Fred Vargas. Que se levanten los muertos.

marzo 17, 2026

Fred Vargas, Que se levanten los muertos
Penguin Random House, 2015. 312 páginas.
Tit. or. Debout les morts. Trad. Helena del amo.

El misterio comienza con un árbol que no debería estar ahí. Tres historiadores y un antiguo policía viven cerca de esa casa. A ellos les tocará, inesperadamente, investigar lo que ha ocurrido realmente, sobre todo cuando una desaparición lo convierta todo en algo más preocupante.

La autora se aleja de su investigador habitual para conformar una nueva serie, llamada de los tres evangelistas por sus tres protagonistas. Y comienza con una trama que sigue teniendo el aire de la autora, sucesos aparentemente inexplicables que se acaban resolviendo gracias a la perspicacia de los detectives.

Como todos los libros de Vargas, deja un buen sabor de boca, incluso aunque no es la más brillante de sus novelas.

Bueno.

Un poco violenta, Sophia se sentaba muy estirada en la silla que le habían ofrecido. Dejando Grecia aparte, después la vida la había acostumbrado a recibir o a rechazar la visita de periodistas o de admiradores, pero no a ir a llamar a la puerta de las casas de los demás. Debía de hacer al menos veinte años que no llamaba a la puerta de alguien, así, sin llamar antes. Ahora que estaba sentada en aquella habitación con los tres tipos a su alrededor, se preguntó qué pensarían del fastidioso paso que había dado su vecina yendo a saludarlos. Ya no se hacen esas cosas. Por eso quiso darles inmediatamente una explicación. ¿Sería capaz de explicarse, como había pensado desde su ventana del segundo piso? Todo puede ser diferente cuando se ve a la gente de cerca. Sentado en la gran mesa de madera, con sus delgadas piernas cruzadas en una bonita pose, bastante guapo, Marc la miraba sin impaciencia. Sentado ante ella estaba Mathias, también de bellos rasgos, un poco toscos, pero con el azul de sus ojos nítido como un mar en calma, transparentes. Lucien, ocupado en sacar unos vasos y unas botellas, se echaba bruscamente el pelo hacia atrás, con cara de niño y corbata de hombre. Se tranquilizó. Porque, a fin de cuentas, ¿por qué había venido si no era porque tenía miedo?
—Verán —dijo aceptando el vaso que Lucien le tendía sonriendo—, siento mucho molestarlos, pero necesitaría que me hicieran un favor.
Dos rostros esperaban. Ahora tendría que explicarse. Pero ¿cómo hablar de una cosa tan ridícula? Lucien no estaba escuchando. Iba y venía, y parecía vigilar la cocción de un guiso difícil que monopolizaba toda su atención.
—Se trata de una historia ridícula, pero necesito que me hagan un favor —repitió Sophia.
—¿Qué clase de favor? —preguntó Marc con dulzura, para ayudarla.
—Es difícil decirlo y sé que ustedes ya han trabajado mucho este mes. Se trataría de cavar un hoyo en mi jardín.
—Intervención brutal en el frente occidental —murmuró Lucien.
—Por supuesto —continuó Sophia—, si llegamos a un acuerdo, les pagaría. Digamos… treinta mil francos para los tres.
—¿Treinta mil francos? —murmuró Marc—. ¿Por un hoyo?
—Intento de corrupción por parte del enemigo —farfulló Lucien de forma inaudible.
Sophia no se sentía a gusto. Sin embargo, creía que había ido al lugar adecuado y que debía continuar.
—Sí. Treinta mil francos por un hoyo y por su silencio.
—Pero —empezó a decir Marc—, señora…
—Relivaux, Sophia Relivaux. Soy su vecina de la derecha.
—No —dijo suavemente Mathias—, no.
—Sí —dijo Sophia—, soy su vecina de la derecha.
—Es verdad —continuó Mathias en voz baja—, pero usted no es Sophia Relivaux. Usted es la mujer del señor Relivaux. Usted, usted es Sophia Siméonidis.
Marc y Lucien miraron a Mathias, sorprendidos. Sophia sonrió.

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