Antología de finalistas del XIX premio literario El Laurel, con el ganador del concurso. No esperaba mucho pero la calidad media es bastante alta, y no lo digo porque entre los finalistas esté un relato mío.
Supongo que puede encontrarse en la librería Barra/Llibre.
Muy bueno.
Antes de que esto empezara, habíamos tenido trato . Un gilipollas de dos metros, pero tenía DAZN. Yo veía el fútbol y él tenía a alguien a quien dar la brasa con las monterías a las que lo invitaba su primo. Esos cazadores me parecen unos mierdas. Se paseaba por el comedor en calzoncillos con la escopeta al hombro como si fuera John Wayne. El día que todo comenzó dejamos de hablarnos y pasó a mirarme con desconfianza. ¿Instinto? Lo oía salir al rellano por la noche para tirar las bolsas de basura escaleras abajo, siempre a la misma hora. Una noche bajé antes y me escondí en el tramo ascendente de escaleras. Cuando asomó le reventé la cabeza de un martillazo. Lo arrastré al interior y le robé la escopeta.
Lo pienso ahora y me doy cuenta de que fue una chapuza. Ni se me ocurrió cogerle comida o una llave para volver más tarde. Me entró miedo. Ni siquiera miré si estaba vivo o muerto. Sé que la puerta del entresuelo no ha vuelto a abrirse. He aprendido a tener calma. Lo haré mejor con este.
Mis tripas suenan otra vez, imaginan el montón de comida que nos espera. Lo he visto robando aquí y allá. Llevaré dos mochilas para llenarlas. Si su piso está mejor, igual me instalo allí, siempre he querido mudarme de esta pocilga. Quizá desde ese edificio se pueda salir a la calle.
Lo intenté tiempo atrás y casi acaba en desastre. Llevábamos dos días con las teles y las radios mudas; internet había caído antes. Nadie se atrevía a desafiar las confusas órdenes que nos dictaban desde los vehículos con megafonía que patrullaban las calles. Lo que sabía era a través de comentarios de los vecinos de los pisos que daban al exterior. Hablábamos desde los balcones o con la puerta del piso entreabierta. Todos tenían una teoría, pero nadie sabía nada. Por las noches se escuchaban disparos y sirenas. Cada noche más disparos y menos sirenas. Luego la sospecha se apoderó
por completo del edificio y todos corrieron a esconderse. Los imaginaba plantados en la oscuridad, espiando por la mirilla. Yo también lo hice; y vi pasar a los del piso de arriba, en silencio, cargando un par de maletas.
Desde ese momento no hacía más que revolverme en la cama. ¿Lo habrían conseguido? Durante el día hacía inventario compulsivamente de la comida que me quedaba y cuando se ponía el sol me encerraba en la habitación, corría la cómoda de roble para bloquear la puerta y escuchaba. Escuchaba un silencio denso lleno de movimientos furtivos. Me rendía, hipnotizado por el miedo y el cansancio; entonces, una voz, un grito ahogado, me devolvía a la vigilia; sin saber si lo había oído o solo imaginado. El tercer día decidí que lo intentaría.
Cuando la escasa vida del edificio quedó en suspenso, salí y bajé en silencio. Al llegar a la planta vi a la chiflada del cuarto primera tirada en el suelo, con las piernas sobre el último escalón. Abrazaba la maleta. Me tapé la nariz con la manga y seguí, con cuidado de no pisarla, más por asco que por respeto. Había corriente, era un aire apestoso. En la puerta de la calle estaba el marido, el cuerpo impedía que la puerta se cerrara. Toda la parte posterior de la cabeza era un amasijo de pelo y sangre seca. Me recordó una fregona vieja, acartonada por la mugre. En la oscuridad adiviné más cadáveres en la acera. Entonces, escuché un disparo y la caja de mi buzón saltó por los aires.
De vez en cuando bajo a inspeccionar. Llego hasta donde está la del cuarto. Al menos, últimamente, no aparecen nuevos cuerpos. Los seis vecinos que intentaron huir descansan en la entrada en diferentes estadios de descomposición.

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