy en el balcón, los veo aparecer por el este y, entonces, recorren a ritmo acompasado toda la longitud del edificio y desaparecen por el lado oeste, para, enseguida, volver a aparecer por el este. La primera vuelta no se diferencia en nada de la tercera, la quinta o la octava. Parece como si pudieran pasear así eternamente, como si las fuerzas de Hektor hubieran sido distribuidas no en ocho vueltas, sino exactamente en todas las vueltas que tendrá que dar a lo largo de toda su vida.
Y, de repente, la vida de Hektor comenzó a acabarse.
—No sobrevivirá al invierno —dijo la última vez nuestro veterinario—. Le aconsejo que empiece ya a cavar la tumba. Cuando llegue el invierno, hará un frío de mil demonios, y ni por asomo usted podrá cavar una tumba en el hielo. Y una cremación de esas dimensiones —el veterinario midió a Hektor con la mirada, desde las patas hasta las orejas— estriparà sus ahorros.

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